Un estudio revela que los primeros humanos eligieron vivir en entornos montañosos

Enfoques02/02/2026Sergio BustosSergio Bustos
neanderthales alturas
Antiguos pobladores eligieron las alturas.

La imagen clásica de los primeros humanos caminando por extensas llanuras africanas empieza a perder centralidad. Nuevas evidencias científicas indican que, mucho antes de lo pensado, nuestros antepasados tomaron una decisión territorial que marcaría su evolución: instalarse en entornos montañosos, lejos de los paisajes más simples y previsibles.

La investigación, publicada en Science Advances y liderada por un equipo internacional con base en Corea del Sur, analizó más de 2.700 yacimientos arqueológicos correspondientes a los últimos tres millones de años. El trabajo combinó esos registros con modelos climáticos y de vegetación para reconstruir los ambientes donde vivieron distintas especies humanas.

El resultado fue consistente: a lo largo del tiempo, los asentamientos humanos tempranos muestran una preferencia creciente por regiones con relieve, valles y pendientes moderadas. La clave no fue la comodidad, sino la diversidad ecológica que ofrecían esos paisajes.


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En áreas montañosas, pequeñas variaciones de altura generan múltiples biomas muy cercanos entre sí. En distancias cortas podían coexistir bosques, pastizales, zonas húmedas y matorrales. Para grupos nómades, esa concentración de recursos equivalía a un acceso constante a alimentos, agua y refugio sin necesidad de largos desplazamientos.

Los investigadores sostienen que esta riqueza ambiental actuó como un factor decisivo en la selección natural. Frente a entornos más homogéneos, las montañas ofrecían más opciones para adaptarse a cambios climáticos, escasez puntual de alimentos o presión de depredadores.

El estudio muestra que entre hace 2 y 1,1 millones de años, especies como Homo habilis y Homo ergaster comenzaron a ocupar de manera sostenida zonas con mayor relieve. Esa tendencia se interrumpió cerca del millón de años atrás, en coincidencia con profundos cambios climáticos globales.


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Ese quiebre se asocia a la Transición del Pleistoceno Medio, un período de inestabilidad climática que habría reducido poblaciones humanas y forzado el abandono temporal de ciertos ambientes. Sin embargo, la preferencia por las montañas no desapareció.

A partir de hace unos 800.000 años, especies como Homo heidelbergensis, Homo neanderthalensis y luego Homo sapiens retomaron la ocupación de entornos escarpados. Esta segunda etapa coincidió con avances culturales claros, como el uso sistemático del fuego y una mayor adaptación al frío.

Los autores plantean que vivir en terrenos complejos no solo impactó en el cuerpo, sino también en la organización social. Sobrevivir en pendientes, valles y climas variables exigía cooperación, planificación y comunicación, habilidades que pudieron reforzarse en estos contextos.


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También habría influido en la innovación tecnológica. La necesidad de moverse, cazar y recolectar en terrenos irregulares impulsó el uso de herramientas más versátiles y estrategias nuevas para procesar alimentos y refugiarse.

Un dato clave del estudio es que los humanos no eligieron las zonas más extremas. La mayoría de los asentamientos se ubican en pendientes de entre 2% y 10%, lo suficiente para favorecer la biodiversidad sin volver imposible la movilidad. La elección del entorno fue estratégica, no aleatoria.

Este enfoque redefine la relación entre paisaje y evolución. La historia humana no solo se escribió en el ADN, sino también en la forma de leer el territorio y aprovechar sus posibilidades. Las montañas, lejos de ser un obstáculo, funcionaron como escenarios donde se amplió el repertorio biológico, social y cultural de nuestra especie.

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