
Enfermedades contagiosas: qué se vigila a nivel global y cuáles impactan en nuestra zona
Enfoques27/05/2026
REDACCIÓNLa vigilancia sanitaria cambia según cada región: mientras el mundo sigue patógenos críticos, la Patagonia concentra alertas en hantavirus, hidatidosis y SUH.

Las enfermedades contagiosas siguen siendo uno de los mayores desafíos para los sistemas de salud pública. Virus, bacterias, parásitos y hongos pueden transmitirse de manera directa o indirecta entre personas y comunidades. Por eso, organismos internacionales, nacionales y provinciales sostienen sistemas de vigilancia permanente para detectar brotes, anticipar riesgos y reducir el impacto sanitario.
A nivel global, la Organización Mundial de la Salud mantiene bajo observación distintos grupos de patógenos considerados prioritarios. La vigilancia incluye enfermedades transmitidas por vectores, infecciones respiratorias, infecciones de transmisión sexual y agentes biológicos con capacidad de generar brotes de alto impacto. Aunque algunos reportes internacionales identifican decenas de patógenos prioritarios, el catálogo mundial de agentes infecciosos supera ampliamente ese número.


En Latinoamérica, la mirada sanitaria tiene un perfil propio. La Organización Panamericana de la Salud sigue de manera permanente enfermedades transmisibles asociadas al clima, las condiciones sociales, la movilidad poblacional y las desigualdades sanitarias. Entre ellas aparecen arbovirosis como dengue y chikungunya, además de enfermedades desatendidas como Chagas, leishmaniasis y lepra.
En Argentina, el seguimiento se organiza a través del Sistema Nacional de Vigilancia de la Salud, que obliga a notificar eventos infecciosos considerados relevantes para la salud pública. Ese esquema permite monitorear enfermedades endémicas y estacionales, entre ellas el dengue, la fiebre chikungunya, la triquinosis, las infecciones respiratorias agudas y el síndrome urémico hemolítico.
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La situación cambia cuando el foco se pone en la Patagonia. Por sus características climáticas, demográficas y productivas, la región concentra especial atención en enfermedades contagiosas y zoonóticas vinculadas al ambiente rural, la fauna, la producción alimentaria y la circulación en zonas cordilleranas. Entre las más vigiladas aparecen la hidatidosis, el hantavirus, la triquinosis, la tuberculosis y el síndrome urémico hemolítico.
No todas las enfermedades infecciosas tienen el mismo pronóstico ni el mismo tratamiento. En términos médicos, una diferencia central pasa por distinguir aquellas que pueden curarse de manera efectiva de las que no tienen una cura definitiva. Esa separación depende del tipo de patógeno, del momento del diagnóstico, del acceso al sistema de salud y de la respuesta del organismo al tratamiento indicado.
Entre las enfermedades que sí tienen cura se ubican principalmente infecciones de origen bacteriano, parasitario o fúngico. La tuberculosis, por ejemplo, puede tratarse con esquemas prolongados de antibióticos combinados. También tienen tratamiento curativo infecciones de transmisión sexual como sífilis, gonorrea y clamidia, siempre que sean diagnosticadas y abordadas con los antibióticos adecuados.
En el grupo de enfermedades parasitarias curables aparecen la tricomomiasis, el paludismo o malaria, la hidatidosisy la triquinosis. En estos casos, los tratamientos antiparasitarios, la cirugía cuando corresponde y la detección temprana pueden ser decisivos. La rapidez del diagnóstico es especialmente importante en enfermedades asociadas a alimentos o al contacto con animales, donde un abordaje temprano reduce complicaciones.

En cambio, varias infecciones virales no tienen una cura definitiva, aunque sí pueden prevenirse, controlarse o tratarse con medidas de soporte. El VIH, por ejemplo, no se elimina por completo del organismo, pero los tratamientos antirretrovirales permiten controlar la infección y sostener una buena calidad de vida. Algo similar ocurre con el herpes simple, que permanece latente en el sistema nervioso y puede reactivarse.
El hantavirus, especialmente en su variante asociada a la Patagonia, constituye una de las principales alertas regionales. No cuenta con un antiviral curativo específico y el abordaje médico se basa en el soporte intensivo de las funciones cardiorrespiratorias. Por eso, la prevención, la consulta temprana y la vigilancia epidemiológica son herramientas esenciales para reducir riesgos.
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Otras infecciones virales como dengue, zika y chikungunya tampoco cuentan con medicamentos curativos específicos. El tratamiento se orienta al manejo de síntomas, hidratación y control clínico. La prevención depende en gran medida de evitar la proliferación de mosquitos, eliminar criaderos y sostener campañas sanitarias durante los períodos de mayor circulación.
La hepatitis B y la hepatitis C muestran situaciones distintas. La hepatitis B puede cronificarse y no tiene una cura definitiva en esos casos, aunque es prevenible mediante vacuna. La hepatitis C, en cambio, tiene actualmente altas tasas de curación con antivirales modernos, aunque las secuelas severas acumuladas antes del tratamiento pueden permanecer.
La distribución territorial de las enfermedades muestra que no existe una única agenda sanitaria. Mientras las regiones tropicales enfrentan con mayor intensidad brotes transmitidos por mosquitos, las zonas australes concentran esfuerzos en enfermedades vinculadas a animales, alimentos y ambientes rurales. Esa diferencia obliga a pensar estrategias específicas para cada territorio.
La vigilancia, la prevención y la investigación siguen siendo claves para transformar el escenario epidemiológico. Nuevas vacunas, mejores tratamientos y sistemas de alerta más rápidos pueden cambiar el destino de enfermedades que hoy no tienen cura definitiva. En la Patagonia y en el resto del país, el desafío es sostener controles constantes sin perder de vista que cada región tiene sus propios riesgos.














