El pan y los fiambres aportan más carga de sodio que la sal de mesa

Actualidad11/05/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

El consumo promedio en el país duplica los límites sugeridos por la OMS. Especialistas advierten que hasta el 70% del sodio proviene de productos industriales y no del salero.

Sodio oculto en ultraprocesados. Foto Magnific
Sodio oculto en ultraprocesados. Foto Magnific

Miles de argentinos retiran el salero de la mesa convencidos de que cuidan su salud cardiovascular. Sin embargo, la mayor carga de sodio ingresa al organismo de manera imperceptible a través de alimentos cotidianos como el pan, los quesos y los fiambres. Esta ingesta silenciosa sostiene una rutina alimentaria donde el exceso queda camuflado detrás de la practicidad de los productos industriales.

La Organización Mundial de la Salud establece un límite de menos de 5 gramos de sal por día, lo que equivale a unos 2 gramos de sodio. En la Argentina, las estadísticas oficiales revelan un panorama preocupante con consumos que rondan entre los 10 y 12 gramos diarios por persona. Esa diferencia abismal confirma que el problema sanitario no depende únicamente de la voluntad individual de cocinar con menos condimentos.


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El impacto biológico de este exceso se traduce en una presión constante sobre el sistema circulatorio y los riñones. El sodio es un mineral esencial para regular los líquidos, pero cuando abunda en el cuerpo favorece la retención de agua de forma inmediata. Este aumento en el volumen sanguíneo sobrecarga el músculo cardíaco y eleva el riesgo de sufrir infartos o accidentes cerebrovasculares.

Los productos de góndola como los caldos concentrados, snacks y aderezos se presentan como soluciones rápidas para la cocina diaria. No obstante, estas comidas precocidas contienen aditivos, leudantes químicos y resaltadores de sabor que disparan los niveles de sodio permitidos. La dieta basada en ultraprocesados desplaza a los ingredientes frescos y genera un daño progresivo en los vasos sanguíneos y la función renal.


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La licenciada en Nutrición Paola Del Grosso asegura que “el origen de este exceso no está en el salero de la mesa, como muchos podrían pensar”. Según la especialista, “entre el 65% y el 70% del sodio que consumimos proviene de alimentos procesados e industrializados”. Esta declaración desplaza el foco de atención desde la mesa familiar hacia la composición química de los artículos que se compran habitualmente en el supermercado.

La hipertensión arterial es la consecuencia más visible de este patrón cultural, alcanzando a valores de entre el 34% y el 46% de los adultos argentinos. Las enfermedades crónicas no transmisibles ya se ubican como las principales causas de discapacidad y muerte prematura en el territorio nacional. El deterioro renal y la pérdida de proteínas en la orina son indicadores de que la gravedad del tema excede largamente la salud del corazón.


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Aprender a interpretar la información nutricional en los envases se volvió una tarea de supervivencia para el consumidor moderno. El sodio aparece bajo diferentes nombres técnicos como conservantes o agentes de textura, lo que dificulta una elección consciente en el punto de venta. Para Del Grosso, “no basta con recomendar menos sal en la mesa; hay que combinar educación alimentaria, lectura crítica de etiquetas y presión para que la industria reformule sus productos”.

El tratamiento de pacientes con síndrome metabólico o insuficiencia cardíaca requiere una revisión profunda de la alacena. La restricción moderada de estos componentes industriales puede colaborar con el control de la presión arterial y evitar la necesidad de aumentar la medicación farmacológica. Priorizar el consumo de frutas, verduras, legumbres y carnes frescas permite recuperar el control sobre lo que realmente ingresa al sistema circulatorio.


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Realzar los sabores de las comidas caseras es posible mediante el uso estratégico de especias, jugo de limón o ajo picado. La experta sostiene que “la solución no pasa por eliminar la sal por completo, sino por cambiar el tipo de alimentos que consumimos”. Una transición hacia la preparación doméstica de ingredientes integrales y huevos frescos reduciría drásticamente el riesgo de desarrollar patologías crónicas evitables.

Fuente: NA.

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