La amistad también salva: por qué el cerebro necesita una red cercana

Enfoques20/07/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

Vanina Botta explicó en Modo 17 cómo los vínculos de amistad sostienen la salud mental, cambian con la edad y atraviesan el duelo.

Vanina Botta
Vanina Botta

Un mensaje recibido en un día difícil, una compañía silenciosa o alguien dispuesto a acompañar un trámite pueden modificar el estado emocional de una persona. Esos gestos cotidianos resumen parte de la función que cumplen los amigos más allá de las celebraciones y los encuentros sociales. La amistad construye una red que sostiene cuando aparecen la angustia, el cansancio o la soledad.

La licenciada Vanina Botta analizó el vínculo durante una entrevista en modo 17 por #LA17, realizada por el Día del Amigo. La conversación recorrió la actividad cerebral, las distintas etapas de la vida, la pérdida de personas cercanas y las formas actuales de relacionarse. Como punto de partida, recuperó una definición de Atahualpa Yupanqui: “Un amigo es uno mismo con otro cuero”.

Esa cercanía no depende solamente del tiempo compartido o de la frecuencia de los encuentros. Bota explicó que intervienen estructuras cerebrales relacionadas con la memoria, la familiaridad y el reconocimiento de las emociones. La amígdala, el hipocampo y las neuronas espejo permiten registrar gestos, comprender estados afectivos y ponerse en el lugar del otro.

Los años de vínculo crean un lenguaje que muchas veces prescinde de explicaciones extensas. Una mirada, una pausa o un cambio en el tono de voz pueden alcanzar para advertir que algo sucede. “Te entiendo, te comprendo, sé que me entendés”, resumió la profesional al describir esa conexión construida con el paso del tiempo.


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La amistad también se diferencia del amor romántico por las expectativas depositadas sobre cada relación. No necesita exclusividad, convivencia ni un proyecto común que deba definirse constantemente. Dos personas pueden verse pocas veces al año, vivir en ciudades diferentes y conservar una cercanía emocional que continúa intacta.

Tampoco todas las amistades acompañan del mismo modo cada etapa. Existen grupos nacidos en la escuela, vínculos construidos durante la universidad y personas que aparecen en la adultez con experiencias diferentes. La crianza de los hijos, la menopausia, una consulta médica o el envejecimiento de los padres pueden dar origen a nuevas formas de compañía.

Los cambios personales también explican por qué algunas relaciones pierden intensidad. Una amistad puede hacerse más distante sin que exista una traición, una discusión o una decisión explícita de terminarla. Cada etapa modifica necesidades, rutinas e intereses, y esos movimientos repercuten sobre los vínculos.

El duelo por la muerte de un amigo ocupa un lugar menos visible dentro de las conversaciones sobre las pérdidas. Bota sostuvo que puede dejar un vacío tan profundo como el fallecimiento de un familiar, debido a que se trata de una persona elegida con sus virtudes y defectos. “El duelo de la pérdida de un amigo es un duelo terrible”, afirmó durante la entrevista.


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La amistad resulta importante desde la infancia hasta la adultez mayor, aunque cambia su significado. En los primeros años aparece ligada a la pertenencia, los juegos, el recreo y la necesidad de encontrar un lugar dentro del grupo. Con el paso del tiempo, la partida de personas cercanas puede reducir la red social y aumentar la sensación de aislamiento.

La soledad fue señalada como uno de los problemas relevantes para la salud mental y el bienestar general. Bota relató que, durante su experiencia profesional, observó a pacientes atravesar situaciones complejas sostenidos por amigos que permanecieron cerca. “Yo vi cómo personas que sufren las sostienen los amigos, las amigas, las acompañan y las salvan”, expresó.image

Esa capacidad de sostén no implica que todas las relaciones deban ser simétricas. Algunos amigos acompañan principalmente en actividades recreativas, otros ofrecen conocimientos y algunos aparecen frente a problemas concretos. La profesional planteó que la adultez permite abandonar una mirada idealizada y aceptar que cada vínculo cumple funciones distintas.

El concepto de lealtad también puede convertirse en una exigencia difícil de sostener cuando se lo asocia con una disponibilidad permanente. Hay relaciones en las que una persona entrega más que otra durante determinados períodos, aunque el vínculo conserva un fondo afectivo significativo. “Una amiga, un amigo te puede cambiar el día, la vida, sin siquiera mover una piedra del mundo, estando”, explicó Botta.

La reducción de los espacios comunitarios agregó presión sobre los vínculos personales. La antigua idea de la aldea distribuía el cuidado, la compañía, el aprendizaje y las tareas entre muchas personas, pero la vida actual concentra esas demandas en círculos más pequeños. Pedirle a un solo amigo que cubra todas esas necesidades puede desgastar una relación que necesita límites y diversidad.

Los vínculos entre padres e hijos también pueden adquirir rasgos de amistad durante la adultez. En la infancia y la adolescencia, la autoridad y los límites ocupan un lugar necesario, pero esa dinámica se transforma con los años. La relación puede incorporar confianza, compañía y conversaciones más horizontales sin borrar la historia familiar.


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La amistad incluye además la posibilidad de celebrar el crecimiento de otra persona. Botta señaló que una amiga permite que la otra se destaque, se alegra por sus logros y no necesita opacarla para conservar su lugar. Esa forma de cuidado convierte a la amistad en un vínculo capaz de acompañar el dolor y también la realización personal.

Las relaciones no se sostienen únicamente con grandes demostraciones. Un mensaje, una llamada o una propuesta concreta pueden recomponer una red debilitada por la distancia y las obligaciones diarias. El límite aparece cuando la soledad se vuelve rutina y las personas dejan de reconocer a quiénes pueden acudir, una situación que vuelve indispensable cuidar los vínculos antes de necesitarlos frente a una crisis.

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