
Por Pablo Lo Presti
REDACCIÓN
Una economista ambiental que investigaba ballenas en la Patagonia encontró mucho más que un tema académico: un perro callejero la eligió y la acompañó durante más de una década.


Puerto Madryn guarda historias que no siempre figuran en archivos ni estadísticas, pero que permanecen vivas en la memoria de quienes pasaron por la ciudad. Una de ellas comenzó en 2013, cuando Stefanie Stefanski, economista ambiental formada en la Universidad de Yale, llegó a la Patagonia para investigar la industria del avistaje de ballenas junto al CONICET.
Según contó Stefanie a #LA17, su vínculo con la ciudad nació desde lo académico, pero rápidamente tomó un rumbo inesperado. Mientras realizaba encuestas y trabajos de campo en la zona céntrica y costera, Stefanie empezó a notar la presencia constante de un ovejero alemán callejero, grande, de ladrido particular, que comenzó a seguirla sin razón aparente.
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El perro apareció una y otra vez, en los trayectos cotidianos hacia el CONICET, en caminatas por la ciudad y en las inmediaciones del lugar donde se alojaba. No hubo comida ni gestos previos que explicaran ese comportamiento. Simplemente, el animal la acompañaba, con una fidelidad silenciosa que se volvió parte de su rutina.
El vínculo se selló definitivamente durante una salida de buceo. Mientras Stefanie ingresaba al mar, el perro se metió al agua ladrando hacia la embarcación. Horas más tarde, al regresar, le informaron que el animal había permanecido todo el tiempo esperándola en el local de buceo. A partir de ese momento, la relación dejó de ser circunstancial.
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Una pareja mapuche que observó la escena sugirió llamarlo Lonko, un nombre que en su cultura remite a la fuerza y al liderazgo. El nombre quedó, y con él, una historia que ya no se podía separar de la experiencia patagónica de Stefanie.
Durante su estadía en Puerto Madryn, Lonko la acompañó a cada paso. La seguía al trabajo, a las entrevistas con turistas, a los trayectos por la ciudad y hasta al mar. Vivían cerca de la zona del CONICET y de hostels conocidos del centro, donde el perro se convirtió en una presencia habitual.
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El tiempo en Argentina tenía fecha de cierre. Stefanie debía regresar a Estados Unidos para continuar sus estudios, pero apareció un dilema inevitable: no podía dejar a Lonko atrás. A pesar de las dificultades, inició un complejo proceso para trasladarlo fuera del país, con ayuda de contactos familiares en Buenos Aires y una extensa lista de trámites sanitarios.
El traslado implicó certificados veterinarios, controles de salud, vacunación completa y coordinaciones entre aeropuertos de Ezeiza y Nueva York, en medio de evaluaciones climáticas que podían impedir el viaje. Tras varias horas de gestiones, Lonko viajó con ella y llegó a Estados Unidos.
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A partir de ese momento, el perro que había sido callejero en Puerto Madryn comenzó una vida impensada. Vivió en Nueva York, Carolina del Norte y Washington, acompañando a Stefanie en su doctorado, caminatas, viajes y entrenamientos de montaña. Incluso recorrió parques nacionales, zonas de trekking y espacios emblemáticos de la capital estadounidense.
Lonko fue parte de su vida durante 12 o 13 años, siempre como compañero incondicional. La acompañó en entrenamientos para ascensos de alta montaña, caminatas extensas y travesías que reforzaron una relación basada en la presencia constante.
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El perro falleció en diciembre pasado, pero para Stefanie la conexión sigue intacta. Lonko representó mucho más que una mascota: fue el símbolo de su vínculo con la Patagonia y con una etapa formativa que marcó su vida personal y profesional.
Hoy, desde Washington, Stefanie mantiene un lazo permanente con Argentina. La historia de Lonko continúa viva como testimonio de esas conexiones inesperadas que nacen en una calle cualquiera y cruzan fronteras, idiomas y continentes.



Por Pablo Lo Presti








