
Compraron millones de libros y los cortaron: el plan secreto que terminó en tribunales
Actualidad04/02/2026
REDACCIÓN
Un documento interno reveló el “Proyecto Panamá”, pensado para escanear libros “destructivamente” y alimentar modelos de IA. La discusión no solo pasa por usar textos, sino por cómo los consiguieron.


La escena no ocurre en una biblioteca sino en una cadena de trabajo industrial: lotes de libros, una máquina de corte y escáneres de alta velocidad. Ese recorrido, que hasta ahora se mantuvo fuera de foco, apareció en documentos judiciales y puso nombre a una estrategia que una empresa de inteligencia artificial buscó mantener en reserva. Anthropic quedó asociada a un operativo de compra y destrucción de ejemplares que reabre la discusión sobre datos, derechos de autor y el precio real de entrenar modelos.
Los papeles difundidos describen el “Proyecto Panamá” y lo presentan como una iniciativa deliberadamente oculta. En un documento interno de planificación, la frase aparece sin rodeos: “El Proyecto Panamá es nuestra iniciativa para escanear destructivamente todos los libros que hay en el mundo”. En la misma línea, el texto remarca la intención de no exponerlo: “No queremos que se sepa que estamos trabajando en esto”.
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Según surge de la presentación judicial, durante un año la empresa invirtió decenas de millones de dólares para comprar millones de libros y “rebanarles el lomo” antes de escanear páginas. El objetivo era alimentar con ese material los modelos que sostienen productos como su chatbot Claude. Lo sensible del caso no se agota en la escala: también aparece la metodología, con una logística propia de una planta de digitalización.
El trasfondo judicial explica por qué la información salió a la luz. Una demanda por derechos de autor iniciada por autores de libros contra Anthropic acumuló más de 4000 fojas, y aunque la compañía acordó un pago millonario para cerrar el conflicto, un juez ordenó revelar documentos que describen la búsqueda frenética de material. En el expediente se menciona un arreglo por 1500 millones de dólares, sin admisión de responsabilidad, y se abre la puerta a reclamos individuales estimados en torno a 3.000 dólares por título.
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En el universo de la inteligencia artificial, los libros aparecen como un insumo codiciado por una razón concreta: calidad de escritura y densidad de conocimiento. Un documento fechado en enero de 2023 atribuido a un cofundador de Anthropic sostiene que entrenar con libros podía enseñar a los modelos a “escribir bien”. A la vez, la fuente cita un email interno de Meta que describe el acceso a un acervo digital de libros como “esencial” para competir.
Pero el punto más áspero no queda en la discusión filosófica sobre aprendizaje automático, sino en la forma de adquisición. La misma fuente señala que a las empresas no les resultó práctico pedir permiso directo a editoriales y autores, y que buscaron opciones para comprar al por mayor sin alertar a los creadores, además de descargas de copias piratas. Dentro de esa trama, aparece un dato puntual: durante 11 días de junio de 2021, el cofundador Ben Mann descargó un acervo de libros desde una “biblioteca paralela” y desde LibGen, señalados como espacios que infringen derechos de autor.
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Un año después, el recorrido digital siguió con celebraciones internas por nuevas fuentes de pirateo. La documentación citada en la nota relata que Mann compartió con empleados un sitio que decía “haber violado deliberadamente la ley de derechos de autor de la mayoría de los países”. Y acompañó el enlace con un mensaje textual que quedó registrado: “¡Justo a tiempo!”.
En su defensa judicial, Anthropic afirmó que no entrenó un modelo que generara ingresos usando datos de LibGen y que no utilizó Pirate Library Mirror para entrenar un modelo completo. Sin embargo, el caso avanzó con una mirada que distingue el uso transformador del material del modo en que ese material se consigue. En la fuente, el juez William Alsup avala el entrenamiento sin permiso en fallos preliminares bajo “uso legítimo” y describe el proceso como “transformadora”, con una comparación que también quedó asentada: “que les enseñan a sus alumnos a escribir bien”.
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Esa línea, aun con matices, no cierra el debate porque el propio expediente indica que el problema legal puede aparecer antes del escaneo físico. En palabras atribuidas a Anthropic, la directora adjunta del departamento legal, Aparna Sridhar, sostiene que el fallo de junio de 2025 permanece vigente y que el entrenamiento de IA es “la quintaesencia de la transformación”. Y delimita el punto que derivó en el acuerdo económico: “El problema por el que llegamos a un acuerdo fue por cómo se adquirieron algunos materiales, y no por si podíamos usarlos para desarrollar modelos de IA”.
Cuando la empresa decidió pasar del archivo pirateado al papel comprado, el operativo también tomó forma propia. La fuente indica que Anthropic contrató a Tom Turvey, exejecutivo de Google vinculado al proyecto Google Books, y evaluó conseguir libros usados en librerías emblemáticas y bibliotecas públicas. Finalmente, según la demanda, compró millones de ejemplares en lotes enormes y aparece vinculada a empresas de usados como Better World Books y World of Books, aunque ninguna respondió a pedidos de comentarios en el texto citado.
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El detalle más gráfico del sistema surge en una propuesta de un proveedor de escaneo: Anthropic buscaba digitalizar entre 500.000 y 2.000.000 de libros en seis meses y la empresa elegida ofrecía una “máquina hidráulica de corte de precisión” para rebanar los volúmenes. Después venía el escaneo en equipos de alta calidad y, al final, la recolección de restos con una empresa de reciclaje. El circuito deja una pregunta incómoda para el mundo editorial: qué pasa cuando la digitalización se apoya en la destrucción masiva.
En paralelo, la historia se inserta en una ola más amplia de demandas contra compañías tecnológicas por el uso de obras protegidas. La fuente menciona litigios contra Meta, Google, Microsoft y OpenAI, y subraya que muchas causas siguen en trámite, con definiciones judiciales todavía abiertas. En ese mapa, el “Proyecto Panamá” aparece como un caso que combina dos discusiones en simultáneo: la legalidad del entrenamiento y la trazabilidad de los datos que alimentan a los modelos.
Fuente: LA NACION.

















