
Investigadores explican por qué llegan a la costa bonaerense, qué factores causan muertes y cómo actuar ante ejemplares vivos en la playa.

La presencia de pingüinos en playas de Mar del Plata volvió a generar preguntas entre vecinos y turistas. En las últimas semanas se observaron ejemplares vivos descansando en distintos sectores de la costa, junto con cadáveres hallados sobre la arena. Para los especialistas, el fenómeno se vincula con el ciclo anual de estas aves marinas, aunque algunas señales requieren cuidado y aviso a las autoridades.
El investigador Juan Pablo Seco Pon, del Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras de la UNMdP-CONICET, explicó que la aparición de pingüinos en invierno no resulta extraña para la región. “La aparición de pingüinos en las costas de Mar del Plata durante el invierno coincide con la etapa no reproductiva de estas aves”, señaló. Durante esa etapa, muchos ejemplares se alejan de sus colonias y se desplazan por amplias zonas del Atlántico.


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Los pingüinos que llegan con mayor frecuencia a la costa bonaerense pertenecen casi exclusivamente al Pingüino de Magallanes, cuyo nombre científico es Spheniscus magellanicus. Se trata de la especie con mayor abundancia reproductiva en la región. Sus colonias se distribuyen desde Bahía San Antonio, en Río Negro, hasta Isla Martillo, en Tierra del Fuego, incluyendo las Islas Malvinas.
Las estimaciones mencionadas por los investigadores indican entre 1,1 y 1,6 millones de parejas reproductivas en el Atlántico Sudoccidental. Los seguimientos de aves marcadas muestran que muchas poblaciones migran hacia el norte por corredores relativamente estrechos frente a la costa. Esos desplazamientos pueden ocurrir a distancias de decenas o varios cientos de kilómetros mar adentro.
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Algunas poblaciones, especialmente las que nidifican en el sur de la Patagonia, se acercan a aguas neríticas frente a la provincia de Buenos Aires durante el período no reproductivo. Por eso, los varamientos aparecen con mayor frecuencia entre febrero y septiembre. Seco Pon explicó que “a lo largo del año, y principalmente durante el otoño e invierno, pingüinos son hallados varados con frecuencia en las costas bonaerenses”.
La aparición de ejemplares muertos puede responder a múltiples factores. El investigador mencionó “nivel de empetrolamiento, carga parasitaria, ingesta de residuos de origen antrópico (principalmente plásticos), lesiones por interacción con la pesca, cambios en la distribución y abundancia de presas, nivel de experiencia según la edad y anomalías climáticas”. Esa combinación muestra que no hay una única causa detrás de los hallazgos.
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La edad y la condición corporal también influyen en la supervivencia. Seco Pon recordó que “la mortalidad natural de los pichones es alta; en muchos años, más del 50% no llega a la adultez”. Los ejemplares jóvenes suelen tener menor experiencia para alimentarse, orientarse y enfrentar condiciones adversas durante sus primeros desplazamientos.
El clima y las variaciones del mar pueden agravar el escenario. Episodios meteorológicos adversos o cambios en la temperatura superficial del mar pueden empujar a los animales hacia zonas costeras. Cuando esas condiciones alteran la disponibilidad de alimento, aumenta el riesgo de inanición y varamiento.
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La presencia de pingüinos vivos en la playa merece una lectura distinta. Aunque es esperable observar pingüinos en la costa fuera de la temporada reproductiva, Seco Pon advirtió que, en su experiencia profesional, “no resulta normal encontrar aves vivas, sino varadas muertas”. Una posibilidad es que algunos ejemplares atraviesen la muda total de plumaje, un proceso que los obliga a salir del agua y puede dejarlos temporalmente sin alimentarse.
Ese período de muda puede durar entre dos y cuatro semanas. Durante ese tiempo, el animal permanece más vulnerable y puede buscar refugio en la costa. Por eso, encontrar un pingüino vivo no debe tomarse como una oportunidad para acercarse, tocarlo o intentar asistirlo sin orientación especializada.
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Las recomendaciones para vecinos y turistas son precisas. Ante un pingüino vivo, se debe observar desde una distancia prudente durante unos minutos, registrar su comportamiento y avisar a las autoridades competentes. No hay que tocarlo, moverlo, acercarle mascotas, alimentarlo ni darle agua.
Seco Pon remarcó que esa primera observación puede aportar información útil para los equipos especializados. “Esa observación inicial puede ser información valiosa al momento de describir el comportamiento del ejemplar varado a las autoridades correspondientes”, indicó. La conducta del ave, su movilidad, su postura y el entorno ayudan a definir los pasos posteriores.
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El investigador también destacó el aporte de la comunidad para ampliar el conocimiento sobre estos episodios. “El aporte es mutuo. La ciencia ciudadana puede ampliar la escala geográfica de las áreas de estudio y permite establecer monitoreos a largo plazo mediante la colaboración entre científicos y voluntarios”, sostuvo. Los reportes ordenados permiten comprender mejor la distribución de varamientos y las presiones humanas sobre las aves marinas.
Un monitoreo sistemático realizado en la costa bonaerense entre 2010 y 2025 registró varamientos regulares de al menos 40 especies de aves marinas. Entre ellas predominaron el Pingüino de Magallanes y algunas pardelas. En promedio, los relevamientos detectaron 6,2 pingüinos varados por año, aunque en un registro puntual se contabilizaron hasta 65 individuos.
Fuente: Infobrisas



















