
Boris Rodríguez Barrera impulsa en Puerto Madryn una propuesta para acercar a los alumnos al empleo pesquero y otra para enseñar inteligencia artificial.

Un docente de la Escuela de Pesca de Puerto Madryn decidió no esperar a que los estudiantes lleguen al final del secundario con dudas sobre su futuro inmediato. Por eso empujó dos iniciativas distintas, pero conectadas entre sí: una formación para acercarlos al mundo real de la industria pesquera y un curso introductorio de inteligencia artificial pensado para la comunidad. Detrás de esos proyectos está Boris Rodríguez Barrera, un cubano que llegó a la Patagonia sin saber nada de langostinos y hoy busca convertir ese aprendizaje en una herramienta concreta para otros.
Su recorrido no empezó en aulas técnicas ni en plantas procesadoras, sino en un ámbito completamente diferente. Nació en La Habana, estudió Medicina, se especializó en infectología y luego se volcó a la industria farmacéutica, donde llegó a desempeñarse como director de calidad. En la entrevista resumió ese origen con una definición precisa: “Mi carrera de base es medicina”, una frase que ayuda a dimensionar el salto que después dio en Argentina.


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Cuando vino al país para hacer un curso vinculado a normas internacionales de calidad, el plan inicial no parecía incluir una transformación tan profunda. Primero pasó por Buenos Aires, luego se instaló en Comodoro Rivadavia y allí comenzó a adaptarse a un escenario laboral y geográfico que no tenía nada que ver con el Caribe. Él mismo describió ese impacto sin vueltas: “El cambio fue brutal, fue brusco”, dijo al recordar el clima, el viento y la experiencia de empezar desde cero en el sur.
La pesca apareció en su camino sin experiencia previa y con un desconocimiento total del sector. Entró a una pesquera en Comodoro para trabajar en control de calidad y desde ahí empezó a familiarizarse con procesos, normativas, tiempos de congelación y dinámicas de planta. En el relato dejó una escena que condensa ese comienzo: “Yo no sabía ni cuántas patas tenía un langostino”, recordó, antes de contar que la primera vez que vio un ejemplar con melanosis incluso le pareció “hermoso”, sin advertir que eso evidenciaba todo lo que aún tenía que aprender.
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Ese aprendizaje posterior es el que hoy intenta transformar en un puente para los alumnos de la escuela. Su proyecto dentro de la institución ya fue aprobado y busca sumar herramientas específicas para que los estudiantes de los últimos años salgan con una preparación más cercana a lo que encontrarán en una planta pesquera. La idea no se limita a reforzar contenidos, sino a intervenir sobre una inquietud que él detecta en quienes están por egresar: muchos quieren trabajar, pero todavía no saben bien con qué recursos reales cuentan para hacerlo.
Rodríguez Barrera explicó que esa propuesta tiene un objetivo doble. Por un lado, fortalecer la formación de los alumnos con contenidos aplicados a procesos industriales, controles y funcionamiento concreto del sector; por el otro, acercar a las empresas a la escuela para que empiecen a verla como una cantera de perfiles técnicos disponibles. En esa línea fue directo: “Mi objetivo es de que vean la escuela como una cartera de profesionales que se les puedan sumar al trabajo”, planteó al hablar de un esquema donde cada pesquera pueda mirar a los egresados como posibles incorporaciones.
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Dentro de ese mismo horizonte también aparece otra herramienta que hasta hace poco él mismo miraba con desconfianza. El curso introductorio sobre IA, que impulsará junto a otros dos profesores, surgió después de revisar su propia resistencia al uso de estas plataformas y de observar cómo los chicos ya convivían con ellas en el aula. Lo reconoció sin disimulo: “Mi experiencia con la IA fue traumática. Yo no la acepté”, dijo, al explicar que el cambio de postura llegó cuando entendió que no alcanzaba con prohibirla o criticarla, sino que había que aprender a usarla mejor.
Ese curso gratuito tendrá tres encuentros iniciales, previstos para el 11, 12 y 13 de abril, y estará orientado a personas que incluso no tengan ninguna experiencia previa. La propuesta apunta a explicar qué es la inteligencia artificial, cómo funciona, qué diferencias hay entre plataformas y de qué manera puede aprovecharse sin caer en un uso indiscriminado. Para él, la discusión no pasa por demonizar la tecnología, sino por incorporarla con criterio dentro de un marco pedagógico y laboral.
En esa mirada también entra una discusión cotidiana dentro de la escuela: la relación entre docentes, celulares y atención en clase. Rodríguez Barrera dijo que muchas veces coincide con poner límites al uso del teléfono cuando distrae o rompe la dinámica del aula, pero al mismo tiempo defendió la posibilidad de integrarlo con fines pedagógicos. Por eso reestructuró sus clases y empezó a explorar aplicaciones concretas de la IA, no como atajo para que los estudiantes hagan menos, sino como recurso que exige acompañamiento, criterio y reglas claras.
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La apuesta, en el fondo, une sus dos proyectos bajo una misma lógica. De un lado, intenta que los alumnos de la Escuela de Pesca no lleguen al egreso sin contacto con las exigencias reales del trabajo; del otro, propone que la comunidad se acerque a una herramienta que ya empezó a modificar rutinas, producciones y aprendizajes. En ambos casos, su punto de partida no es el entusiasmo vacío por lo nuevo, sino una convicción más concreta: formar mejor ahora para que el salto al mundo que sigue afuera de la escuela no encuentre a nadie tan desorientado como él estuvo la primera vez que le pusieron un langostino delante.

















