
El brillo azul que fascinó a una ciudad terminó en una de las peores tragedias radiactivas
Actualidad17/06/2026
REDACCIÓNLa búsqueda de una cápsula robada en Rosario reactivó el recuerdo de un episodio ocurrido en Brasil que todavía se estudia como ejemplo extremo de contaminación fuera de una planta nuclear.

Una advertencia simple acompaña por estas horas la búsqueda de una fuente radiactiva desaparecida en Rosario: no tocarla bajo ninguna circunstancia. La recomendación de las autoridades nacionales apunta a evitar cualquier contacto con la cápsula sustraída, un elemento utilizado para calibración médica cuya localización todavía no fue determinada. Aunque el Gobierno aseguró que el riesgo actual es muy bajo, la situación volvió a poner en primer plano una historia que dejó una huella profunda en América Latina.
La sustancia involucrada es el cesio-137, un material radiactivo artificial que surge como subproducto de procesos de fisión nuclear. Su capacidad para emitir radiación gamma lo convirtió en una herramienta de utilidad médica e industrial, especialmente en tratamientos oncológicos y sistemas de diagnóstico. Sin embargo, cuando queda fuera de control, su peligrosidad puede multiplicarse rápidamente.


La dimensión de ese riesgo quedó expuesta en Goiânia, una ciudad brasileña que en 1987 protagonizó el accidente radiológico más grave registrado fuera de una instalación nuclear. Lo que comenzó como una maniobra aparentemente inofensiva terminó convirtiéndose en un desastre sanitario que todavía se analiza en universidades, organismos de control y centros especializados de todo el mundo.
Dos recolectores de chatarra ingresaron entonces a una clínica de radioterapia abandonada y retiraron un equipo médico sin conocer qué contenía. El aparato guardaba cesio-137 utilizado para tratamientos contra el cáncer. La intención era desmontarlo y vender sus partes metálicas, pero durante ese proceso rompieron la protección que aislaba el material radiactivo. Los primeros síntomas aparecieron rápidamente. Vómitos, diarrea y mareos comenzaron a afectar a quienes habían manipulado el equipo. Como nadie sospechaba una exposición a radiación, las molestias fueron atribuidas a problemas alimentarios y la verdadera causa permaneció oculta durante varios días.
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La situación tomó un rumbo todavía más complejo cuando los restos terminaron en una chatarrería. Su propietario, Devair Ferreira, observó un brillo azul que salía del material expuesto y decidió llevarlo a su vivienda. El resplandor despertó curiosidad entre familiares, vecinos y amigos, que se acercaron para observar aquello que parecía extraordinario sin advertir que estaban frente a una fuente altamente contaminante.
Ese mismo brillo facilitó la expansión del problema. Fragmentos del material circularon entre distintas personas y algunos llegaron a utilizar el polvo luminoso sobre la piel. Entre los afectados apareció Leide das Neves Ferreira, una niña de seis años que tuvo contacto directo con el cesio e incluso ingirió parte del material, uno de los episodios más dramáticos de toda la tragedia.
Durante más de dos semanas, la ciudad convivió con enfermedades de origen desconocido. Las personas afectadas sufrían náuseas, fiebre, caída del cabello y lesiones cutáneas, pero los diagnósticos iniciales no lograban relacionar esos cuadros con radiación. La contaminación continuó extendiéndose mientras el origen permanecía oculto.
La situación empezó a cambiar cuando María Gabriela Ferreira, esposa del dueño de la chatarrería, advirtió una posible relación entre el extraño objeto y las enfermedades que aparecían en su entorno. El 29 de septiembre trasladó la cápsula a las autoridades sanitarias. Ese mismo día, el físico Walter Mendes Ferreira confirmó que se trataba de una fuente radiactiva extremadamente peligrosa.
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La identificación del cesio activó una respuesta inédita en Brasil. Equipos de la Comisión Nacional de Energía Nuclear, junto a especialistas nacionales e internacionales, desplegaron operativos masivos para localizar focos contaminados y asistir a los afectados. Incluso un estadio de fútbol fue adaptado para realizar controles médicos a gran escala.
La magnitud de la emergencia quedó reflejada en las cifras. Más de 112.000 personas pasaron por controles radiológicos y las autoridades detectaron contaminación significativa en 249 habitantes. Muchos requirieron hospitalización y los cuadros más graves fueron derivados a centros especializados para tratamientos intensivos.
La descontaminación exigió decisiones extremas. Viviendas enteras fueron demolidas, toneladas de tierra contaminada se retiraron de distintos sectores de la ciudad y numerosos objetos cotidianos terminaron destruidos. Muebles, vehículos, electrodomésticos y otros elementos expuestos al cesio se transformaron en residuos radiactivos que debieron almacenarse en instalaciones especiales.
El saldo humano incluyó cuatro muertes por síndrome agudo de radiación, entre ellas la de Leide y la de María Gabriela Ferreira. Décadas después, el accidente de Goiânia continúa funcionando como una referencia obligada cada vez que aparece una alerta vinculada a materiales radiactivos. La desaparición de la cápsula en Rosario reactivó ese recuerdo y volvió a colocar el foco sobre una enseñanza que surgió de aquella tragedia: el desconocimiento puede convertir un objeto aparentemente inofensivo en una amenaza de enormes dimensiones.














