
Leer por obligación, el trabajo que a veces encuentra joyas inesperadas
Otros Temas14/02/2026
REDACCIÓNEntre reseñas, jurados y pilas de novelas, muchos lectores sostienen que la obligación no mata el placer: lo cambia de lugar y lo vuelve más exigente.

En tiempos donde todo compite por atención, leer por obligación suena a castigo para una parte del público lector. Sin embargo, en el mundo editorial esa práctica sostiene reseñas, jurados y selecciones que terminan marcando qué llega a las mesas de novedades. La discusión vuelve con fuerza a partir de una idea que incomoda y, a la vez, ordena: no toda lectura nace del deseo, pero igual puede producir hallazgos.
En Archipiélago, Mariana Enriquez pone la frase sin anestesia y sin pedir permiso: “No entiendo la mala fama que tiene leer por obligación”. Lo dice al repasar décadas de lecturas asociadas a un trabajo sostenido y a una rutina que obliga a seguir de cerca qué se escribe y cómo se mueve el circuito. En ese balance, Enriquez también nombra el pulso de los “vaivenes de la industria editorial” y coloca una lupa sobre los premios como espacio donde se prueba, con crudeza, lo que funciona y lo que no.


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La experiencia de leer para premios, según esa mirada, tiene algo de tarea ardua y repetitiva. Pero también ofrece un tipo de conocimiento que no aparece cuando uno elige solo por gusto, porque obliga a sostener la lectura incluso cuando el texto no acompaña. Por eso Enriquez resume el corazón del asunto con otra sentencia que apunta al oficio: “desnuda todo lo bueno y lo malo de la literatura”.
Quienes llevan años en esa dinámica describen una sensación conocida: la de entrar a un consultorio de manuscritos donde el tiempo siempre queda corto. En esa carrera aparecen novelas que se desarman rápido, otras que arrancan bien y se caen por falta de sostén, y algunas que generan expectativas para después arruinarlo todo con un final decepcionante. El lector queda con una mezcla rara entre cansancio y enojo, porque la obligación no permite abandonar tan fácil como en la lectura de descanso.
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Esa exigencia también expone un fenómeno silencioso: el contraste entre lo que promete un primer párrafo y lo que un libro termina entregando. Cuando la lectura se encadena, una tras otra, se vuelve más evidente la fragilidad de ciertos recursos repetidos y la falta de una estructura que aguante. Ahí la obligación funciona como filtro brutal, sin épica, con cansancio real y con un nivel de atención que no perdona.
Aun así, quienes leen por trabajo señalan recompensas concretas que no llegan por otros caminos. Una de ellas consiste en acceder a textos antes de que se publiquen y, a veces, a textos que nunca llegan a una librería. En ese caudal, cada tanto aparece una obra que empuja al lector a pedirle al autor, casi en voz baja, que no se caiga y que sostenga el pulso hasta el final.
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Cuando esa “perlita” aparece, el recorrido cambia de tono aunque el ritmo de lectura no afloje. El lector editorial siente una satisfacción particular: no solo por el disfrute, sino por la certeza de haber detectado algo valioso en un mar de manuscritos descartables. Sin embargo, ese tipo de hallazgo no garantiza destino, porque una obra puede quedar finalista, perder el premio y desaparecer del radar.
Ese punto aparece con claridad en una historia concreta: en 2019, una lectora recibió una novela titulada Las lectoras, ambientada en una Bogotá naciente de comienzos del siglo XVII. El relato seguía a Inés, española, y a Suánika, indígena, que pasan del rechazo inicial a una amistad marcada por la lectura compartida del Quijote. La novela llegó a finalista, no ganó y, con el tiempo, quedó fuera de circulación para quien la buscaba.
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Lo singular no fue solo el libro, sino la persistencia de quien no logró olvidarlo, aun con nuevas lecturas obligatorias encima. Sin el nombre real de la autora y con apenas un seudónimo como pista, la búsqueda se volvió una rutina intermitente, con googleos que no devolvían nada. Hasta que, hace apenas un mes, apareció un atajo moderno: la búsqueda se trasladó a la inteligencia artificial.
El resultado llegó rápido: la novela figuraba publicada y con otro título, Las lectoras del Quijote. La autora se identificó como Alejandra Jaramillo Morales y la edición se ubicó en 2022, bajo el sello Alfaguara. La compra se concretó online y el reencuentro cerró un ciclo de casi siete años, más ligado a la perseverancia que al azar.
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En el fondo, la historia discute la idea de que la obligación siempre arruina el vínculo con los libros. A veces lo vuelve más incómodo, más técnico y menos romántico, pero también lo hace más atento a la trastienda: a lo que circula, a lo que cae, a lo que se pierde. Y, cada tanto, habilita que una lectura “de trabajo” termine en un reencuentro que vale la pena.
Fuente: LA NACION.

















