El “altruismo efectivo” y la IA en el centro de la disputa entre Silicon Valley y Trump

Enfoques05/10/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

Advertencias sobre riesgos existenciales de la IA, impulsadas por filántropos, generaron fuerte rechazo en la administración Trump.

Riesgos de IA (DW)
Riesgos de IA (DW)

Los directores ejecutivos de Anthropic y OpenAI, Dario Amodei y Sam Altman, comparecieron ante el Consejo de Seguridad de la ONU el 23 de septiembre para abordar los riesgos que la Inteligencia Artificial plantea para la humanidad. Ambos destacaron que la gestión de estos peligros no puede recaer en un único Estado o empresa, respaldando la implementación de salvaguardias internacionales.

Esta intervención se produce en el marco de una creciente disputa política y tecnológica. La administración Trump critica las advertencias sobre la IA, calificándolas de excesivamente catastrofistas y argumentando que podrían frenar el desarrollo de la inteligencia artificial estadounidense frente a China. El expresidente llegó a calificar estas advertencias como una «farsa», mientras que cuentas oficiales del Departamento de Defensa difundieron la consigna «Americanismo, no altruismo eficaz».


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En el centro de esta tensión se encuentra el “altruismo efectivo” (EA), una corriente filosófica y filantrópica que busca determinar, mediante evidencia, razón y análisis cuantitativo, dónde el dinero y el tiempo pueden tener el mayor impacto en hacer el bien. Aunque el CEO de Anthropic, Amodei, dice no formar parte del movimiento, su círculo personal y profesional está estrechamente vinculado a él.

Las raíces intelectuales del altruismo efectivo se remontan al filósofo australiano Peter Singer, quien en 1972 planteó un dilema sobre un niño que se ahoga. Singer argumentó que si es moralmente correcto arruinarse la ropa para salvar a un niño cercano, también debería estarse dispuesto a sacrificar recursos para salvar vidas en países lejanos, ya que la distancia no debería importar.


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Esta idea caló entre donantes adinerados que, sintiendo una obligación moral de donar, buscaban que su dinero generara el mayor bien posible. El EA tomó forma como un movimiento descentralizado a finales de la década de 2000 y principios de la de 2010, cuando muchos creían que las redes sociales y los teléfonos inteligentes fomentarían la empatía y la democracia.

En 2007, los profesionales de las finanzas Holden Karnofsky y Elie Hassenfeld fundaron GiveWell, una organización dedicada a elaborar análisis basados en datos sobre la eficacia de las organizaciones benéficas. Dos años después, los filósofos de la Universidad de Oxford William MacAskill y Toby Ord lanzaron «Giving What We Can», una iniciativa que promovía donar al menos el 10 % de los ingresos para combatir la pobreza mundial.


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Según Theodore Lechterman, profesor de filosofía de IE University, este enfoque buscaba cambiar la forma de evaluar la filantropía, concentrándose en el bien real que una organización genera en el mundo, en lugar de cuestiones como gastos generales o salarios de ejecutivos. Esta metodología basada en datos resultó particularmente atractiva para ingenieros, desarrolladores de software y emprendedores en el sector tecnológico y en Wall Street.

Entre los donantes millonarios vinculados al movimiento se encuentran Dustin Moskovitz, cofundador de Facebook, y Jaan Tallinn, quien participó en el desarrollo de Skype. Sin embargo, la reputación del altruismo efectivo sufrió un duro golpe con el caso de Sam Bankman-Fried, el joven prodigio de las criptomonedas condenado en 2024 a 25 años de prisión por fraude tras la quiebra de su plataforma FTX. Bankman-Fried, un defensor público del EA, había afirmado haber entrado en las finanzas para amasar una fortuna que luego donaría.

A medida que las preocupaciones por la inteligencia artificial crecían, filósofos asociados al EA como MacAskill comenzaron a reflexionar sobre el futuro de la humanidad. Fue en este contexto que el “largoplacismo” adquirió un papel central en el movimiento, defendiendo que los intereses de las futuras generaciones deben influir en las decisiones del presente y priorizar la prevención de riesgos a largo plazo.

El racionalismo, una comunidad en línea desarrollada en torno al escritor Eliezer Yudkowsky, quien desde la década de 2000 advierte que una inteligencia artificial superinteligente podría acabar con la humanidad, también influyó en el EA. Ambos movimientos se superponen en integrantes e ideas, haciendo hincapié en el razonamiento basado en pruebas y la preocupación por evitar la extinción humana.

Estas inquietudes conectaron al movimiento con actores clave de la inteligencia artificial. MacAskill habría facilitado contactos entre Bankman-Fried y Elon Musk, quien en 2015 cofundó OpenAI, en parte, por su preocupación sobre la amenaza de la IA. Donantes vinculados al EA también financiaron el nacimiento de Anthropic y respaldaron investigaciones en centros como OpenAI.

La discusión sobre los riesgos de la IA se intensificó el mes pasado con la renuncia de Jacob Coxon, un investigador de Anthropic, quien advirtió que las empresas de IA estaban «jugando con nuestras vidas» en una publicación que superó los 100 millones de visitas. Días después, Amodei publicó un extenso ensayo en el que justificaba frenar el desarrollo de la inteligencia artificial debido al aumento de sus riesgos.

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