Advierten que la velocidad tecnológica profundiza la crisis de las democracias a nivel global

Enfoques25/07/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

Un análisis reveló que el gasto público récord en OCDE no genera bienestar, mientras la aceleración digital crea expectativas que gobiernos no pueden cumplir.

Tecnología y democracia. Imagen ilustrativa creada con IA por #LA17
Tecnología y democracia. Imagen ilustrativa creada con IA por #LA17

El gasto público en los países que integran la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) representa, en promedio, más del 40% del producto bruto interno. Sin embargo, este nivel de inversión estatal no parece traducirse en una percepción de beneficio por parte de la ciudadanía. La relación entre la deuda del gobierno central y el PBI en esas mismas naciones se ha más que duplicado en los últimos 30 años.

Esta insatisfacción generalizada se observa en múltiples democracias consolidadas a lo largo del mundo. Gran Bretaña nombró recientemente a su séptimo primer ministro en una década, mientras que en Alemania, el partido de ultraderecha AfD ahora lidera las encuestas. Incluso en Asia oriental, gobiernos considerados estables como los de Japón, Corea del Sur y Taiwán enfrentan un creciente malestar social.


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Aunque factores económicos como la vivienda costosa y los ingresos estancados influyen, no explican la totalidad del fenómeno. Estados Unidos registró un crecimiento sólido y Francia redujo el desempleo durante siete años consecutivos, pero la impopularidad de los gobiernos democráticos es una constante. La explicación más amplia apunta a que el mundo atraviesa una de las grandes revoluciones tecnológicas de la historia, lo que genera una profunda ansiedad social.

La transformación actual es digital, impulsada por las computadoras, internet, los teléfonos inteligentes y, ahora, la inteligencia artificial. Esta última tecnología es considerada la más transformadora, como afirmó la semana pasada Demis Hassabis, de DeepMind: «En esencia, hemos encontrado una manera de hacer que la arena piense». La capacidad de producir inteligencia en masa a partir de chips de silicio podría ser el avance más disruptivo de la historia.


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Esta revolución tecnológica eleva drásticamente las expectativas de la sociedad respecto a la eficiencia. Los ciudadanos, acostumbrados a pedir un auto que llega en tres minutos o a recibir paquetes el mismo día, esperan una velocidad similar por parte del Estado. La inteligencia artificial, que responde preguntas complejas en segundos, acentúa esta percepción de inmediatez y eficacia.

No obstante, la democracia no está diseñada para la rapidez, sino para garantizar legitimidad a través de la negociación y el consenso. Sus procesos, que incluyen consultas a tribunales y la protección de grupos vulnerables, son salvaguardas que la distinguen del autoritarismo. En una época marcada por la velocidad tecnológica, estos mecanismos son percibidos cada vez más como una parálisis.


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Las redes sociales amplifican esta brecha al hacer visible cada error gubernamental de forma inmediata y convertir cualquier decepción en una polémica viral. Esto permite que un ciudadano frustrado pueda movilizar a miles de personas antes de que los gobiernos comiencen a responder. Este escenario de frustración e ira encontró cauces políticos en diversos movimientos.

Este contexto ayuda a explicar la trayectoria del populismo moderno, con figuras como Donald Trump, Jair Bolsonaro y Javier Milei. Estos líderes llegaron al poder con la promesa de derribar los bloqueos institucionales y actuar con celeridad. Sin embargo, una vez en el gobierno, la mayoría se encuentra con la misma realidad de contrapesos y procesos lentos que enfrentaban sus predecesores.

El politólogo Samuel Huntington observó que el desajuste entre el ritmo de las instituciones y el de la sociedad es un problema central. Según sus palabras, «el principal problema de la política es el retraso en el desarrollo de las instituciones políticas respecto de los cambios sociales y económicos». Las transformaciones a gran escala, como la actual, generan ansiedad y demandan más de la política, un desafío que los sistemas democráticos deben abordar para recuperar la confianza ciudadana.

Fuente: LA NACION.

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