A cuatro años de la guerra en Ucrania, se reportan casi 1,2 millones de bajas rusas entre muertos y heridos

Actualidad22/02/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

A cuatro años de la invasión, los números golpean más que los discursos: casi 1,2 millones de bajas, avances cortos y una economía que se acomoda a la guerra.

Vladimir Putin y tropas rusas. Foto MIKHAEL KLIMENTYEV/SPUTNIK/KREMLAgencia EFE/La Razón
Vladimir Putin y tropas rusas. Foto MIKHAEL KLIMENTYEV/SPUTNIK/KREMLAgencia EFE/La Razón

Con el conflicto entrando en su quinto año, el dato que perfora cualquier relato es casi 1,2 millones de bajas rusas entre muertos y heridos, una cifra que desborda los partes oficiales y empuja a mirar la guerra por su costo humano antes que por sus consignas. La investigación citada del CSIS sostiene ese volumen, mientras en el terreno el avance en Donetsk se mide en unos 60 kilómetros. En esa tensión, el Kremlin sigue sin transparentar números, pero la sangría aparece mes a mes como una constante.

La comparación que surge del mismo informe apunta a una dimensión histórica: esas pérdidas superan las de “cualquier gran potencia” desde la Segunda Guerra Mundial, según la evaluación mencionada. Dentro de ese total, se estima que hasta 325.000 rusos murieron en cuatro años. El texto lo contrasta con las bajas combinadas de Estados Unidos desde 1945, para enfatizar la escala de lo que ocurre en Ucrania.


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Del lado ucraniano, el costo también se describe como estremecedor: se estima entre 500.000 y 600.000 personas entre muertos y heridos, aunque la nota pone el foco en el impacto interno que ese desgaste provoca en Rusia. En Kiev, la lógica declarada busca quebrar el ritmo de reposición del enemigo. En esa línea aparece la advertencia del ministro Mykhailo Fedorov: “Si llegamos a 50.000, veremos qué pasa con el enemigo. Ellos ven a las personas como un recurso y la escasez ya es evidente”.

En el frente, la guerra se volvió un problema de concentración y supervivencia más que de maniobra masiva. En la “zona de muerte” de 10 a 30 kilómetros alrededor de la línea de contacto, la presencia de drones impide agrupar tropas y equipos sin quedar expuestos. Incluso cuando hay ruptura, el texto señala que las fuerzas rusas tienen dificultades para explotar el éxito y transformar un avance táctico en control sostenido.


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Esa limitación se combina con un problema de personal y entrenamiento. El general Nicolas Richoux describe un cuadro de desgaste y comunicaciones restringidas: “En los primeros tres años, Rusia estaba fortaleciendo su ejército. Al final del año pasado, perdía más hombres de los que podía reclutar. Están mal entrenados, la moral es baja y las tasas de deserción son más altas que nunca”. En el mismo pasaje agrega que “su propio gobierno ha bloqueado Telegram”, mientras que “Starlink ha cortado a las fuerzas rusas de los terminales de contrabando” que usaban en el frente.

La guerra también reordenó la economía hacia un único motor: el esfuerzo bélico. El texto marca que el crecimiento se concentra en sectores atados a la producción militar, mientras el gasto público cae en todo salvo defensa y servicio de deuda. En el consumo cotidiano, el impacto aparece en un dato concreto: la canasta básica de alimentos subió más del 18% en los últimos dos años, y eso empuja malestar social con una crudeza doméstica.


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La escasez de mano de obra se vuelve otro síntoma de esa distorsión. Un medio ruso citado resume la magnitud del faltante: “La economía no tiene suficientes operadores de máquinas ni trabajadores de ensamblaje. Necesitamos encontrar 800.000 trabajadores manuales en algún lugar”. En paralelo, la inflación en alimentos se filtra en quejas que el texto presenta como raras críticas públicas, como la de una usuaria identificada como Svetlana: “Los precios de los pepinos y los tomates son escandalosos. Antes, decían que los huevos eran ‘de oro’. Ahora son los pepinos”.

En el plano geopolítico, la guerra tampoco cerró los objetivos declarados por Moscú. Detener la expansión de la OTAN aparece como una de las razones esgrimidas por Vladimir Putin, pero el texto subraya un resultado inverso: Finlandia y Suecia se sumaron a la Alianza, y la adhesión finlandesa más que duplicó la frontera terrestre entre Rusia y países OTAN. A la vez, las sanciones y el aislamiento empujaron a Moscú a depender más del comercio con China, lo que le da a Pekín un margen de influencia creciente.


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Mientras continúan conversaciones en Ginebra, la salida negociada aparece condicionada por la correlación de apoyos y por los límites de presión externa. Patrick Martin-Genier plantea que el ataque a infraestructura puede golpear moral y economía, pero no garantiza capitulación: “Putin puede atacar ciudades ucranianas y redes eléctricas para destruir la moral y la economía. Pero los ataques aéreos por sí solos probablemente no llevarán a la capitulación”. En ese marco, también describe el papel de Estados Unidos con una precisión que recorta margen: “Cierto, Estados Unidos todavía vende armas vitales a Europa, que las pasa a Ucrania… y Estados Unidos ha reducido su financiación de la guerra en un 99%”.

La pregunta final que atraviesa el texto no es solo por qué sigue la guerra, sino qué ocurre si se detiene. Fréderic Encel describe un riesgo interno ligado a la estructura misma de la economía de guerra: “Rusia ha desviado tantos recursos a la defensa, que ahora representa el 8% del PBI, y el resto de la economía está enfermo”. Y agrega una escena política potencialmente explosiva al recordar que los veteranos descontentos pueden desestabilizar regímenes, abriendo un terreno de preguntas incómodas, como las que enumera: “Preguntas sobre la campaña mal manejada, el desperdicio de vidas y tesoros, y la humillante dependencia financiera y militar de China”.

Fuente: LA NACION.

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