Trigo y avena a metros de los glaciares: la cosecha más austral que salió cerca de El Calafate

Actualidad02/02/2026Sergio BustosSergio Bustos
ganaderos santa cuz
Los agrónomos en el campo austral.

El Calafate siempre fue sinónimo de turismo, hielo y postales únicas, pero en estos días sumó una escena que nadie imaginaba hace unos años. A solo 23 kilómetros de la ciudad, en un campo del sudoeste santacruceño, ya se concretó la primera cosecha de avena en la historia de la provincia y en breve comenzará la de trigo. El dato no es menor: se trata de la cosecha más austral de Argentina y, según sostienen sus impulsores, posiblemente del mundo.

Detrás del proyecto hay una mezcla de intuición, formación técnica y persistencia. La historia arranca en 2004, cuando Tomás Ciurlanti, oriundo de Rafaela, se mudó con su familia a la Patagonia. Años después volvió al corazón agrícola del país para estudiar agronomía, pero cada regreso al sur le encendía la misma idea: mirar esos paisajes con “ojos productivos” y pensar si la agricultura podía encontrar un lugar donde casi no existía.

Ese “bichito” fue creciendo hasta transformarse en una apuesta concreta. Ciurlanti contactó a dos agrónomos de la misma casa de estudios y, con ellos, armó el esquema que terminaría haciendo historia en Santa Cruz. En 2024 fundaron Agro Calafate, una sociedad que además de asesorar decidió producir y alquiló 370 hectáreas para sembrar cultivos extensivos en una zona donde el calendario agrícola está completamente invertido.


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Los otros dos integrantes del equipo son Ricardo Coggiola y Nicolás Zuber, productores y agrónomos vinculados a Santa Fe y Entre Ríos. Los tres quedaron directamente comprometidos con el resultado, no como consultores externos, sino como parte de una experiencia productiva real. La idea era simple en el papel, pero compleja en el territorio: sembrar trigo y avena donde el invierno puede durar semanas con temperaturas bajo cero.

El establecimiento elegido está en la estancia Alice, también conocida como Cerro Frías, al oeste de El Calafate. Allí se repartieron las 370 hectáreas en 200 de avena y alrededor de 170 de trigo, con cultivares de ciclo corto para poder adaptarse a una ventana de trabajo que se reduce a la primavera y el verano. El frío extremo obliga a correr toda la estrategia hacia los meses cálidos, porque en invierno el suelo puede quedar congelado y el cultivo directamente no se desarrolla.

Ciurlanti explicó que en julio pueden tener “todo el mes” con temperaturas cercanas a diez grados bajo cero, y que eso obliga a producir a contraestación. Por esa razón, sembraron en septiembre y comenzaron a cosechar primero la avena, que maduró antes. Sobre el trigo, señaló que todavía está en pie y que algunos lotes necesitan unos 20 días y otros más de 30 para llegar a madurez fisiológica.


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En su relato, el agrónomo describió el cambio de lógica con una comparación que ayuda a entender la rareza. Dijo que este tipo de producción se ve en regiones como Canadá o Escocia, donde el invierno detiene todo y el cultivo se concentra en primavera-verano. “En zona núcleo uno está acostumbrado a cosechar trigo en noviembre o diciembre. Acá todo el calendario está dado vuelta”, reconoció.

El proyecto no nació solo por el desafío técnico, sino por una idea de cadena de valor que puede cambiar la economía provincial. Ciurlanti contó que el disparador fue una propuesta del gobernador Claudio Vidal, que planteó instalar una planta de alimento balanceado en Río Gallegos. Pero el esquema original no cerraba: si la materia prima debía venir del norte, el costo final iba a ser tan alto que el producto no sería competitivo.

Ahí apareció la vuelta de tuerca: producir localmente gran parte de los insumos. “Encontramos que si producimos al menos el 70% de la materia prima que demanda el alimento balanceado dentro de la provincia, ahí el número cambia”, explicó Ciurlanti. En ese modelo, la avena y el trigo aportan energía metabolizable y fibra, mientras que desde afuera llegaría la parte proteica, como expeller de soja, además del núcleo vitamínico-mineral.


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Mientras la planta se termina de montar, el grano se guarda en origen y ahí también se marcó un hito. “Ahora lo vamos a acopiar en silo bolsa”, dijo, y agregó una frase que resume el tono pionero de la experiencia: “ayer hicimos el primer silo bolsa de la historia de la provincia de Santa Cruz”. La imagen de un silo bolsa en un paisaje de glaciares tiene algo de absurdo y, al mismo tiempo, de revolución productiva silenciosa.

La logística fue otro de los obstáculos grandes. En una provincia donde la agricultura extensiva casi no existe, no hay maquinaria disponible como en la zona núcleo. El productor del campo ya trabajaba con INTA y tenía equipos chicos, pero no había cosechadora. Agro Calafate tuvo que armar prácticamente desde cero el parque de maquinaria y hasta trasladar una cosechadora propia al sur para poder cerrar el ciclo productivo.

Ciurlanti detalló que incorporaron un tractor grande, rastra pesada, equipos de nivelación y una sembradora que lograron alquilar dentro de la provincia. La cosechadora, en cambio, la compraron ellos y la llevaron hasta Santa Cruz con una idea clara: que quede instalada para seguir escalando. “La cosechadora es nuestra… y la idea es que quede acá”, sostuvo.


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El esquema de trabajo también se aparta del modelo tradicional. Agro Calafate paga el alquiler del campo en especie y reparte la producción según un contrato donde el dueño del campo se queda con un porcentaje, Santa Cruz Puede con otro, y los agrónomos con el resto, como productores, asesores y dueños de parte de la maquinaria. Esa fórmula los obliga a estar en cada decisión, porque el resultado final también define su propio ingreso.

Desde el punto de vista agronómico, el manejo del suelo se adapta al ambiente. Las labores se hacen en otoño, antes del invierno, y luego el perfil se recarga con nieve que queda congelada en superficie. Cuando llega el deshielo, y el lote permite entrar, se siembra. En algunos sectores, además, conducen agua del deshielo para mantener humedad en el perfil y sostener mejor los cultivos en un contexto donde el frío manda.

Por ahora, el ambiente también ofrece una ventaja inesperada: “Enfermedades cero, bichos cero. Es un ambiente virgen”, dijo Ciurlanti. El principal problema son las malezas, pero el potencial de expansión ya está en carpeta. Para la próxima campaña, anticipó más superficie de cebada, triticale y arveja, buscando sumar proteína y adaptarse a los ambientes más restrictivos.

Lo que empezó como una rareza, sembrar trigo y avena cerca de los glaciares, ahora se transformó en un proyecto con horizonte productivo. Los impulsores piensan en la cadena completa, desde el grano hasta el valor agregado y la comercialización, con impacto en ganadería, avicultura y porcinos. Y así, a pocos kilómetros de El Calafate, la Patagonia austral empezó a escribir un capítulo que nadie esperaba, pero que ya se está cosechando.

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