“Quedó en manos de Dios”: evacuó a 300 turistas y vio cómo el fuego frenó en su alambrado

Chubut06/02/2026Sergio BustosSergio Bustos
camping alerces
Javier Sarsa.

La madrugada del 6 de enero quedó grabada a fuego para Javier Sarsa, concesionario del Camping Bahía Solís, a orillas del Lago Rivadavia. Desde un mirador sobre la ruta, miró cómo una columna de humo y llamas avanzaba directo hacia el predio que administra desde hace años. El incendio no daba tregua y el margen de error era mínimo.

Para ese momento, el camping ya estaba vacío. Minutos antes, Sarsa había coordinado una evacuación preventiva de unos 300 turistas, en medio de un escenario caótico, con rutas cortadas y comunicación a contrarreloj. El objetivo era uno solo: sacar a todos antes de que el fuego cerrara cualquier posibilidad de escape.

“Ese día se escuchaba como el fuego venía cada vez más cerca. Es un ruido estremecedor porque se escucha que va devorando todo”, relató en un testimonio exclusivo. La descripción no exagera: el sonido del incendio marcaba el ritmo de decisiones que se tomaban en minutos, sin margen para dudar.


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El operativo no fue sencillo. Muchos visitantes se encontraban circunstancialmente en Esquel, y debieron regresar por caminos alternativos para retirar pertenencias o reencontrarse con sus familias. Con la ruta del Parque Nacional Los Alerces cortada, algunos tuvieron que realizar una extensa vuelta por Cholila para salir de la zona.

En menos de una hora, un predio de casi 25 hectáreas quedó completamente vacío. Lo que hasta horas antes era pleno verano, carpas, fogones y familias de vacaciones, pasó a ser un silencio tenso, atravesado por humo y viento. El destino del camping y del bosque nativo que lo rodea ya no estaba en manos humanas.

Horas después, cuando el fuego parecía haber dado una tregua momentánea, Sarsa y un pequeño grupo regresaron para rescatar una casilla rodante que había quedado en el lugar. Fue entonces cuando se toparon con la escena más crítica. “Cuando llegamos al camping ya vimos que el fuego estaba a 10 metros del alambre y venía con una intensidad muy importante”, recordó.


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La luz empezaba a caer y la visibilidad era cada vez menor. La decisión fue inmediata y definitiva. “Ya era casi de noche; decidí que teníamos que replegar, irnos y bueno, quedar en manos de Dios”, contó, con una mezcla de resignación y emoción todavía presente en la voz.

La noche fue larga y sin certezas. No había brigadistas en ese sector del parque: los recursos estaban concentrados en proteger viviendas de pobladores cercanos. El camping quedó solo frente al incendio, con el fuego avanzando sin control por el bosque seco.

El amanecer trajo una sorpresa inesperada. Al regresar al predio, Sarsa y su equipo encontraron un límite que nadie había imaginado posible. “El fuego no había avanzado hacia el camping. Quedó prácticamente en el alambre. Fue por el lado de afuera; pero en ningún momento entró”, relató. Para él, no hubo dudas en la interpretación: fue una “gracia divina”.


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Desde ese momento, el rol del concesionario y sus colaboradores cambió por completo. Sin brigadistas en el lugar, asumieron la defensa del perímetro. Conectaron motobombas, regaron sectores clave y organizaron guardias permanentes para apagar focos secundarios que amenazaban con reavivar el frente.

“Desde el río Carrileufú hasta nuestro camping nos encargamos de que el fuego no siga avanzando”, explicó. Con el correr de los días, el nivel de tensión bajó levemente. “A partir de ese momento ya el segundo, tercer día, estábamos más tranquilos”, agregó, aunque el riesgo nunca desapareció del todo.

El bosque nativo que rodea el camping ofrece hoy una postal contrastante dentro del desastre general. “Es una de las pocas áreas que quedó bastante bien. Se quemó lo que ya estaba caído. En líneas generales, tenemos alrededor nuestro bosque bastante verde”, describió Sarsa, al hablar de los coihues que rodean el predio. Del otro lado del lago, la escena fue muy distinta: el incendio arrasó sin dejar refugios.


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Más allá del alivio por lo que no se perdió, el impacto económico es demoledor. El camping permanece cerrado por disposición de Parques Nacionales, y el golpe es directo. “La temporada alta del camping es enero y ya está. Eso ya lo perdimos y no lo vamos a recuperar”, afirmó sin rodeos.

Hoy el trabajo se concentra en evaluar, junto a las autoridades, una posible reapertura parcial en febrero o marzo, siempre supeditada a la seguridad. Pero el concesionario advierte que la experiencia del visitante ya no será la misma. “Nos tenemos que acostumbrar a que, lamentablemente, humo alrededor vamos a ver”, anticipó.

El incendio, además, sigue activo. “El fuego sigue prendido, y esto, hasta que no lleguen por lo menos tres días de lluvia importante, yo calculo que hasta marzo el incendio va a estar prendido”, concluyó Sarsa. La frase no busca dramatizar, sino describir una realidad con la que la región deberá convivir.

La historia del Camping Bahía Solís resume el drama que atraviesan decenas de emprendimientos turísticos de la Patagonia: evacuaciones contrarreloj, decisiones extremas, pérdidas irreversibles y un futuro inmediato que se construye entre la cautela, la resiliencia y la necesidad de volver a empezar.

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