Pistachos en Casa de Piedra y una cuenta que empezó a contagiar a la zona

Actualidad04/02/2026REDACCIÓNREDACCIÓN
Pistacho
Pistacho

Con riego del río Colorado, una chacra familiar implantó 8000 plantas y empujó un efecto contagio: ya suman más de 300 hectáreas y vienen más.

En Casa de Piedra, al sur de La Pampa, el pistacho dejó de ser una rareza de valija para transformarse en un cultivo que ordena planes, inversiones y conversaciones de pasillo entre productores. La escena no ocurre en una zona “pistachera” tradicional, sino en un rincón árido donde el agua llega con presión y purificada, y esa diferencia pesa. El dato que más se repite en el ambiente es el mismo: la demanda global supera a la oferta y el precio se mantiene en niveles que entusiasman.

El disparador no fue un estudio de mercado, sino una historia familiar que arrancó lejos. La semilla inicial nació en Europa, con Agustina Gutiérrez viviendo en París y el vínculo con un joven español de Cuenca, cuya familia se metió en la reconversión de olivares a pistachos en Guadalajara. Ese cambio, primero mirado con desconfianza, terminó por convertir a esa región en un polo fuerte dentro de España y de la Unión Europea. En La Pampa, esa experiencia funcionó como mapa y como argumento.


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El pistacho entró a la casa por el lado menos pensado: el gusto. Santiago Gutiérrez lo contó sin vueltas: “Hace como una década cuando mi hermana vino con su pareja a la Argentina a conocer, trajeron bolsas de pistachos en sus valijas; nosotros no habíamos comido nunca, y la realidad es que se enloqueció la familia”. Después llegaron más viajes, más bolsas y las mismas charlas, hasta que el tema dejó de ser anécdota y tomó forma de proyecto. En el medio, la familia empezó a mirar el cultivo con ojos de producción, no de curiosidad.

La decisión de plantar en La Pampa se sostuvo aun cuando el recorrido técnico los llevó por otras provincias. Visitaron San Juan, con más tradición, y también Mendoza, pero el objetivo siguió anclado en el origen: “que el proyecto sea en alguna zona de La Pampa”, según contó Santiago. La oportunidad apareció en una parcela de 28 hectáreas donde hoy funciona PampaPist SRL, bajo riego y con una organización de tareas que reparte roles entre profesiones distintas. Ahí, el pistacho encontró un esquema que combina suelo, clima y un sistema de agua que marca el ritmo de todo.


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En esa infraestructura se apoya buena parte de la ventaja comparativa que describieron. Santiago lo explicó con detalle: “Traen agua del río Colorado, del otro lado del dique que hay en Casa de Piedra, la pasan por una planta de procesamiento, una bomba gigante que no existe en Sudamérica y desde ahí llevan el agua a otra estación de purificado para luego llevarla hasta la cabecera de cada lote”. En su lectura, ese mecanismo reduce costos porque el agua llega “directamente en el lote”, con presión y limpia. El dato no es menor en una región donde cada decisión productiva se mide contra el costo fijo de sostener el riego.

La implantación no se resolvió de una sola vez, sino por etapas. Arrancaron con cuatro hectáreas, después ocho, y así hasta completar la finca, mientras el entorno empezaba a mirar el experimento con otra atención. En esa transición, la familia describe el punto de quiebre social del proyecto con una frase que resume el clima: “Fuimos los pioneros en implantar pistachos en la zona pero enseguida se generó un efecto de bola de nieve”. La cuenta que siguen hoy muestra el salto: “En la actualidad, ya hay más de 300 hectáreas implantadas. Además, hay solicitudes ingresadas para poner otras 300 hectáreas más”, y ellos mismos pidieron 50 hectáreas adicionales.


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El aprendizaje no vino de una tradición heredada, sino de estudio y prueba. Santiago lo dijo desde su propio oficio, lejos del lenguaje agronómico: “Como diseñador gráfico, no tenía idea, por eso con mi padre empezamos a estudiar sobre el tema. Fue camino al andar”. Ese “camino” incluyó libros, videos, artículos técnicos y el seguimiento del modelo español, además de observar diferencias concretas entre fincas argentinas y europeas. En paralelo, la empresa se metió en tareas que suelen tercerizarse: producen portainjertos, hacen injertos, podas y también asesoran a quienes se asoman al cultivo.

Los números que aportaron sirven para entender por qué la zona presta atención. En Casa de Piedra, estiman un máximo de US$18.000 por hectárea “incluida la tierra”, frente a los US$25.000 a US$30.000 que mencionan para otras provincias como San Juan. Plantaron alrededor de 8000 plantas y destacaron un dato de manejo que los sorprendió: “de esas 330 plantas por hectárea que pusimos, no registramos ninguna muerta”. Aunque las plantas ya dieron frutos, tomaron una decisión de paciencia productiva: quitaron esos frutos para priorizar la formación del árbol durante unos tres años más.


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La estrategia comercial que proyectan mira hacia afuera, con el consumo interno como parte menor. Santiago lo planteó así: “Todas las grandes fincas de la Argentina destinan una muy pequeña parte al consumo interno, la mayor parte se va para afuera”. En ese marco, sumó el precio de referencia: “Hoy se vende a granel a US$10 el kilo, es un valor que se ha sostenido en los últimos 15 años”. Y completó con otra cifra que funciona como faro de expectativas: “Estamos hablando, año a año, de unos US$30.000 por hectárea. Mercado hay de sobra”, mientras calculan la recuperación de la inversión alrededor del séptimo año y rindes cercanos a 3000 kilos por hectárea.

Fuente: LA NACION.

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