
La isla que muchos daban por maldita y fue aprovechada por inmigrantes hacia Europa
Turismo26/03/2026
REDACCIÓNJinack, en Gambia, pasó de ser un territorio evitado por autoridades y rodeado de mitos a un punto de salida para migrantes que buscan Canarias.

En Jinack hubo noches en las que los recién llegados superaron por mucho a quienes viven ahí desde siempre, y esa desproporción cambió el pulso de una isla que hasta hace poco quedaba asociada al aislamiento, la pesca y las historias sobre espíritus. Los propios referentes comunitarios contaron que, en el punto más alto del movimiento, los migrantes los superaban en una relación de 10 a 1, una cifra que explica mejor que cualquier descripción por qué ese rincón de Gambia dejó de ser un margen perdido para convertirse en un nodo visible de la ruta atlántica hacia Europa. Lo que entró en la isla no fue solo gente: entró una economía precaria de espera, alquileres, intermediarios y salidas nocturnas.
La particularidad de Jinack no depende solamente de su ubicación, aunque ahí empieza buena parte de la historia. La isla está donde el río Gambia desemboca en el océano Atlántico, tiene cuatro aldeas dispersas y ofrece una geografía útil para quien quiera desaparecer en la noche entre manglares y agua abierta. A esa ventaja física se le suma una marca simbólica que pesa desde hace años: los pobladores sostienen que el lugar está protegido por una maldición ancestral y que las autoridades externas no pisan la isla con libertad.


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Ese sistema de creencias no quedó encerrado en el folclore local, porque terminó moldeando incluso la relación con el Estado. Un habitante de la isla resumió ese clima con una frase breve y elocuente: “Los oficiales no vienen uniformados aquí”. El mismo artículo señala que la desconfianza hacia la presencia oficial es tan fuerte que algunos funcionarios locales dudan en ir a Jinack, y esa distancia entre el aparato estatal y la isla abrió un margen operativo que después resultó valioso para traficantes y migrantes.
El corrimiento de las salidas hacia Gambia tampoco ocurrió por azar ni por una moda improvisada. Reuters informó que en 2025 crecieron las partidas desde puntos más lejanos y más riesgosos hacia las Islas Canarias después del endurecimiento de controles en Mauritania, y que las embarcaciones salidas desde Gambia más que se duplicaron, al pasar de 9 en 2024 a 22 en 2025. Ese cambio empujó hacia el sur una ruta ya conocida por su letalidad y volvió más atractivos lugares periféricos como Jinack, donde el control resulta más difícil y la salida puede ocultarse mejor.
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La isla, entonces, empezó a ofrecer una combinación concreta de factores que no suele reunirse con facilidad: poca presencia visible del Estado, una costa útil para escapar de noche y una comunidad que, al menos en una primera etapa, encontró una ganancia en esa espera. Según la reconstrucción publicada, algunos vecinos desalojaron habitaciones y las alquilaron por unos 10 dólares por noche a migrantes que pasaban semanas aguardando un bote pesquero sobrecargado. Ahí es donde la vieja isla maldita cambió de función: dejó de ser solo un territorio evitado y pasó a alojar una economía mínima sostenida por la urgencia de otros.
La tolerancia local, sin embargo, no quedó intacta cuando la ruta empezó a dejar muertos y atención pública encima de Jinack. A fines de 2025 y comienzos de 2026, los naufragios cerca de la isla hicieron visible el costo humano de ese corredor marítimo: AP reportó que en Nochevieja de 2025 una embarcación con más de 200 migrantes naufragó frente a la costa de Jinack, con sobrevivientes rescatados, cuerpos recuperados y decenas de personas desaparecidas. Esa secuencia cambió el ánimo de muchos residentes, que empezaron a mirar la salida de embarcaciones no como un ingreso eventual, sino como una fuente de estigma y tragedia pegada a la isla.
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El giro comunitario se vio con claridad en enero, cuando los aldeanos decidieron incautar dos botes preparados para viajar a Europa y entregaron a los migrantes a la policía, según la versión recogida en la nota. Poco después, las autoridades antidrogas realizaron redadas en la isla y quemaron decenas de plantaciones ilegales de cannabis, una actividad que, de acuerdo con el mismo artículo, se había desarrollado allí abiertamente durante décadas pese a su ilegalidad en Gambia. Esos movimientos muestran que el punto de ruptura no surgió de una decisión estatal sostenida, sino del momento en que la propia comunidad entendió que la isla empezaba a pagar un costo demasiado alto.
Aun así, la respuesta oficial aparece marcada por sus propios límites. Un vocero del Departamento de Inmigración dijo que el enfoque en Jinack apunta más a la “participación comunitaria” que a las interceptaciones, una definición que describe bien el margen estrecho con el que opera el Estado en un territorio tan singular. Esa cautela, sumada a la geografía de la isla y a la persistencia de la ruta atlántica, ayuda a entender por qué los controles llegaron tarde y por qué la isla pudo crecer como punto de salida sin convertirse en una base de vigilancia constante.
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El caso de Jinack tampoco puede leerse aislado del contexto más amplio de la migración regional. La OIM advirtió en sus reportes sobre Gambia que la ruta atlántica desde África occidental hacia Canarias sigue activa y que el monitoreo de áreas de salida se volvió prioritario por el peso que adquirieron puntos gambianos en ese flujo. La misma tendencia fue señalada por Reuters, que describió un trayecto cada vez más largo, costoso y peligroso para quienes salen más al sur después del cerrojo mauritano.
















