

El crecimiento de Vaca Muerta convive con una discusión cada vez más marcada en Neuquén: la riqueza que genera el shale no se refleja de manera pareja en el bienestar cotidiano. En una columna firmada por Darío Hernán Irigaray, director de Vaca Muerta News, el planteo central apunta a un contraste duro entre actividad récord y una realidad social que no acompaña el ritmo. El texto advierte que el empleo crece, pero muchas veces no alcanza para sostener una vida digna.


En ese marco, el autor incorpora indicadores que presenta como oficiales para describir el cuadro social. Señala desocupación de 6,6% y una pobreza cercana al 26%, dentro de una provincia que además enfrenta un costo de vida elevado. El diagnóstico se completa con una idea que atraviesa toda la columna: el crecimiento por sí solo no ordena el tejido social si no mejora la capacidad real de consumo y de acceso a bienes básicos.
Irigaray sostiene que el problema no pasa por falta de análisis en la dirigencia neuquina, sino por la ausencia de decisiones que cambien condiciones concretas. En una frase que resume su mirada, afirma: “Vaca Muerta genera riqueza récord, pero Neuquén no logra transformarla en bienestar general.” Desde ahí, el texto insiste en que el debate público queda concentrado en inversiones y producción, mientras se corre del centro el costo de producir y vivir en la provincia.
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Uno de los puntos que más subraya es la carga estructural que afrontan las pequeñas y medianas empresas. El autor plantea que el foco no se pone en lo que paga una firma antes incluso de sumar personal, entre energía, impuestos, tasas y licencias. En esa línea, define: “No se discute en serio el costo de producir en Neuquén.” La idea aparece asociada a la competitividad, entendida como condiciones estables y previsibles para sostener empleo privado.
La energía ocupa un capítulo propio en el planteo, porque Neuquén produce gas, petróleo y también electricidad, pero según la columna esa ventaja no se traduce en un esquema que abarate costos para el sector productivo local. Irigaray afirma: “En una provincia que produce gas, petróleo y energía eléctrica para el país, la industria paga una de las energías más caras.” Y agrega que faltan mecanismos que incentiven fabricar, transformar o sumar valor en origen, en lugar de limitarse a extraer.
El texto también marca una ausencia de política industrial sostenida para atraer radicación de empresas. Irigaray describe que no existe un plan consistente con reglas estables, costos previsibles y alivio fiscal inicial que vuelva viable instalar plantas. En una de las definiciones más directas, sostiene: “La industria no se instala por discursos, se instala por condiciones.” La frase funciona como un resumen del enfoque: menos anuncios y más ingeniería económica.
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En el mismo sentido, el autor cuestiona el peso de las cargas locales y municipales sobre la actividad privada. Señala licencias comerciales, tasas y cargas pensadas más para recaudar que para incentivar producción y empleo. La crítica no se apoya en una medida puntual, sino en un esquema que, según el texto, termina encareciendo cada decisión de inversión y achicando márgenes en un contexto de costos altos.
Otro eje que aparece con fuerza es la estructura de abastecimiento de la provincia. La columna afirma: “Una provincia que importa más del 60% de lo que consume no tiene un plan serio de desarrollo productivo local.” En su mirada, esa dependencia de alimentos y bienes básicos se traduce en precios más altos y menor capacidad para consolidar cadenas locales, algo que impacta tanto en pymes como en consumidores.
El cierre vuelve a la dimensión social del modelo y a la convivencia de ingresos muy distintos dentro de una misma provincia. Irigaray plantea: “Se acepta como natural que convivan salarios petroleros con ingresos que no alcanzan para alquilar una vivienda.” Y concluye con una síntesis que ordena su argumento: “La pregunta ya no es cuánto más puede crecer Vaca Muerta, sino cuánta desigualdad está dispuesta a naturalizar la política neuquina.”














