
"Pan de junio" crece con archivo, música original y un oficio del barrio subido al escenario
Otros Temas20/01/2026
REDACCIÓN
Natalia Lebas y Alejandro Cannizzaro contaron en #LA17 cómo armaron “Pan de junio” con investigación, ensayos y música creada para la obra, en una trama situada en Madryn.

Una obra no nace completa el día del estreno: se arma como un tejido, con decisiones que se prueban en escena y vuelven al texto. Esa fue una de las ideas que atravesó la charla de Natalia Lebas y Alejandro Cannizzaro en #MODO17 por #LA17, cuando hablaron de Pan de junio como un proyecto que se construyó con archivo, ensayos, reescritura y aportes de oficios reales del entorno.
Lebas ubicó el punto de partida en una forma de hacer teatro que prioriza el entramado colectivo. La experiencia de escribir con otra persona, ir a los ensayos y volver al texto apareció como método, no como slogan. Cannizzaro, que venía de la escritura narrativa individual, explicó que la dramaturgia lo obligó a cambiar de lógica: “apenas se lo das a la directora de la obra, se transforma necesariamente”, dijo, porque la palabra “tiene que obrar cuerpo” y sostener acción.
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En ese proceso, ambos describieron que armaron un archivo común y que fueron y vinieron entre relato y acción dramática, buscando un modo de contar que no se quedara en el discurso. “Fuimos y vinimos de eso, de la acción dramática al relato”, señaló Cannizzaro, y contó que incluso apareció un personaje nuevo durante el trabajo. La decisión no estaba en la historia original: “acá tiene que estar la hija”, resumieron, al explicar cómo nació el personaje interpretado por Antonia Costa.
La conversación también marcó un gesto deliberado: acercarse a una historia local vinculada a Malvinas sin quedar pegados a la representación directa de la guerra. Lebas lo formuló con claridad: “Malvinas o el día que Madryn se quedó sin pan es el escenario de la obra”, afirmó, y propuso leer el núcleo desde los vínculos. Para Cannizzaro, ese corrimiento permitió una distancia necesaria: “queríamos acercarnos a esa historia y no apegarnos”, para que el relato pudiera abrirse y no quedar encerrado en una fecha.
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Esa perspectiva se traduce en personajes atravesados por lo ocurrido, pero movidos por necesidades íntimas: el deseo de volver, el impulso de callar, la insistencia de una hija que pregunta, el amigo que llega. En la entrevista apareció una frase que condensó una postura: “No quiero hijos para guerra”, dijeron, como un recorte que los interpela desde lo personal y deja en evidencia que la obra trabaja tensiones familiares y generacionales, no una crónica bélica.
El modo de estrenar también respondió a esa lógica de cocina lenta. Contaron que planearon estrenar en meses asociados a Malvinas, pero el proceso de investigación se impuso sobre el calendario. Lebas lo explicó sin vueltas: “priorizamos ese trabajo de investigación y no la fecha en sí”, porque la obra necesitaba tiempo para revisar, ajustar y sostener un respeto explícito por quienes cargan esa experiencia de manera directa.
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El teatro, además, no termina de definirse en el ensayo. Lebas dijo que el hecho en vivo ajusta tiempos, dinámicas y ritmo, y que esos cambios aparecen con el público sentado en la sala. El entusiasmo, el espacio donde trabajan y presentan la obra, se volvió parte de la estructura: ensayar y estrenar en el mismo lugar “acomoda” la puesta, y también la forma en que la obra respira. “La obra que se construye toma ese lugar como propio”, describieron, al contar por qué prefieren sostener funciones allí por un tiempo.
Uno de los rasgos más distintivos de Pan de junio es la música original creada para la pieza, algo que los entrevistados destacaron como parte de la dramaturgia. Lebas sostuvo que no se trata de “poner música de fondo”, sino de “darle contenido sonoro” a lo que pasa en escena. El trabajo lo realizaron Juan Solco y Luciano Palacios, convocados para ver ensayos, armar bocetos y producir una identidad musical pensada exclusivamente para la obra.
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La construcción se nutrió también de gestos muy concretos: un panadero se sumó al proceso y enseñó a amasar, a mirar la harina, a esperar el leudado, a observar manos y tiempos. Ese taller dejó una marca en el equipo porque convirtió el pan en algo más que una referencia simbólica. “Realmente hicimos pan ahí”, contaron, y enlazaron esa experiencia con la idea de alimento primario y oficio artesanal, presente en una ciudad llena de panaderías donde el barrio todavía sostiene prácticas que parecen de siempre.
En la entrevista nombraron a quienes están en escena: Rubén Petrucci, en el personaje del panadero, y Juan Carlos Ronán, “el Polaco”, como el amigo excombatiente que llega a la panadería, además de Antonia Costa en el rol de la hija. Sobre ese entramado, relataron un comentario del público que funcionó como termómetro: una espectadora se acercó conmovida y se presentó como hija de un excombatiente, y destacó la camaradería entre quienes estuvieron en Malvinas, algo que vio reflejado en la obra.
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Lejos de cerrar con una consigna, Lebas y Cannizzaro dejaron una idea que se escuchó como reivindicación del acto artístico: ir a una radio no solo para decir una fecha, sino para hablar de lo que una obra piensa y activa. En ese sentido, Pan de junio aparece como un trabajo que se sostiene en lo local sin encerrarse, y que busca que el público salga con la sensación de haber visto vínculos reales puestos en tensión, con música propia, oficio vivo y una historia que se vuelve cuerpo en escena.
















