Masking: cuándo adaptarse para encajar deja de ser útil y empieza a tener un costo emocional

Actualidad30/01/2026REDACCIÓNREDACCIÓN
Masking. Foto Freepik redimensionada con IA
Masking. Foto Freepik redimensionada con IA

El masking atraviesa la vida social de muchas personas y puede ayudar a integrarse, pero cuando se vuelve constante impacta en la salud mental, sobre todo en quienes tienen autismo o TDAH.

En distintos ámbitos sociales, laborales y educativos, muchas personas regulan lo que dicen, hacen o muestran para encajar. A veces es un gesto mínimo, otras una estrategia sostenida. Ese mecanismo, conocido como masking o enmascaramiento, no pertenece solo al campo clínico ni a un diagnóstico puntual, sino que forma parte de la vida social contemporánea, con efectos que no siempre resultan visibles.

La psicóloga clínica Amara Brook, que convive con autismo y TDAH, relató una escena frecuente en espacios jerárquicos: antes de una reunión profesional, optó por usar un caramelo como forma de autocontrol para evitar interrumpir. Lo definió como un “bozal” y explicó que sin ese recurso “sin duda habría causado revuelo”. La estrategia funcionó, pero dejó una marca. “Cuando uno está montando un espectáculo todo el tiempo, es agotador”, reconoció.


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El masking consiste en ocultar pensamientos, emociones o conductas que podrían resultar incómodas para otros, con el objetivo de generar una impresión aceptable. En personas con autismo o TDAH, esta práctica puede transformarse en una herramienta de supervivencia social, especialmente en contextos donde las normas implícitas pesan más que las capacidades reales.

Desde el campo académico, el concepto no es nuevo. En los años 60, el sociólogo Erving Goffman analizó cómo el estigma empujaba a las personas a ocultar partes de su identidad. Más adelante, en los años 70, los psicólogos Paul Ekman y Wallace V. Friesen utilizaron el término para describir el ocultamiento emocional. Con el tiempo, la comunidad autista resignificó el concepto para nombrar prácticas concretas como imitar gestos sociales o forzar el contacto visual.


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El masking no siempre resulta negativo. Mark Leary, profesor emérito de psicología y neurociencia de la Universidad de Duke, explicó que la necesidad de pertenecer “es uno de los mejores predictores del bienestar”. Desde esa perspectiva, ajustar conductas puede ayudar a sostener vínculos y a desenvolverse en entornos complejos.

La psicóloga Iris Mauss, directora del Instituto de Personalidad e Investigación Social de la Universidad de California en Berkeley, sostuvo que el enmascaramiento puede ser una elección válida cuando responde a valores personales. Por ejemplo, moderar una reacción por respeto o paciencia permite, según dijo, “una comprensión más profunda y matizada de lo que realmente significa la autenticidad”.


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El problema aparece cuando el ocultamiento deja de ser una decisión y pasa a sentirse inevitable. El profesor John Pachankis, de la Escuela de Salud Pública de Yale, advirtió que esconder aspectos centrales de la identidad puede dañar los vínculos cercanos y generar vergüenza o culpa. Distintos estudios asocian el masking sostenido con depresión, ansiedad, agotamiento emocional y diagnósticos erróneos.

La psicóloga clínica Sara Woods, del Centro de Autismo de la Universidad de Washington, lo expresó con claridad: “Hacerlo constantemente sugiere que tu forma de ser es un problema”. Y agregó: “Se invierte mucho esfuerzo en ello a diario”. Ese desgaste se profundiza en personas que ya enfrentan otras formas de discriminación, como el racismo o la exclusión social.


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Ante la duda sobre cuánto enmascaramiento resulta saludable, Mauss propuso una serie de preguntas simples pero incómodas: “¿Me ayuda el enmascaramiento en general? ¿Me ayuda en mis relaciones? ¿O me está causando más daño?”. Cuando las respuestas inclinan la balanza hacia el malestar, reducir esa práctica puede volverse una necesidad.

El psicólogo social Devon Price, de la Universidad Loyola de Chicago, recomendó iniciar cualquier cambio en espacios seguros y de manera gradual. “Es importante encontrar lugares donde no haga falta actuar”, señaló, y sugirió contar con acompañamiento profesional. Para muchas personas, compartir experiencias con pares permite resignificar la propia identidad y bajar el nivel de exigencia interna.


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El masking, lejos de ser una conducta excepcional, expone la tensión permanente entre pertenecer y sostener la propia forma de ser. Entender cuándo ayuda y cuándo empieza a pesar puede marcar la diferencia entre adaptarse y agotarse.

Fuente: LA NACION.

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