
Marruecos riega el desierto con agua del mar y cambia el mapa de su producción
Actualidad18/03/2026
Sergio BustosEn Marruecos, la relación entre el campo y el clima dejó de ser tan directa como antes. La escasez de lluvias ya no marca el ritmo productivo con la misma intensidad, y eso empieza a notarse en regiones donde sembrar era una apuesta incierta. La decisión de convertir el agua del mar en recurso agrícola abrió un escenario distinto, con efectos que van más allá de lo técnico.

El cambio no surgió de un solo proyecto, sino de una combinación de obras, inversiones y tecnología que se despliegan a lo largo del territorio. La instalación de plantas desalinizadoras permitió garantizar un flujo constante de agua, incluso en zonas con condiciones extremas. Eso modificó la lógica productiva y también la planificación de quienes trabajan la tierra.
El agro representa cerca del 15% de la economía nacional y genera empleo para el 40% de la población activa, un dato que explica por qué el acceso al agua se volvió una cuestión central. En áreas rurales, la estabilidad del suministro dejó de ser un problema exclusivamente climático y pasó a depender de infraestructura y gestión.


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El impacto de la falta de lluvias se sintió con fuerza en los últimos años, sobre todo en los cultivos de cereales. La producción llegó a caer alrededor de un 60%, lo que obligó a aumentar las importaciones para cubrir el consumo interno. Ese escenario aceleró decisiones que hoy sostienen una transformación más profunda.
En este contexto, el uso del agua adquiere un peso determinante. La agricultura consume cerca del 80% de los recursos hídricos disponibles, lo que empuja a buscar alternativas para sostener la actividad. A pesar de que solo entre el 20% y el 25% de la superficie cultivada tiene riego, esas áreas generan cerca del 65% del valor total del sector.
La expansión del riego se convirtió entonces en un objetivo concreto. Marruecos proyecta intervenir más de 550.000 hectáreas con sistemas modernos, incorporando tecnologías como goteo y aspersión. La meta es mejorar la eficiencia en el uso del agua y ampliar la superficie productiva en condiciones más estables.
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La desalinización aparece como una pieza central dentro de ese esquema. Mediante el proceso de ósmosis inversa, el país transforma agua salada en apta para consumo humano y agrícola. Actualmente funcionan 17 plantas desalinizadoras, mientras otras están en construcción o en etapa de planificación con horizonte en 2030.
El plan estatal no se limita a estas instalaciones. También incluye reutilización de aguas residuales tratadas, obras de trasvase entre cuencas y una inversión cercana a 4.000 millones de dólares en infraestructura hídrica. El objetivo es equilibrar la disponibilidad de agua y sostener la producción en distintas regiones.
Otro componente clave es la energía. Las plantas desalinizadoras incorporan fuentes renovables como solar y eólica para reducir costos y el impacto ambiental. Esa combinación busca hacer viable un sistema que, por su complejidad, requiere recursos constantes y planificación a largo plazo.
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Sin embargo, el nuevo escenario también abre interrogantes. En paralelo al crecimiento del riego, se expandieron cultivos intensivos en agua, como el aguacate. Cada unidad puede requerir alrededor de 320 litros, lo que introduce tensiones sobre el uso eficiente del recurso y la sustentabilidad del modelo.
Aun con esas tensiones, Marruecos avanza en una estrategia que intenta desacoplar la producción agrícola de la incertidumbre climática. La apuesta combina tecnología, inversión y planificación para transformar zonas áridas en espacios productivos. En ese proceso, el agua del mar dejó de ser un límite y pasó a ser parte de la solución.














