
El Alzheimer se entiende hoy como un proceso temprano y silencioso que empieza años antes
Actualidad30/01/2026
REDACCIÓN
Especialistas explican que la enfermedad puede detectarse mucho antes del deterioro cognitivo, con biomarcadores y prevención como ejes del nuevo abordaje clínico.


Durante décadas, el Alzheimer se diagnosticó cuando la pérdida de memoria ya interfería con la vida cotidiana y la autonomía comenzaba a deteriorarse. Ese esquema dejó al diagnóstico siempre en desventaja frente al daño cerebral acumulado. En los últimos años, esa lógica se modificó: la enfermedad empezó a entenderse como un proceso biológico silencioso que se inicia mucho antes de los síntomas.
La neuropsicóloga Lucía Crivelli, jefa de Neuropsicología de Fleni e investigadora especializada en demencias, sostiene que el cambio conceptual redefine toda la estrategia clínica. “Hoy entendemos que la enfermedad comienza muchos años antes de los síntomas, como un proceso biológico silencioso”, explica, y señala que ese conocimiento desplaza el eje desde la descripción del deterioro hacia la intervención temprana.
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Desde el punto de vista médico, el Alzheimer es la causa más frecuente de demencia. “Se estima que hasta el 75% de los casos de demencia corresponden a esta enfermedad”, detalla Crivelli, y precisa que el origen está asociado al depósito anormal de proteínas amiloide y tau, que desencadenan un proceso neurodegenerativo progresivo.
El síntoma inicial más característico sigue siendo la memoria, pero con una precisión clínica que evita confusiones con el envejecimiento normal. “El síntoma temprano típico es el déficit de memoria, especialmente la dificultad persistente para aprender y retener información nueva”, aclara, y remarca que no se trata de olvidos aislados, sino de fallas que se repiten y afectan decisiones, orientación y manejo cotidiano.
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El giro en el abordaje se apoya en el avance de los biomarcadores, que permiten identificar la enfermedad antes de que el deterioro sea evidente. “El desarrollo de biomarcadores nos permite detectarla en etapas muy tempranas y cambiar la lógica del abordaje”, explica la especialista, en referencia a estudios como el PET amiloide, el análisis del líquido cefalorraquídeo y, más recientemente, los análisis de sangre.
Sobre este último punto, Crivelli advierte que el uso debe ser cuidadoso. “Los análisis de sangre para Alzheimer ya existen y estamos muy cerca de que se conviertan en una herramienta habitual”, señala, aunque aclara que no reemplazan a los estudios confirmatorios y no son adecuados como cribado poblacional en personas sin síntomas.
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En paralelo, surgieron terapias dirigidas a modificar la biología de la enfermedad, principalmente las que actúan sobre el amiloide. Para la especialista, representan un avance concreto, aunque con límites claros. “Enlentecen el deterioro cognitivo, pero no lo revierten”, y su beneficio es mayor cuando se administran en etapas muy tempranas. Además, requieren monitoreo estricto por riesgos de seguridad como edema cerebral o microhemorragias.
Este escenario refuerza el peso de la prevención. La evidencia acumulada muestra que una proporción significativa de los casos de demencia se vincula con factores modificables. “Hasta el 45% de los casos a nivel global podría atribuirse a factores de riesgo modificables”, indica Crivelli, y agrega que en la Argentina ese porcentaje podría alcanzar el 60%, especialmente por obesidad, hipertensión, sedentarismo, colesterol elevado, diabetes, tabaquismo y depresión.
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También inciden factores muchas veces subestimados, como la pérdida auditiva o visual no tratada, el aislamiento social y la inactividad física, mientras que otros —como los trastornos del sueño o la alimentación ultraprocesada— siguen bajo investigación. En ese marco, iniciativas como LATAM-FINGERS, liderada desde Fleni, evalúan intervenciones combinadas en actividad física, nutrición, estimulación cognitiva y control vascular.
Para la especialista, el desafío inmediato se concentra en la atención primaria. “La cognición debería evaluarse de forma sistemática, como se hace con otros factores de riesgo”, sostiene, y subraya la necesidad de rutas de derivación claras y mayor equidad en el acceso a herramientas diagnósticas. En América Latina, donde los estudios avanzados son costosos, los biomarcadores en sangre aparecen como una oportunidad concreta, siempre dentro de marcos clínicos definidos.
Fuente: LA NACION.















