
Las paredes de los edificios podrían volverse usinas solares en plena ciudad
Otros Temas28/03/2026
REDACCIÓNUn estudio científico plantea que las fachadas hoy desaprovechadas pueden producir electricidad, bajar el uso de aire acondicionado y recortar emisiones.

Las ciudades tienen frente a los ojos una superficie inmensa que casi no usan para producir energía. Son las paredes exteriores de los edificios, que hasta ahora quedaron muy por detrás de los techos cuando se piensa en energía solar. Un estudio de científicos chinos puso ese espacio en el centro de la escena y calculó que, si se cubriera con paneles, podría aportar electricidad a gran escala y aliviar parte de la carga energética urbana.
La investigación se enfocó en un concepto conocido como fotovoltaica integrada en fachadas (FIPV), que propone incorporar paneles solares en las caras externas de los edificios. La idea no se limita a sumar módulos en nuevas construcciones, sino a mirar de otra manera una estructura ya existente en ciudades de todo el mundo. El punto de partida del trabajo fue simple y potente al mismo tiempo: los techos ya se usan, pero las superficies verticales siguen subexplotadas.


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El estudio fue liderado por investigadores del Instituto de Ciencias Geográficas e Investigación de Recursos Naturales (IGSNRR) de la Academia China de Ciencias y se publicó en la revista Nature Climate Change. Para medir el alcance de esa alternativa, el equipo construyó un modelo con datos sobre geometría, características y condiciones climáticas de edificios distribuidos a escala global. A partir de esa base, estimó cuánta electricidad podría salir de esas fachadas si la instalación avanzara en un escenario considerado plausible.
El resultado que más peso tuvo fue el energético. En ese escenario, la FIPV podría generar alrededor de 732,5 teravatios-hora por año en todo el mundo, un volumen suficiente para abastecer a millones de hogares. Ese número coloca a las fachadas en una dimensión mucho más ambiciosa que la de una solución marginal o complementaria, porque las convierte en una fuente urbana con capacidad real de incidir sobre la oferta eléctrica.
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Pero la proyección del estudio no se agotó en la generación. Los investigadores también analizaron de qué manera esos paneles modifican la temperatura dentro de los edificios, ya que actúan como sombra y reducen la absorción de calor. Esa función agregó una segunda capa de impacto, porque las fachadas solares no sólo producirían energía, sino que también ayudarían a consumir menos.
Allí apareció otro dato fuerte del trabajo: la demanda de electricidad de los edificios podría bajar en un promedio de 8,1 %. El principal motivo sería la menor necesidad de usar aire acondicionado, un aspecto especialmente sensible en ciudades cada vez más expuestas al calor extremo. De ese modo, la misma intervención sobre la envolvente del edificio operaría sobre dos frentes a la vez: sumar electricidad por un lado y recortar consumo por el otro.
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Esa combinación es la que explica por qué el estudio habla de beneficios económicos y climáticos de peso. Si las fachadas aportan energía y, además, enfrían mejor los edificios, el efecto no queda encerrado en la factura eléctrica de cada inmueble. También impacta sobre el sistema urbano en su conjunto, porque reduce presión sobre la red y baja emisiones en un momento donde la demanda energética crece con fuerza en grandes centros poblados.
La proyección climática del trabajo empuja todavía más lejos esa hipótesis. Los autores estimaron que, si la FIPV alcanzara su potencial máximo hacia mediados de siglo, las emisiones acumuladas de carbono podrían reducirse en 37,7 gigatoneladas. Ese cálculo vincula una decisión de diseño urbano con una escala global de mitigación, y convierte a las fachadas en una pieza que hasta ahora había quedado bastante relegada dentro del mapa de soluciones energéticas.
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El estudio, de todos modos, no presentó ese horizonte como una consecuencia automática. Los investigadores señalaron que alcanzar esos beneficios exigiría políticas específicas, planificación cuidadosa y estrategias adaptadas a las condiciones locales. Esa aclaración pone un límite operativo claro: la oportunidad existe, pero no se activa sola ni se replica igual en cualquier ciudad o edificio.
En esa línea, Yao Ling, profesor del IGSNRR, resumió el sentido del trabajo con una definición que conecta clima, energía y vida urbana. “A medida que el cambio climático trae consigo un calor más extremo y una creciente demanda de energía en las ciudades, el estudio destaca una oportunidad que se ha pasado por alto para lograr que los edificios sean más eficientes energéticamente y resilientes al clima al mismo tiempo”, afirmó. La novedad, entonces, no pasa sólo por sumar paneles donde antes no estaban, sino por revisar cuánto potencial esconden las paredes de las ciudades cuando se las piensa como infraestructura energética.
Fuente: NA.
















