Una reseña sobre el Día del Padre en Argentina: la historia de una celebración con doble raíz

Enfoques21/06/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

El calendario nacional combina la influencia de la tradición internacional fijada en junio con el proyecto histórico que resalta la figura de José de San Martín como padre de familia.

Día del Padre imagen Freepick
Día del Padre imagen Freepick

La conmemoración del Día del Padre en la República Argentina presenta una fisonomía cultural particular, caracterizada por la convivencia de dos corrientes históricas de origen diverso. En la actualidad, la celebración masiva se realiza el tercer domingo de junio, integrando al país en una corriente de carácter internacional que comparte con gran parte de América Latina. No obstante, detrás de esta fecha de fuerte arraigo social, subsiste una línea de tiempo nativa que remite de forma directa a la historia de la organización nacional y a la intimidad de sus principales próceres. El resultado es una efeméride híbrida que sintetiza un modelo global del siglo veinte con un intento de anclaje patriótico propio.

La vertiente internacional de esta festividad se originó a comienzos del siglo pasado en el hemisferio norte, impulsada por la iniciativa particular de una ciudadana llamada Sonora Smart Dodd. La mujer promovió un reconocimiento público inspirada en la trayectoria de su progenitor, un veterano de la Guerra Civil estadounidense que asumió de forma solitaria la crianza y educación de sus seis hijos tras el fallecimiento de su esposa. Aquella primera conmemoración comunitaria se concretó en el mes de junio de 1910 en la localidad de Spokane, dentro del estado de Washington, marcando el punto de partida de una tradición que se expandiría gradualmente hacia otros países.


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La oficialización de la fecha dentro del calendario civil norteamericano demandó varias décadas de tramitaciones políticas y administrativas ante el Congreso de Washington. El presidente Lyndon B. Johnson emitió una primera proclama ejecutiva a mediados de la década de 1960 para formalizar el tercer domingo de junio como la jornada de reconocimiento a los padres de familia. Posteriormente, en el año 1972, el mandatario Richard Nixon firmó la ley que otorgó carácter permanente e inamovible a la efeméride, consolidando el estándar litúrgico que luego sería adoptado por los canales de difusión cultural de la región.

En la Argentina, de forma paralela a la expansión del esquema estadounidense, se gestó un proyecto para consolidar una efeméride con identidad estrictamente nacional y ligada a los valores de la gesta emancipadora. El Consejo Nacional de Educación estableció de manera formal en el año 1958 que el Día del Padre debía recordarse el 24 de agosto en todo el sistema escolar y civil del país. La elección de ese día poseía un profundo sentido simbólico, dado que coincidía temporalmente con el nacimiento de Mercedes Tomasa de San Martín y Escalada, la única hija del general José de San Martín, nacida en el año 1816 en la provincia de Mendoza.


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La fundamentación de aquella propuesta de 1958 buscaba humanizar la figura del prócer máximo del país, corriéndolo temporalmente de su rol militar para destacar sus virtudes civiles y sus máximas pedagógicas como educador familiar. El diseño del almanaque escolar de mediados de siglo intentó fijar de este modo un hito conmemorativo que fortaleciera la identidad nacional frente a las corrientes de influencia cultural del extranjero. Durante varios años, los actos escolares y los homenajes oficiales se concentraron en torno a la figura del libertador en su rol de padre afectuoso y dedicado, conformando una tradición de fuerte arraigo pedagógico.

A partir de la década de 1960, el comportamiento de la sociedad argentina comenzó a alinearse de manera progresiva con el calendario internacional, adoptando la pauta del tercer domingo de junio en sintonía con la tendencia de los países vecinos. La expansión cultural del modelo norteamericano facilitó que la fecha de junio se impusiera en la práctica comunitaria y en la organización de las reuniones familiares ordinarias. De este modo, el 24 de agosto abandonó gradualmente el centro de los festejos masivos para preservarse principalmente como una referencia histórica de carácter institucional en el ámbito educativo.


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A pesar del predominio de la fecha de junio, la propuesta sanmartiniana original conserva su vigencia en la región de Cuyo, donde las normativas locales y las instituciones tradicionales mantienen vivo el recuerdo de la efeméride de agosto. En la provincia de Mendoza, diversas agrupaciones comunitarias y escuelas reivindican de forma sistemática el 24 de agosto, organizando actividades conmemorativas independientes que resaltan los lazos del prócer con la sociedad mendocina. Esta particularidad territorial demuestra cómo las identidades provinciales logran preservar el patrimonio histórico local dentro de un contexto dominado por pautas globales de celebración.

La reseña de esta festividad expone de este modo un entramado donde conviven la emotiva historia familiar de la posguerra estadounidense con el proyecto de construcción cívica de la Argentina de mediados del siglo veinte. Ambas corrientes aportan elementos de valor para comprender cómo se estructuran los ritos familiares y de qué manera la memoria histórica dialoga con las costumbres contemporáneas de la población. La fecha se asienta en la actualidad sobre una base de doble origen que enriquece el significado de la jornada, permitiendo lecturas que van desde el afecto filial cotidiano hasta el respeto por las raíces de la patria.

Mientras que el tercer domingo de junio unifica las agendas y las reuniones familiares en la mayor parte del territorio argentino, el mes de agosto se sostiene como un espacio de resistencia cultural para quienes buscan mantener vivo el legado civil de San Martín.  

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