El bosque patagónico cambia luego de los incendios y los pinos abandonados agravan la propagación

Enfoques30/01/2026REDACCIÓNREDACCIÓN
Incendio en Puerto Patriada
Incendio en Puerto Patriada

Especialistas explican que la sequía acumulada y las plantaciones abandonadas elevan la intensidad de los incendios y dificultan que algunas áreas vuelvan a ser bosque nativo.

En el bosque andino patagónico, el fuego ya no se comporta como antes y los cambios empiezan a notarse en el terreno, incluso después de que las llamas se apagan. La combinación de sequías más largas, déficit hídrico acumulado y mayor disponibilidad de material combustible eleva la frecuencia y la intensidad de los incendios, con un efecto que va más allá de la emergencia: en algunos sectores, el bosque no regresa como tal y puede transformarse en matorral, un estado más inflamable y difícil de revertir.

El diagnóstico lo resume Camilo Bagnato, jefe del Área Forestal del departamento de Conservación del Parque Nacional Nahuel Huapi, al describir un cambio de escala en el régimen de fuego. “El régimen de fuegos en el bosque andino patagónico está cambiando, aumentando su frecuencia e intensidad”, afirmó, y vinculó esa tendencia con condiciones que se repiten año tras año. “Si bien el sistema de los bosques nativos fue evolucionando con el fuego, a raíz del cambio climático, las sequías y el déficit hídrico acumulado durante muchos años, cada vez existen más condiciones que favorecen los incendios”, agregó.


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En ese contexto, una variable territorial empieza a pesar con fuerza: la presencia de pinos implantados o naturalizados, en especial donde no existe manejo. Bagnato diferenció entre plantaciones que cuentan con prácticas como poda y raleo y aquellas que quedaron abandonadas, con acumulación de material seco y continuidad de combustible desde el suelo hasta la copa. “Luego existen otros abandonados, sin manejo, con combustible del piso a la copa, mucho material seco acumulado y a alta densidad. Estas favorecen la propagación de los incendios”, explicó.

La dinámica no termina en el frente de fuego. Según el especialista, los pinos también se expanden hacia zonas cercanas por dispersión de semillas, se naturalizan y se reproducen sin control, muchas veces en áreas donde no tienen valor maderero ni destino productivo claro. Cuando el fuego alcanza esos sectores, el comportamiento cambia por la composición de la vegetación. “Cuando el fuego llega a estas zonas, el problema es mayor que cuando llega al bosque nativo, porque el pino es mucho más combustible, más resinoso y con compuestos volátiles que lo vuelven mucho más inflamable”, sostuvo.


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Ese salto en la inflamabilidad alimenta incendios con mayor energía y facilita focos secundarios. Bagnato describió un mecanismo de retroalimentación que complica el control y amplía el daño. “Durante un incendio empieza una retroalimentación, se libera más energía, la llama se vuelve más grande, genera estallidos que vuelan e inician focos secundarios, a veces hasta cientos o miles de metros”, indicó. Luego, en muchos casos, la recuperación natural vuelve a favorecer a ciertas especies de pino, lo que deja el terreno preparado para repetir el ciclo.

En esa misma línea, advirtió que algunas variedades se benefician con el fuego en su propia reproducción. “A algunas especies de pino les gusta mucho el fuego, porque favorece su germinación. Así, hay más pinos con mayor densidad y sin manejo y se da una retroalimentación muy desfavorable”, explicó, al describir cómo se consolidan paisajes más propensos a incendios intensos.


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La recuperación posterior, entonces, ya no depende solo de la capacidad de rebrote del bosque nativo, sino del tipo de vegetación que queda instalada. Cuando el área se reconvierte en matorral o queda dominada por invasiones, el regreso del bosque se vuelve más lento, más costoso y con mayor exposición a incendios futuros, porque cambia el “combustible” disponible y también la forma en que el fuego se mueve por el paisaje.

En ese escenario, la restauración con especies nativas aparece como una herramienta concreta de recomposición ecológica, con trabajo sostenido en viveros del sistema de Parques Nacionales. Cecilia Núñez, doctora en Biología y parte del proyecto de viveros, planteó que la producción de nativas cumple un doble rol: recuperar áreas afectadas y educar sobre el entorno. “Es necesario incorporar especies nativas en jardines y espacios públicos (para la restauración ecológica tras incendios u otros fenómenos), y para la educación ambiental”, señaló.


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Núñez también subrayó que la oferta de nativas todavía presenta desajustes entre producción y demanda, y que el trabajo requiere coordinación con universidades, instituciones y municipios. En esa trama, el objetivo no es eliminar cualquier especie exótica, sino identificar cuáles generan riesgo por su capacidad invasora. “Hay exóticas maravillosas que no causan daño en el ambiente, pero otras invasoras con capacidad de crecer y volverse amenazantes para el ambiente y las personas”, afirmó.

A la par de la restauración, la prevención también se juega en el conocimiento del territorio y en decisiones cotidianas de manejo, desde los cascos periurbanos hasta el arbolado de ciudades y pueblos. Bagnato recordó que los orígenes de los incendios no siempre quedan claros y que se combinan focos por tormentas eléctricas con incendios de origen humano, por uso turístico, prácticas históricas o intencionalidad. En cualquier caso, el combustible acumulado y el viento fuerte definen la magnitud del evento.


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En el Parque Nacional Nahuel Huapi, explicó, la gran mayoría de focos se controla rápido, pero cuando un incendio crece en áreas de difícil acceso o con condiciones extremas, el combate cambia de lógica y se vuelve prioritario proteger vidas e infraestructura. En ese marco, el modo en que se gestionan las plantaciones y las invasiones previas termina siendo un factor que condiciona lo que ocurre durante y después del fuego.

Fuente: LA NACION.

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