
Comprar el mismo producto puede costar hasta 30% más según dónde y cómo se pague
Actualidad08/06/2026
Sergio BustosIr de compras ya no implica solamente elegir un producto. Cada vez más consumidores deben comparar medios de pago, promociones bancarias, aplicaciones y planes de financiación para saber cuánto terminarán pagando. En la práctica, la etiqueta exhibida en una góndola o un local comercial dejó de ser una referencia definitiva y pasó a convertirse en apenas uno de varios precios posibles.

El fenómeno se observa en supermercados, comercios de electrodomésticos, concesionarias e incluso en el mercado inmobiliario. Aunque la inflación se desaceleró respecto de los niveles registrados en años anteriores, la dispersión de precios sigue siendo una característica marcada de la economía argentina. Como resultado, un mismo producto puede presentar diferencias significativas según el canal de venta y la forma de pago elegida.
La situación está vinculada con una dinámica inflacionaria que todavía no termina de estabilizarse. Cuando los aumentos de precios se producen de manera descoordinada entre empresas y comercios, resulta más difícil construir valores de referencia claros para consumidores y vendedores. A eso se suma una creciente competencia por captar compradores en un contexto de ingresos golpeados y consumo debilitado.


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Las promociones se transformaron en una herramienta central dentro de esa disputa. Hoy es habitual encontrar reintegros de entre 10% y 20% mediante billeteras virtuales o aplicaciones bancarias, mientras que determinadas campañas llegan a ofrecer devoluciones del 25%, 30% e incluso 35% sobre el valor de la compra. En consecuencia, el precio final puede variar de manera importante aun dentro de una misma cadena comercial.
Un ejemplo sencillo permite dimensionar el fenómeno. Un producto con un precio de lista de $100.000 puede costar exactamente esa cifra para quien paga en efectivo, bajar a $90.000 con un descuento del 10%, reducirse a $80.000 mediante una promoción del 20% o acercarse a los $75.000 cuando se combinan distintos beneficios. Del otro lado, quien financia la compra con interés puede terminar pagando bastante más que el valor original.
En supermercados, la competencia por atraer clientes derivó en una proliferación de acuerdos con bancos y billeteras digitales. Durante los últimos meses se multiplicaron las campañas con descuentos especiales, reintegros y cuotas sin interés. La estrategia busca sostener el nivel de ventas en un escenario donde el poder adquisitivo todavía muestra señales de desgaste.
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El economista jefe de la Cámara Argentina de Comercio (CAC), Matías Bolis Wilson, explicó que "los descuentos por promociones bancarias y billeteras virtuales dependen de las estrategias de marketing de cada entidad financiera y son una herramienta para ganar mercado por uso de los medios de pago, porque los comercios pagan comisiones por ventas hechas de esa manera y los clientes pagan por tener esos productos en muchos casos".
La dispersión también aparece cuando se comparan los pagos en efectivo con las compras realizadas mediante tarjeta de crédito. En distintos rubros existen diferencias que pueden superar ampliamente el 20% o el 30%. Según relevamientos realizados en comercios de la Ciudad de Buenos Aires, algunos productos de mobiliario muestran brechas considerables entre el precio de contado y el financiado.
Bolis Wilson recordó además que "en realidad, por la Ley de Tarjetas no debería haber diferencia de precio entre efectivo, tarjeta de débito y crédito a un pago". Sin embargo, señaló que muchos comercios argumentan costos financieros asociados a los plazos de acreditación y al contexto de tasas de interés positivas para justificar esos recargos.
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La situación se produce mientras crecen los problemas de morosidad vinculados al financiamiento familiar. Las tarjetas de crédito exhiben uno de los niveles de incumplimiento más altos entre las distintas líneas de crédito, una realidad que presiona sobre las tasas y encarece el acceso al financiamiento para los consumidores.
La falta de precios de referencia tampoco se limita al consumo cotidiano. En el mercado automotor, directivos del sector reconocen que la competencia entre concesionarios genera diferencias cada vez mayores entre los valores publicados y los efectivamente negociados. Algo similar ocurre en el mercado inmobiliario, donde los precios finales de cierre suelen ubicarse muy por debajo de los montos iniciales de publicación.
En ese escenario, la búsqueda de ofertas dejó de ser una práctica ocasional para convertirse en una necesidad cotidiana. Con salarios que enfrentan dificultades para recuperar terreno y una inflación que continúa por encima de los niveles deseados, conocer el precio real de un producto depende cada vez menos de mirar una etiqueta y cada vez más de descifrar el entramado de promociones, descuentos y formas de pago disponibles.















