Murió Darío Lopérfido a los 61 años tras una larga lucha contra la ELA

Actualidad27/02/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

Murió Darío Lopérfido a los 61 en Madrid por ELA. Su legado mezcla festivales, Teatro Colón, columnas filosas y una mirada liberal que discutió con todos.

Darío Lopérfido. Foto A24
Darío Lopérfido. Foto A24

La noticia se conoció este 27 de febrero de 2026 en Madrid, ciudad donde Darío Lopérfido vivió sus últimos años y donde murió a los 61 por ELA. Para buena parte del ambiente cultural, su figura quedó atada a una forma de gestión que buscó innovación y a una manera de discutir que nunca se llevó bien con el consenso cómodo. Para sus críticos, esa misma intensidad se volvió un problema, sobre todo cuando sus palabras tocaron temas sensibles.

En los meses previos, la enfermedad le recortó lo físico pero no le desarmó el impulso polemista que lo caracterizó. En una columna en la revista Seúl, titulada “Tener ELA es una mierda”, dejó una radiografía sin filtros del deterioro cotidiano. “El Darío de antes de la enfermedad ya murió”, escribió, y describió con crudeza: “Caminás pésimo, la voz se te vuelve de borracho y comés con el riesgo de que se te caiga la baba”.


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Esa escritura final no apareció como despedida solemne, sino como continuidad de un estilo que prefería el argumento antes que el golpe bajo. En otra definición sobre el debate público argentino, Lopérfido dejó una sentencia que volvió a circular con fuerza tras su muerte. “La consigna siempre llega primero. Leer es opcional. Entender, directamente, sospechoso”, afirmó, como quien discute el mecanismo antes que el título del día.

Su biografía cultural tiene un dato que sorprende por contraste con su peso posterior: no terminó el secundario. Se formó en “temas creativos” desde un recorrido laboral que comenzó como cadete en una agencia de publicidad, siguió por revistas culturales y pasó por la radio FM Rock & Pop. En 1992, con 28 años, asumió la dirección del Centro Cultural Ricardo Rojas (UBA), una estación que lo conectó con “el vigor” de la escena porteña de fines de los ochenta y comienzos de los noventa.


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En la Ciudad de Buenos Aires dejó marcas institucionales que todavía sobreviven a sus gestiones. De su etapa como secretario de Cultura porteño surgieron el Festival Internacional de Buenos Aires (1997) y el BAFICI (1999), que el texto describe como el festival de cine independiente más importante de América Latina y una referencia internacional. Ese tramo aporta una clave para leer su perfil: a Lopérfido se le discutían ideas, pero también se le reconocía capacidad de armado y de construcción de agenda.

El punto más alto de visibilidad pública llegó con el Teatro Colón. En febrero de 2015 asumió como director general y artístico y, según se detalla, incrementó la presencia de figuras internacionales y de argentinos con carrera en el exterior, inició transmisiones por streaming y abrió ensayos al público. En diciembre de 2015, Horacio Rodríguez Larreta lo nombró además ministro de Cultura de la Ciudad, y esa doble función lo ubicó en el centro de un escenario político y cultural que no perdona errores.


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Ese ciclo se quebró por la polémica sobre la cifra de 30.000 desaparecidos de la última dictadura, que lo dejó afuera del ministerio en julio de 2016 y, más tarde, fuera de la dirección artística del Colón en febrero de 2017. Lopérfido sostuvo su postura y, años después, explicó su decisión sin medias tintas. “Me podría haber retractado y seguir tranquilo o mantenerme en mi posición. Eso hice y me siento orgulloso de mi actitud”, dijo, reforzando un rasgo que incluso sus adversarios le admitían: coherencia, aun con costos.

En el mismo registro de rivalidades con argumento, el texto rescata el elogio del escritor Jorge Asís, que lo definió como “Uno de los oponentes más inteligentes que tuve en mi vida”. En una anécdota, Asís recordó una ironía sobre la inexistencia de los libros de Lopérfido en librerías y la respuesta que recibió. “Pasa que Asís y yo no somos contemporáneos”, contestó Lopérfido, según el relato, en una escena que pinta su modo de discutir sin perder el filo.


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Desde Europa amplió su gravitación en un plano más internacional, con un vínculo estrecho con Mario Vargas Llosa y la conducción de la Cátedra Vargas Llosa, cuyo eje explícito fue la libertad de expresión. Lopérfido lo dijo con tono personal, ya lejos del ring local, y dejó una frase que condensa esa relación. “Conocer, conversar y trabajar con Mario fue una de las cosas más importantes de mi vida”, expresó, y recordó el momento en París cuando Vargas Llosa ingresó en la Academia de las Letras Francesas.

Ya con la ELA avanzada, grabó en Madrid su ciclo El hombre rebelde, con entrevistas a exiliados, disidentes y creadores, y también sostuvo una conversación final con Martín Caparrós, que atraviesa la misma enfermedad. En Seúl, Lopérfido volvió sobre el modo en que la ELA rompe los relatos heroicos y eligió una definición que se repite como latido áspero. “La ELA, contó en Seúl, es ‘una enfermedad sin épica’”, y remató con una imagen que incomoda por su honestidad: “Lo más heroico que te puede pasar es caerte”.


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En sus últimos textos, además, dejó expuesta una discusión que en España tiene marco legal y en Argentina suele quedar en zona de tabú: la muerte asistida. Lopérfido la sintetizó con una frase que funciona como declaración ideológica y, al mismo tiempo, como necesidad íntima frente al deterioro. “Uno no puede decidir nacer, pero puede decidir morir. Vivir no debe ser obligatorio”, escribió, y también la definió como “la más liberal de las muertes”.

Su muerte cierra una trayectoria que se movió entre la innovación cultural y la controversia política, con una voz que prefería la fricción antes que la diplomacia. Queda, además, una huella concreta en instituciones y festivales que continúan activos, y un archivo de columnas que sostienen esa misma tensión. En la escena cultural argentina, su figura vuelve como discusión abierta: no por una consigna, sino por el modo en que mezcló gestión, ideas y disputa pública.

Fuente: Infobae.

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