El cierre de Ormuz pone al mundo al borde de una recesión histórica

Actualidad27/04/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

La parálisis del canal estratégico agota las reservas de emergencia de las potencias. El impacto en el diésel y el gas licuado amenaza con frenar el transporte global y disparar los precios.

Estrecho de Ormuz
Estrecho de Ormuz

Comercios que bajan sus persianas y restaurantes que dejan de atender por falta de luz en las principales capitales asiáticas marcan el pulso de un colapso que ya no se puede ocultar. La crisis en el estrecho de Ormuz dejó de ser una preocupación exclusiva de los analistas financieros para transformarse en un problema de subsistencia diaria. "La gente en Asia no tiene suficiente petróleo, hay escasez, racionamiento, negocios que cierran y restaurantes que no funcionan porque no tienen energía", describió Daniel Yergin sobre una realidad que empieza a desbordar las fronteras regionales.

Detrás de los surtidores de nafta, existe un mundo industrial que sufre en silencio una destrucción de la demanda sin precedentes históricos. Sectores como el petroquímico y la producción de fertilizantes en Oriente Medio fueron los primeros en sentir el impacto directo del bloqueo marítimo. Esta parálisis productiva no solo afecta la fabricación de plásticos y derivados, sino que pone en riesgo la seguridad alimentaria global al encarecer insumos básicos para el agro que dependen del flujo constante por el estrecho.


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El mercado intenta asimilar una caída forzada del 10 por ciento en la oferta global, una cifra que equivale a la pérdida de mil millones de barriles de suministro en el corto plazo. Los gobiernos de las principales potencias económicas ya no pueden sostener el ritmo de consumo previo y evalúan medidas de intervención directa para racionar el combustible disponible. Esta situación empuja a los usuarios a comprar menos, ya sea por la imposibilidad de pagar precios exorbitantes o por las restricciones legales impuestas para evitar el desabastecimiento total de las industrias base.

El transporte de cargas aparece como el próximo gran eslabón en romperse dentro de esta cadena de suministro asfixiada. El diésel es considerado por los expertos como la columna vertebral de la economía mundial, ya que de él dependen los camiones que abastecen supermercados y la maquinaria pesada de construcción. "Dentro de unas semanas, empezaremos a ver anuncios de problemas para asegurar el suministro de diésel", advirtieron desde Macquarie Group respecto al impacto inminente que se espera en las flotas de transporte terrestre en todo el globo.


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Las rutas aéreas también muestran las cicatrices de la falta de combustible con cancelaciones masivas que afectan a miles de pasajeros. Compañías como Lufthansa y KLM recortaron drásticamente sus programaciones de verano, mientras que en Estados Unidos firmas como United Airlines estabilizaron su crecimiento ante la incertidumbre. El fenómeno de la destrucción de la demanda llegó a las autopistas norteamericanas, donde el precio de 4 dólares por galón obligó a los conductores a reducir un 5 por ciento sus consumos habituales de combustible.

Las medidas de emergencia tomadas por Estados Unidos, Alemania y Japón consistieron en la liberación de 400 millones de barriles de sus reservas estratégicas para intentar frenar la escalada. Sin embargo, este colchón de seguridad se agota con rapidez frente a una crisis que ya transita su novena semana de parálisis absoluta en el canal. "Hemos recurrido al suministro prestado", explicó Russell Hardy, CEO de Vitol Group, al señalar que estas acciones de contingencia tienen un límite temporal que está muy cerca de cumplirse.

El impacto es particularmente crítico en la India, donde el gas licuado de petróleo es el combustible vital para que millones de personas puedan cocinar a diario. La interrupción del flujo desde el Golfo Pérsico obliga a estas naciones a depender de compras de emergencia en un mercado spot con precios que los analistas consideran insostenibles. Este déficit de suministro representa una restricción física que ninguna maniobra financiera puede compensar mientras el estrecho de Ormuz permanezca bloqueado por el conflicto bélico.


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La disputa política entre la administración de Donald Trump y el gobierno iraní se convirtió en un choque de bloqueos que tiene como rehén a la estabilidad financiera de las principales potencias occidentales. Por un lado, la presión económica estadounidense busca asfixiar a Teherán, mientras que la respuesta local consiste en una capacidad de fuego capaz de declarar la guerra a la economía mundial. El tiempo corre en contra de la diplomacia, ya que cada día de cierre eleva el riesgo de una recesión que el Fondo Monetario Internacional ya empezó a reflejar en sus proyecciones de crecimiento.

La resolución de este conflicto geopolítico determinará si el sistema energético global acelera su mutación hacia alternativas menos dependientes de los combustibles fósiles. Se estima que este año el 20 por ciento de los coches fabricados en el mundo serán vehículos eléctricos, una tendencia que podría profundizarse ante la inseguridad que proyecta el mercado del crudo actual. Mientras tanto, el mundo mira hacia 2027 como el año en que las nuevas plantas de licuefacción en Estados Unidos y Qatar podrían traer el alivio definitivo que hoy parece físicamente inalcanzable.

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