
El cerebro no se jubila a los 25 y una neurocientífica explica por qué
Otros Temas28/03/2026
REDACCIÓNAna Ibáñez sostiene que la mente conserva capacidad de cambio toda la vida y propone hábitos simples para bajar estrés, enfocar mejor y aprender.

El cerebro puede seguir creando conexiones nuevas mucho después de la juventud y esa idea, que hoy parece cada vez más aceptada, todavía choca con un prejuicio bastante instalado. Durante años circuló la noción de que la mente alcanzaba su techo temprano y que, después de cierta edad, lo que quedaba era una lenta pérdida de recursos. La neurocientífica española Ana Ibáñez discute de frente esa mirada y sostiene que el problema no pasa por un límite biológico rígido, sino por cuánto y cómo se entrena la mente a lo largo de la vida.
Su planteo se apoya en la neuroplasticidad, es decir, en la capacidad del cerebro para reorganizarse y generar nuevas conexiones. Ibáñez lo resume sin rodeos cuando afirma: “La neuroplasticidad, que es la capacidad del cerebro para crear nuevas conexiones y reorganizarse, se mantiene a lo largo de toda la vida”. Esa definición corre el eje de una discusión muy extendida, porque ya no se trata de preguntar a qué edad se deja de aprender, sino de pensar qué condiciones ayudan a sostener ese aprendizaje.


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La especialista reconoce que existe una diferencia entre etapas vitales y que la velocidad no siempre es la misma. Explica que hasta los 25 años aproximadamente esa plasticidad resulta mayor que en otros momentos, aunque eso no implica una clausura posterior. Por eso insiste con una idea que cambia bastante el panorama para la vida cotidiana: “aunque la velocidad de aprendizaje puede disminuir un poco con la edad, el cerebro sigue siendo moldeable y capaz de adaptarse a nuevos retos si lo entrenamos de manera adecuada”.
Ese punto no queda reservado a deportistas de elite, profesionales de alto rendimiento o perfiles creativos sometidos a exigencias extremas. Ibáñez discute también ese mito y propone pensar el entrenamiento cerebral como una práctica útil para la vida común, donde se juegan decisiones, vínculos, estrés y capacidad de concentración. En esa línea, sostiene: “Todas las personas podemos beneficiarnos del entrenamiento cerebral”, porque el cerebro regula desde la manera en que una persona responde a la presión hasta la forma en que se relaciona con los demás.
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Buena parte de esa mirada se conecta con el terreno emocional, uno de los más golpeados por la vida contemporánea. La especialista sostiene que hoy ya se sabe que se puede intervenir sobre la manera en que cada uno gestiona sus emociones y percibe su autoestima. “Hoy sabemos que podemos influir directamente en cómo gestionamos nuestras emociones y en cómo percibimos nuestra autoestima”, señala, antes de explicar que el entrenamiento de ciertas áreas del hemisferio derecho y de la zona frontal y prefrontal mejora la comodidad emocional, reduce la activación de la amígdala y favorece un mejor funcionamiento del córtex prefrontal.
Ahí aparece una de las aplicaciones más concretas de su enfoque frente a malestares frecuentes como estrés, ansiedad o saturación. Para Ibáñez, no se trata de eliminar por completo esas respuestas, porque forman parte de la vida, sino de modificar la forma en que el cerebro las procesa. Lo explica con una frase muy clara: “No se trata de eliminar el estrés, sino de entrenar al cerebro para que lo gestione de manera más adaptativa, evitando caer en ciclos negativos que nos afectan emocional y físicamente”.
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Cuando baja esa idea al terreno práctico, la neurocientífica no propone fórmulas extravagantes ni rutinas imposibles. Recomienda empezar por observar con honestidad el vínculo entre esfuerzo y descanso, revisar el sueño, la alimentación, el ejercicio físico, la calidad de los vínculos y el propósito vital. También sugiere incorporar acciones sencillas que fortalezcan el funcionamiento cerebral, como la actividad física regular, una buena higiene del sueño y momentos de disfrute que permitan a la mente relajarse sin una meta productiva inmediata.
Otro frente que trabaja con fuerza es el del tiempo y la dispersión, dos tensiones muy presentes en la vida actual. Ibáñez plantea que una parte del problema se juega en las funciones ejecutivas, ligadas a la planificación y la toma de decisiones, y que mejorar la gestión del tiempo exige entrenar la atención. Allí su propuesta se vuelve especialmente concreta: reducir distracciones, enfocarse en una tarea por vez y aprender a priorizar para que el cerebro gane eficiencia sin quedar atrapado en una lógica de saturación permanente.
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Las pantallas entran de lleno en ese mismo conflicto, porque ofrecen herramientas útiles y, al mismo tiempo, debilitan el foco con un flujo constante de estímulos. La especialista no propone erradicarlas, pero sí usarlas con mayor conciencia, fijando momentos libres de dispositivos y reemplazando parte de ese tiempo por actividades que reclamen atención sostenida, como leer o hacer tareas manuales. Su idea no es demonizar la tecnología, sino evitar que la sobrecarga termine erosionando una capacidad básica para estudiar, trabajar, ordenar el tiempo o descansar con calidad.
El planteo de Ibáñez también alcanza a la infancia, donde el entrenamiento mental aparece ligado al juego, la creatividad, la memoria, la educación emocional y el movimiento. Según explica, los niños necesitan tanto actividades que desafíen la resolución de problemas como tiempo para el juego libre y el ejercicio físico, porque ambas dimensiones estimulan el desarrollo neurológico. El punto de fondo, tanto para chicos como para adultos, queda bastante lejos del viejo mito del cerebro rígido: si la mente conserva capacidad de cambio durante toda la vida, entonces el debate ya no pasa por si todavía se puede aprender, sino por qué hábitos se eligen para sostener esa posibilidad.
Fuente: LA NACION.
















