Puso la casa de su madre en juego y terminó inventando el Jenga

Otros Temas08/02/2026REDACCIÓNREDACCIÓN
Leslie Scott inventora del Jenga
Leslie Scott inventora del Jenga

Leslie Scott convirtió unos bloques de un aserradero en Ghana en un fenómeno global. Hubo ferias sin ventas, deudas y una licencia que cambió todo.

La historia del Jenga no arranca en una juguetería ni en un laboratorio de diseño, sino en una decisión financiera que salió cara. Para convertir su pasatiempo en un producto, Leslie Scott buscó dinero en el banco, pidió ayuda a su novio y sumó una garantía que la dejó sin margen de error. “Fui al banco, los convencí de que (con mi proyecto) haría una fortuna, le pedí dinero a mi novio y, lo peor de todo, es que mi madre avaló un segundo préstamo que solicité al banco. Necesitaba una garantía y era la casa de mi madre”, relató.

Ese riesgo personal se apoyaba en una idea simple, casi doméstica: una torre de madera que se sostiene hasta que alguien la desbalancea. Con el tiempo, el juego terminó vendiendo cerca de 100 millones de unidades en el mundo y se volvió reconocible sin explicación previa. En su mecánica, el “ganador” final siempre queda del lado de la física: la torre cae, y se termina.


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Scott vinculó su afición por competir con escenas familiares que hoy suenan a postal. “Somos una familia muy competitiva en el sentido de que en cualquier reunión terminábamos jugando juegos”, dijo al recordar esas reuniones. “Si comíamos aceitunas, por ejemplo, jugábamos a quién escupía el carozo más lejos, o cosas de este tipo”, agregó, con un detalle que explica por qué un entretenimiento casero podía crecer sin freno.

La semilla concreta apareció cuando la familia vivía en África occidental y los juegos se armaban con lo que había a mano. “Mi hermano, que era mucho más chico, tenía un set de bloques de madera con el que jugaba. Eran sobrantes rectangulares de un aserradero en Ghana”, contó. “Mientras jugábamos, lo fuimos transformando en un juego de hacer una pila con los bloques, y sacábamos uno y lo poníamos arriba. Esa fue, digamos, la primera versión”, precisó.


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Años después, ya instalada en Reino Unido, Scott cargó ese juego en una caja de mudanza y lo siguió usando como parte de su vida social. La escena que funcionó como disparador ocurrió en Oxford, en un evento de recaudación, cuando su pareja trabajaba con tenistas profesionales. “No se suponía que esta sería el centro de atención, pero luego eso fue lo que más les quedó en la memoria: mi juego de bloques”, recordó.

Ese “momento eureka” no garantizó ventas inmediatas, y el primer choque llegó rápido. En 1983, Scott llevó el juego a la Feria del Juguete de Londres, convencida de que la salida comercial estaba a un paso. “Pensé que me estaba yendo muy bien, pero no recibí ninguna orden de compra”, contó. “Ninguna orden de toda la gente que me dejó sus tarjetas después de la feria”, remató, con una frase que pintó el vacío entre el entusiasmo y la caja.


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La falta de compradores no la frenó, pero la obligó a moverse de otra manera. Tomó nota de los comentarios que escuchó y empezó a diseñar más juegos para armar un portafolio, porque una empresa desconocida con un solo producto no inspiraba confianza. En esos años, además, los videojuegos ganaban terreno y el mercado no abría la puerta con facilidad: “Estaba perdiendo mucho dinero y cada vez estaba más endeudada”, dijo.

El giro llegó desde un lugar inesperado: una invitación para presentar el juego en un shopping de Canadá. Allí, una persona ligada a ventas en Irwin Toy, una de las firmas importantes del país, lo vio y lo llevó a la mesa de decisión. El interés apareció, pero con una condición que Scott rechazó: el nombre.


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La discusión por “Jenga” quedó grabada en su memoria como una pulseada de identidad más que de marketing. “Me dijeron que les gustaba mucho el juego, que les encantaba (...) pero odiaban el nombre. Fue un punto de inflexión. Simplemente les dije que no podía permitir que le cambiaran el nombre. Tenía que ser Jenga”, recordó. No era un capricho vacío: el término venía de su infancia y de un idioma que hablaba desde chica.

Scott explicó el origen con referencias familiares y una elección puntual. “Nací y me crié en al este de África y crecí hablando swahili”, dijo. “Kujenga quiere decir 'construir' en swahili. Así que me pareció que era un nombre perfecto para el juego”, agregó, al justificar por qué defendió una palabra que en inglés no decía nada, pero para ella tenía sentido.


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Con el nombre asegurado y la licencia en marcha, el juego empezó a circular, la deuda dejó de crecer y el escenario más temido no ocurrió. Scott contó que su madre no tuvo que vender la casa, la misma que funcionó como garantía cuando todavía no había órdenes de compra ni certezas. Con el tiempo, el Jenga entró al National Toy Hall of Fame en Estados Unidos, como reconocimiento a juguetes que sostienen su popularidad a lo largo de los años.

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