
Advierten que la inteligencia artificial ya escribe mejor y eso cambia quién manda en lo “legal”
Actualidad14/02/2026
REDACCIÓNEn Davos, el historiador israelí sostuvo que la IA no es una herramienta común sino un “agente” capaz de decidir, crear y manipular. Y planteó una pregunta incómoda.

La discusión sobre inteligencia artificial suele quedarse en promesas de productividad, pero Yuval Noah Harari corrió el eje hacia otra zona: el poder. En un discurso en el Foro de Davos, describió a la IA como un actor que no solo asiste, sino que empieza a ocupar el centro de lo que las sociedades ordenan con lenguaje. Su advertencia apunta a un territorio sensible: todo lo que se construye con palabras.
Para Harari, el punto de partida es entender que la IA no se comporta como un martillo o una calculadora. Lo formuló con una metáfora deliberadamente cruda para marcar distancia con la idea de “herramienta neutral”. “Lo fundamental de la IA es que no es solo otra herramienta: es un agente”, dijo, y desde ahí trazó una línea sobre lo que cambia cuando una tecnología aprende, se adapta y toma decisiones.


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Esa condición de agente, según su planteo, abre dos capacidades que alteran la escena pública: creatividad y manipulación. Harari afirmó que la IA puede inventar nuevos “tipos” de cosas, desde música hasta dinero, y que ese impulso creativo no se limita a imitar. A la vez, advirtió sobre una dimensión oscura del funcionamiento: “la IA es que puede mentir y manipular”, un riesgo que, en su mirada, no es teórico sino operacional.
La pregunta filosófica aparece enseguida, porque el debate sobre “pensar” define qué lugar ocupa la humanidad en el nuevo reparto. Harari recordó la frase de Descartes, “Pienso, luego existo”, para mostrar cuánto se ata la identidad humana a la idea de pensamiento. Y sugirió que, si pensar se reduce a encadenar palabras y argumentos, la IA ya compite con ventaja.
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En ese punto, el discurso se vuelve más inquietante: si la vida social se organiza con textos, la IA se vuelve dueña del tablero. Harari lo dijo sin vueltas: si las leyes son palabras, el sistema legal queda en manos de la IA; si los libros son palabras, también. La advertencia se extiende a la religión, sobre todo a las religiones “del libro”, porque ahí la autoridad se deposita en textos que una IA puede leer, retener y recombinar en escala total.
El planteo no niega la experiencia humana, pero marca una frontera: la diferencia entre decir y sentir. Harari sostuvo que, por ahora, no hay evidencia de que una IA sienta dolor, miedo o amor, aunque pueda describirlos de manera impecable. En esa tensión, citó dos tradiciones opuestas para iluminar el dilema: “En el principio era el Verbo, y el Verbo se hizo carne” y “La verdad que se puede expresar con palabras no es la verdad absoluta”.
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La consecuencia política de esa disputa por el lenguaje, según Harari, es una crisis de identidad que deja de ser íntima y se vuelve colectiva. Si la sociedad se define por “pensar con palabras”, la llegada de máquinas que producen palabras en masa desarma la jerarquía tradicional. Lo sintetizó con una frase que apunta directo a la autoestima cultural moderna: “Si seguimos definiéndonos por nuestra capacidad de pensar con palabras, nuestra identidad se derrumbará”.
Desde ahí, Harari propuso una imagen que busca incomodar: una “crisis migratoria” de nuevo tipo, con millones de IA circulando sin visa y viajando a la velocidad de la luz. La metáfora intenta mostrar que el problema no es solo técnico, sino geopolítico y cultural, porque esas IA no necesariamente responden a un país, sino a corporaciones o Estados con agendas propias. En su lectura, esa tensión se vuelve todavía más difícil si las sociedades abren fronteras digitales sin discutir reglas.
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El tramo más concreto del discurso llega cuando plantea una decisión legal que, tarde o temprano, golpeará puertas nacionales. Harari preguntó si los países reconocerán a los “IA inmigrantes” como personas jurídicas, algo distinto de “persona” en sentido humano, pero decisivo para operar: cuenta bancaria, propiedad, demanda judicial, libertad de expresión. Para argumentarlo, recordó que ya existe esa ficción legal con corporaciones y hasta con ríos o dioses en algunos países, pero remarcó que con la IA ocurre algo nuevo: puede decidir por sí misma.
Su advertencia final fue menos futurista de lo que parece, porque ubicó el problema en una ventana de tiempo corta. Harari sostuvo que en redes sociales ya operan bots como “personas funcionales” desde hace años, y que la discusión se viene postergando. La idea de cierre no es un eslogan tecnológico, sino una presión política: si los Estados no fijan límites pronto, alguien más lo hará y después solo quedará adaptarse.
Fuente: LA NACION.
















