La memoria se planta entre médanos y nativas en la universidad de Madryn

Chubut28/03/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

La UNPSJB impulsa una jornada para cuidar la Plazoleta de la Memoria y defender un bosque casi único de la ciudad, atravesado por identidad y territorio.

Universidad Nacional de la Patagonia en Madryn
Universidad Nacional de la Patagonia en Madryn

La Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco en Puerto Madryn eligió volver sobre un lugar que para buena parte de su comunidad no es un rincón más del predio, sino una zona donde se cruzan memoria, identidad y cuidado ambiental. La actividad que impulsa la sede local propone intervenir la Plazoleta de la Memoria, restaurar cartelería, ordenar el espacio y poner en valor la vegetación nativa que resiste en ese sector. La iniciativa quedó presentada como una acción concreta frente a dos problemas que aparecen ligados en el relato universitario: el olvido y el desmonte.

La investigadora del CONICET y docente de la Facultad de Ciencias Naturales, Lucía Castillo, explicó en el aire de #LA17 que la propuesta empezó a tomar forma días antes, cuando se reunieron para definir entre varias personas cómo querían llevarla adelante. Lo que se puso en discusión no fue solo una tarea práctica, sino también el sentido del gesto. Por eso la convocatoria no quedó reducida a una jornada de mantenimiento, sino a una forma de “abrazar esa plazoleta de la memoria” en una fecha especialmente sensible.


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El lugar elegido tiene un peso propio dentro del predio universitario. Castillo remarcó que trabaja desde hace años en ese sector y describió a la Uni como un espacio asentado sobre un médano natural, con una combinación poco frecuente entre especies nativas y árboles exóticos implantados hace décadas, hasta formar un bosque singular dentro de la ciudad. Esa característica convierte al patio universitario en algo más que un paisaje agradable: lo vuelve también un territorio donde se discute qué vegetación se protege y qué vínculo se construye con lo propio. 

En ese punto aparece una de las definiciones más fuertes de la entrevista. Desde el área agroecológica de la facultad, Castillo planteó que existe una preocupación sostenida por el desmonte y por la costumbre de reemplazar lo nativo por especies ajenas al lugar, como si lo de acá valiera menos. Esa mirada se resume en una frase que ordena buena parte del trabajo que vienen realizando: “arrancar lo que es nuestro es un gesto tremendo”, dijo, al hablar no solo de consecuencias ecológicas, sino también de una pérdida cultural y territorial.


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La acción sobre la plazoleta, entonces, se apoya en una idea que desborda la efeméride. Lo que buscan no es forestar de cero ni sumar una intervención ornamental, sino cuidar lo que ya existe, proteger esos arbustos nativos que viven allí y que para el grupo funcionan como parte del corazón del predio universitario. En esa lógica, la memoria no se limita a una consigna escrita sobre un cartel: también se encarna en plantas que siguen vivas, pese al abandono, la basura, las hojas acumuladas y la desvalorización de la flora local.

La propuesta se enlaza además con una red de actores que excede a la facultad. Castillo contó que se sumaron organizaciones vinculadas a derechos humanos e identidad, centros de estudiantes de distintas facultades y la conducción zonal universitaria, en una articulación que busca convocar a docentes, no docentes, estudiantes y comunidad. Esa composición le da a la actividad un volumen distinto, porque ya no se trata solo de una acción ambiental ni únicamente de una referencia al Día de la Memoria, sino de una práctica colectiva donde distintos sectores deciden trabajar sobre un mismo símbolo.


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Detrás de esta acción puntual también aparece una experiencia más amplia que la universidad viene construyendo desde hace años. El área agroecológica funciona con un grupo heterogéneo que reúne estudiantes, egresados, docentes y personas de la comunidad madrinense interesadas en huertas, compost, bioconstrucción y cultivo de especies nativas. Desde ahí, según relató la investigadora, se recibieron escuelas, se impulsaron proyectos de investigación, se participó en congresos y también se colaboró con procesos territoriales fuera de la ciudad, como una experiencia reciente en Chacay Oeste.

Ese trabajo territorial aparece como una de las marcas más visibles del espacio. Castillo contó que en la meseta acompañaron a vecinos y vecinas que querían enverdecer una zona de su aldea, llevando árboles, semillas y herramientas para compartir saberes en torno a cultivos y plantas. La escena no fue presentada como una bajada técnica de la universidad sobre otras comunidades, sino como un intercambio donde cada parte aporta lo que sabe y donde el conocimiento académico se mezcla con la experiencia concreta de quienes viven y trabajan la tierra.


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También por eso el interés por las nativas ya no parece un tema de nicho o de especialistas. En la entrevista surgió con claridad que en Puerto Madryn hay una demanda creciente por huertas, jardines con especies locales y programas que fortalezcan cultivos en barrios y escuelas. Castillo dijo que esa necesidad se nota tanto entre docentes como entre integrantes de la comunidad, y la resumió con una idea que funciona casi como diagnóstico de época: “la gente quiere que las plantas estén en la ciudad”.

La jornada en la plazoleta se inscribe, entonces, en una discusión bastante más grande que la de una actividad aislada dentro del calendario universitario. Lo que pone en primer plano es una manera de leer el territorio: cuidar la vegetación nativa, sostener espacios comunes, trabajar la memoria desde acciones concretas y abrir la universidad a la comunidad. En ese cruce entre médano, bosque, carteles, estudiantes y arbustos que siguen resistiendo, la sede de Puerto Madryn intenta afirmar que también se puede defender una historia colectiva metiendo las manos en la tierra. 

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