
Murales intactos y símbolos de muerte revelan secretos zapotecos enterrados hace siglos
Actualidad24/02/2026
Sergio BustosBajo la tierra del Cerro de la Cantera, en el corazón del valle de Oaxaca, un espacio sellado durante siglos volvió a respirar historia. No se trata solo de una tumba antigua, sino de un escenario donde la muerte, el poder y el ritual se combinan en una puesta en escena que sorprende incluso a los especialistas.

El hallazgo corresponde a una tumba zapoteca fechada alrededor del año 600 de nuestra era, un período clave del Clásico Tardío. Su excepcional estado de conservación permite observar detalles que rara vez sobreviven al paso del tiempo, desde muros estucados hasta escenas pintadas que narran ceremonias funerarias.
La ubicación no es casual. El Cerro de la Cantera domina visualmente el valle, una posición que refuerza su carácter simbólico. Para los zapotecos, la altura no solo implicaba control territorial, sino una conexión directa entre el mundo humano y el ámbito sobrenatural, una idea recurrente en los espacios vinculados a las élites.


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La arquitectura del conjunto habla de jerarquía. La inversión de recursos y murallas sólidas sugiere que el recinto estuvo destinado a personajes de alto rango, posiblemente linajes gobernantes. La tumba no aparece como un lugar oculto, sino como un punto integrado a un paisaje sagrado más amplio.
Uno de los elementos más impactantes se encuentra en el acceso. Allí, una escultura de un gran búho preside la entrada, ave asociada en Mesoamérica con la muerte, la noche y la transformación. Su pico cubre el rostro estucado de un personaje masculino, interpretado como un ancestro, en una imagen que sugiere protección espiritual en el tránsito al más allá.
El ingreso está enmarcado por un friso con nombres calendáricos, una forma de identificación basada en la fecha de nacimiento que subraya la importancia del tiempo ritual. A ambos lados, figuras humanas —un hombre y una mujer— portan objetos ceremoniales y parecen custodiar el umbral que separa la vida de la muerte.
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Dentro de la cámara funeraria, los muros conservan fragmentos de pintura mural en tonos ocre, blanco, verde, rojo y azul. Las escenas muestran una procesión de personajes que avanzan con bolsas de copal, resina empleada en ofrendas. La imagen parece recrear un ritual completo, congelado en el tiempo.
Estos murales constituyen un registro visual poco habitual. Permiten observar gestos, vestimentas y dinámicas ceremoniales que casi nunca quedan plasmadas con tanta precisión. La tumba se convierte así en una ventana directa a la manera en que los zapotecos representaban el vínculo entre los vivos, los muertos y los antepasados.
El equipo del Centro INAH Oaxaca trabaja ahora para estabilizar el conjunto. Las superficies pictóricas presentan daños por raíces, insectos y humedad, por lo que se aplican técnicas de conservación preventiva mientras se evalúa la resistencia estructural del monumento.
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En paralelo, avanzan estudios cerámicos, epigráficos, iconográficos y de antropología física. El objetivo es reconstruir no solo quiénes fueron enterrados allí, sino cómo se utilizó el espacio y qué rol cumplió dentro de la sociedad zapoteca.
Más allá de su monumentalidad, la tumba del Cerro de la Cantera deja al descubierto una concepción integral del poder. Arquitectura, arte y ritual aparecen entrelazados como herramientas de legitimación política y memoria ancestral. Lo que permaneció enterrado durante más de catorce siglos hoy obliga a repensar cómo los zapotecos entendían la vida, la muerte y la permanencia.















