
De los escenarios en Asia al deseo más simple: volver a estar con su familia
Turismo04/05/2026
REDACCIÓNLejos de la postal turística, la vida de Laura Palomino en China transcurre entre escenarios, controles estrictos y jornadas que empiezan cuando en Argentina todavía es de madrugada. La bailarina y coreógrafa nacida en Rawson lleva dos años instalada en Kaifeng, una ciudad del norte chino que pertenece a la provincia de Henan, donde integra la compañía Sunkku Gaucho Argentina, que ofrece espectáculos diarios para miles de visitantes en un parque internacional.

La rutina es exigente y no deja demasiado margen para la improvisación. Cada día arranca temprano y se repite con precisión casi milimétrica. Realiza hasta seis funciones diarias, combina malambo, boleadoras y actuación, y apenas cuenta con un día libre a la semana. El ritmo no se detiene ni siquiera con frío extremo, lluvia o viento.
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La experiencia, sin embargo, no se limita al escenario. Vivir en China implica adaptarse a normas que condicionan la vida cotidiana. “Ellos no tienen abiertas las aplicaciones que usamos nosotros”, explicó Laura, en referencia a las restricciones digitales que obligan a utilizar sistemas alternativos para comunicarse. Esa misma lógica se replica en otros aspectos: desde los permisos para viajar entre ciudades hasta el uso casi exclusivo del celular para pagar o identificarse.
En ese contexto, la conexión con Argentina se vuelve intermitente y, muchas veces, difícil. La propia entrevista estuvo marcada por cortes constantes, reflejo de un sistema que limita el acceso a plataformas globales. Aun así, la artista logra sostener el vínculo con su entorno y mostrar parte de su trabajo a través de transmisiones en redes.
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El proyecto laboral que la llevó hasta Asia nació como un objetivo familiar. Hija de reconocidos docentes de danza, creció en una academia de Rawson y luego continuó su formación en Buenos Aires. Con el tiempo, junto a su hermano —director de la compañía—, logró abrirse camino en circuitos internacionales. “Nos propusimos vivir de esto y generar trabajo para bailarines”, contó.
Antes de llegar a China, su recorrido incluyó países como Turquía y Egipto, donde también trabajó en espectáculos. Sin embargo, el presente asiático presenta particularidades que la sorprenden incluso después de años de experiencia. La convivencia con artistas de distintas nacionalidades y la respuesta del público son parte de lo más valorado. “Les gusta muchísimo lo que hacemos, el malambo tiene una fuerza que impacta”, señaló.
El contraste cultural aparece en múltiples niveles. Desde la forma de educación hasta la organización social, pasando por la relación con el trabajo y el dinero. En ese punto, Palomino es contundente: “El dinero no hace la felicidad”, afirmó al reflexionar sobre su experiencia en un país donde, según describe, lo económico ocupa un lugar central.
Más allá de las condiciones laborales, la vida cotidiana también exige adaptaciones. La alimentación, por ejemplo, es uno de los aspectos más complejos. La bailarina opta por cocinar sus propias comidas para sostener su dieta, mientras reconoce que extraña productos básicos de Argentina, como el pan o ciertas preparaciones caseras.
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El recuerdo de la pandemia todavía aparece como una de las experiencias más duras. Llegó a China poco antes del brote de COVID-19 y atravesó el confinamiento en ese país. Durante semanas no pudo salir de su habitación y debió adaptarse a protocolos estrictos. “Estuvimos 75 días sin poder salir”, recordó sobre ese período. "Nos traían comida que comprábamos por una app y la dejaban en la puerta. Venían vestidos con trajes especiales".
Hoy, con el deseo de volver más presente que nunca, enfrenta otro tipo de restricciones. Para regresar a Argentina no alcanza con comprar un pasaje: necesita cumplir con trámites, autorizaciones y, sobre todo, garantizar que su lugar en la compañía sea ocupado por otro bailarín. Hasta que eso no ocurra, su salida queda en pausa.
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A pesar de todo, el balance es positivo. La experiencia internacional le permitió crecer profesionalmente y cambiar su mirada sobre su propio país. “Uno empieza a ver las cosas de otra manera cuando sale”, expresó. En ese proceso, asegura haber redescubierto el valor de lo cotidiano.
El regreso, si todo avanza según lo previsto, está cada vez más cerca. Y aunque no sabe cuánto tiempo permanecerá en Argentina ni si volverá a viajar, tiene claro qué es lo primero que quiere hacer: reencontrarse con su familia y recuperar esa identidad que, según dice, solo logra completar en su lugar de origen.

















