¿Por qué apostamos al fútbol pero nos da miedo invertir? La psicología del riesgo en Argentina

Actualidad26/04/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

Los sesgos cognitivos dominan la billetera nacional. Desde la obsesión por la Quiniela hasta el riesgo en los deportes, el cerebro prefiere la fantasía al cálculo.

Apuestas deportivas. Foto Freepik
Apuestas deportivas. Foto Freepik

El ahorrista promedio en Argentina suele exhibir una prudencia casi extrema cuando se trata de proteger su capital de la inflación o las devaluaciones recurrentes. Muchos prefieren dejar la plata quieta bajo el colchón antes que verla oscilar un poco en una inversión financiera tradicional por terror al escenario más negativo. Sin embargo, ese mismo individuo puede transformarse en un jugador audaz que arriesga sumas considerables en una plataforma de apuestas deportivas, convencido de que su conocimiento sobre fútbol le otorga una ventaja competitiva decisiva frente a la casa.

Este comportamiento contradictorio nace de una de las ideas más robustas de la economía del comportamiento: perder duele más de lo que alegra ganar la misma cantidad. En la city porteña, esta premisa se observa cuando los inversores evitan vender divisas que bajaron de precio bajo la excusa de que, tarde o temprano, “el dólar siempre sube”. Esta resistencia a aceptar una pérdida concreta convive con la paradoja de pagar seguros carísimos para cubrir riesgos mínimos, como las garantías extendidas de electrodomésticos que muchas veces se ofrecen a precios descabellados.


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La ilusión de control se manifiesta con fuerza en quienes eligen números de la Quiniela basados en fechas de cumpleaños, patentes o sueños recientes que creen premonitorios. Aunque la estadística es implacable y demuestra que la apuesta está estructurada para que el jugador pierda en el largo plazo, la convicción individual suele ser más fuerte que la evidencia. El jugador empedernido suele sostener que, “sumando éxitos y fracasos, se le va ganando a la suerte”, ignorando que si la mayoría ganara, la lotería sería una forma excéntrica de redistribución del ingreso y no un negocio.

A diferencia del azar puro que rige a la lotería, las apuestas en el deporte vienen envueltas en una peligrosa apariencia de pericia técnica o sabiduría futbolera. Las publicidades incentivan este sesgo al pedirle al usuario que se anime a “demostrar lo que sabés”, alimentando la creencia de que el análisis de una formación elimina la incertidumbre. Cuando el azar se disfraza de conocimiento, el riesgo se vuelve mucho más seductor para el apostador que confunde su memoria selectiva de aciertos con información objetiva.


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El cerebro humano tiene una tendencia natural a encontrar patrones donde seguramente solo hay ruido estadístico, como sucede con la percepción del rendimiento de un equipo. Si un delantero logra anotar varios goles seguidos, el apostador asume inmediatamente que “está derecho”, ignorando las variables externas que influyen en cada jugada del partido. Esta sobreconfianza, típica de una racha de aciertos, lleva a asignar los éxitos a la calidad de las decisiones propias, mientras que los fallos casi nunca se asignan al puro azar.

El sesgo afectivo es el factor más destructivo durante los meses previos a una competencia de magnitud internacional, donde la lealtad a la patria nubla el juicio. Muchos hinchas confunden el deseo de victoria con una probabilidad real de éxito, apostando con el corazón y no con la cabeza fría que requiere cualquier mercado. Una recomendación recurrente para suavizar estas emociones es diversificar el riesgo: “en un partido de Argentina, lo ideal es jugar plata a favor del rival” para obtener una compensación monetaria en caso de una derrota.


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La construcción de una predicción suele estar viciada por el sesgo de confirmación, donde el usuario solo reúne los datos que favorecen su pálpito inicial sobre un resultado. Un equipo que viene de golear parece haber encontrado la fórmula del éxito, mientras que uno que perdió dos partidos transmite una decadencia que se juzga terminal. El sesgo de disponibilidad otorga un peso excesivo a lo último que se vio en la televisión, distorsionando la capacidad de evaluar las chances reales de cada competidor.

El momento más peligroso para la estabilidad financiera ocurre inmediatamente después de perder una apuesta, cuando aparece con fuerza la pulsión de revancha. En esta etapa se activa la falacia del costo hundido, donde el apostador siente la necesidad de insistir simplemente porque ya invirtió demasiado dinero o ilusión. El objetivo deja de ser la ganancia para transformarse en una búsqueda desesperada por recuperar lo perdido, lo que termina generando un cóctel explosivo de malas decisiones encadenadas.


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La relación de los argentinos con el riesgo demuestra que no somos los calculadores racionales que describen los manuales clásicos de economía financiera. Nuestra naturaleza nos empuja a comprar esperanzas absurdas mientras evitamos pérdidas mínimas como si fueran catástrofes inminentes para nuestro patrimonio. Al final del día, la búsqueda de darle sentido a lo incierto mediante narrativas comprensibles puede llevar a perder mucho más que plata. La falta de coherencia en los pronósticos personales es un límite operativo que acecha a cualquiera que intente ganarle a la suerte.

Fuente: LA NACION.

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