Lourdes vuelve al Gran Rex, pero la herida que dejó Bandana sigue abierta

Otros Temas14/02/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

A semanas del show, Lourdes Fernández habló de su salud, su crisis pública y el vínculo con Lissa Vera, marcado por tensiones laborales y una charla que todavía no llega.

Lourdes
Lourdes Fernández

Falta menos de un mes para que Bandana vuelva al Gran Rex, y para Lourdes Fernández el regreso no se reduce a una fecha en agenda. Ella lo define como un retorno a un lugar propio, casi familiar, y lo expresa sin vueltas cuando dice que el teatro es “nuestra casa”, una elección deliberada incluso frente a propuestas más grandes que, según contó, también estuvieron sobre la mesa.

En ese clima de expectativa, la cantante reconoce que llega distinta al show, atravesada por un año que la obligó a frenarse y reconstruirse en público. No habla desde una épica de superación, sino desde una cotidianeidad irregular, donde el cuerpo y la cabeza marcan el pulso y donde el trabajo artístico convive con una recuperación que todavía no termina de cerrarse.


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Entre los cambios más concretos, Lourdes contó que atravesó una cirugía de alto impacto: “Me hice una histerectomía, que implica retirar el útero”. Relató que fue un proceso largo, de casi un año, en el que también apareció una intervención previa por quistes, y lo resume en una frase que funciona como diagnóstico personal: “El cuerpo habla”.

Esa recuperación, según describe, no sigue una línea recta ni permite poses de fortaleza permanente. “Tengo días y días”, explica, y admite momentos de enojo con ella misma, aunque intenta sostener rutinas y buscar sostén en lo que tiene a mano, desde terapia hasta actividades que le ordenen el día. En ese recorrido, mencionó a Romi Sosa como parte de su red cotidiana y lo sintetizó con crudeza: “Mi vida mutó en muchos aspectos, pero estoy rodeada de gente que me banca y me ayuda”.


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En paralelo, Lourdes pone en palabras un aprendizaje que, para ella, llegó tarde pero llegó con fuerza: “el amor propio”. Reconoce que vivió casi siempre en pareja y que recién ahora identifica cuánto dejó en segundo plano su propia prioridad, no por maldad ajena sino por una forma de ser, “dadora”, que con el tiempo le pasó factura. En ese punto, su mirada se desplaza del conflicto mediático al plano íntimo, donde el desafío aparece como un volver a empezar.

La vuelta a los escenarios también la encuentra expuesta por dentro, con una pelea interna que no intenta maquillar. “Me estoy peleando conmigo misma”, dice, y la frase más punzante no apunta a nadie afuera, sino a lo que lleva consigo: “Tengo todos mis demonios a flor de piel”. Incluso abre una ventana sobre su historia familiar, con una lectura que, según plantea, también fue cambiando con el tiempo.


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Cuando se mete en el vínculo con Lissa Vera, Lourdes insiste en que el núcleo de las diferencias no nació de su situación personal, sino de un terreno menos visible y más frecuente en cualquier proyecto artístico: las condiciones de trabajo. Según su relato, desde febrero se acumularon tensiones por negociaciones, propuestas y posibilidades con productores y sellos, y lo resumió así: “No se dio porque ella pretendía otras pautas”. En el mismo tramo, busca despejar rumores y deja una frase categórica que apunta a cuidar el nombre del grupo: “no hay reemplazo para Bandana. No lo hay”.

La etapa mediática, admite, la golpeó en un punto sensible porque nunca quiso convertir su vida privada en espectáculo. Contó que por primera vez recibió tratamiento psiquiátrico y que hubo situaciones que no supo manejar, incluyendo el impacto del alcohol en un contexto de medicación. Y lo dijo con una exposición directa, sin atajos: “Me expuse completamente. Nunca había tenido tratamiento psiquiátrico y hubo cosas que no supe manejar”.


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En esa confesión aparece un detalle que, según su experiencia, explica parte del descontrol de aquellos días: un cambio de medicación sin advertencias claras sobre efectos posibles. Lourdes relató que le provocó episodios de sonambulismo y que, sin dimensionarlo, terminó subiendo contenidos habituales que luego circularon masivamente. “Hoy me río, pero en el momento no fue fácil”, plantea, y cierra esa idea con otra definición que usa como escudo ante el juicio ajeno: “Soy la antítesis de la perfecta. La perfección del imperfecto”.

En medio de esa tormenta, Lourdes ubica a Bandana como un sostén emocional y también como un marco de pertenencia. Dice que el acompañamiento de sus compañeras, incluso con idas y vueltas, fue determinante para no quedar sola en la exposición y para sostener un sentido de continuidad. Aun así, en el vínculo puntual con Lissa marca una distancia actual con una frase seca que corta el aire: “Lissa no me llama”.


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La charla pendiente, para ella, sigue siendo el punto más difícil de procesar porque mezcla lo laboral, lo afectivo y lo público. Lourdes sostiene que le pidió a su compañera que no hiciera mediática la situación y cuestiona que haya recorrido programas sin priorizar el contacto directo. Lo dice con una pregunta que, en su boca, suena menos a reproche y más a necesidad: “¿Qué carajo te pasó?”, y agrega otro reclamo simple que, según plantea, habría cambiado todo: “Li, llamame”.

En el trasfondo asoma una situación judicial que Lourdes nombra con cautela, sin entrar en detalles, pero dejando claro que existe un proceso en curso. “Hay familia en el medio, nenas muy chiquitas, una cautelar... No puedo hablar mucho del tema”, remarca, y anticipa que “ahora todo eso se va a resolver en la Justicia”. Más adelante, vuelve sobre la complejidad de salir de vínculos violentos y deja una frase que funciona como consejo, sin ponerse en un pedestal: “busquen ayuda. No se puede sola. Yo no pude sola”.


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Con ese panorama, el show aparece como un contraste fuerte: la posibilidad de cantar en medio de la presión, con periodistas en la puerta y el escenario como refugio. Lourdes lo recuerda como “Placer absoluto” y lo define como “un renacer”, no por magia sino por la energía concreta del reencuentro, esa dinámica que, según cuenta, se activa con una mirada y un código compartido.

La organización actual del grupo también cambió. Lourdes contó que, tras recibir los derechos de Bandana por parte de Gustavo Yankelevich, el equipo funciona como productor de su propio proyecto, con roles repartidos y una responsabilidad nueva. Ella se ubica en la parte comercial y describe ese lugar como más complejo pero estimulante, mientras el foco inmediato se concentra en los recitales del 6 y 7 de marzo en el Gran Rex y en un camino que, según adelantó, incluye propuestas audiovisuales en discusión.

Fuente: LA NACION.

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