La mujer que cruzó la sierra a caballo para vacunar donde no llegaba nadie durante 30 años

Enfoques05/04/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

Empezó a los 16 años en la Sierra Tarahumara y convirtió ese primer trabajo en una misión de tres décadas entre comunidades aisladas, brotes y distancias extremas.

Julia Paredes foto BBC
Julia Paredes foto BBC

A las 4 de la mañana, con un termo para sostener la cadena de frío, un arriero, un médico y un caballo, Julia Paredes salía a internarse en la Sierra Tarahumara para llevar vacunas a comunidades donde la atención sanitaria casi no llegaba. El trayecto podía durar 12 horas, el calor trepaba a 40 grados y el destino final no era una posta equipada ni una ciudad intermedia, sino parajes donde el brote de sarampión, la pobreza y el aislamiento golpeaban al mismo tiempo. Así empezó, cuando apenas tenía 16 años, la historia de una enfermera que terminó dedicando más de 30 años a acercar salud a poblaciones remotas del norte de México.

Su ingreso a ese mundo no respondió a un plan académico ni a una carrera ya trazada. En Batopilas, un pueblo pequeño enclavado en el estado de Chihuahua, las alternativas para muchas mujeres al terminar la escuela eran escasas, y sus padres no tenían dinero para enviararla a estudiar la preparatoria. En ese contexto, le pidieron que ayudara a un médico pasante y ese primer paso, casi improvisado, se transformó en el centro de su vida profesional.


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Paredes recordó que aquel médico la recibió con alivio porque el trabajo sobraba y el territorio exigía presencia constante. “Me dijo que él me enseñaría, porque íbamos a salir a las comunidades a vacunar casa por casa: una semana a vacunar niños, otra a vacunar perros. Y yo también iba a estar en la consulta”, contó. Esa rutina la puso enseguida frente a una geografía dura, con cañones profundos, climas extremos, caminos escasos y poblaciones rarámuris cuya movilidad hacía todavía más difícil sostener registros y coberturas sanitarias estables.

La magnitud del problema aparecía también en los números y en la falta de información disponible. Según relató, a comienzos de ese proceso la cobertura de vacunación en la región apenas rondaba el 5%, en un escenario donde muchas personas no figuraban en registros civiles y el Estado ni siquiera contaba con una dimensión precisa de la población a la que debía asistir. Para una adolescente que recién se asomaba al trabajo sanitario, esa combinación entre abandono, distancia y enfermedad no era una teoría de escritorio, sino una escena cotidiana.


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Uno de esos viajes la marcó para siempre. En una salida hacia Loreto, donde llevaron unas 20 dosis para sarampión, viruela y paperas, se encontró con una comunidad golpeada por un brote feroz. “Era mi primer contacto con la muerte. Yo solo tenía 16 años y era algo desolador”, recordó, al describir madres llorando, abuelas vestidas de negro, falta de comida y entierros hechos apenas con una cobija, incluso una fosa donde sepultaron a 11 tarahumaras.

Ese impacto no la empujó a abandonar, aunque la dejó atravesada por una mezcla de dolor, bronca y dureza. “Me hizo resiliente y me hizo creer que las vacunas salvaban vidas”, dijo, porque con el paso del tiempo volvió a esa misma comunidad y observó que la incidencia de la enfermedad había bajado. La experiencia la convenció de algo que después sostuvo durante décadas: en territorios donde el Estado llega tarde o llega poco, una vacuna puede cambiar el destino de una familia entera.

Pero vacunar no alcanzaba si antes no existía un vínculo con la comunidad. Entre los rarámuris, donde la medicina tradicional, la autocuración y la desconfianza hacia los foráneos forman parte de la vida cotidiana, la aceptación no se construía con apuro ni con órdenes externas. Paredes entendió que el trabajo sanitario no podía entrar a la sierra como una imposición, y por eso resumió su manera de acercarse con una definición que también explica buena parte de su permanencia: “Lo primero que tenemos que hacer es amarlos, respetarlos. Respetar sus creencias, respetar su idiosincrasia, respetar su cosmovisión. Y ya después viene la vocación”.


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La enfermera no solo vacunó. También trató mordeduras, picaduras, heridas graves y partos en zonas donde muchas veces debía decidir con recursos mínimos y a gran distancia de cualquier estructura hospitalaria. Recordó, por ejemplo, el caso de Juan, un hombre mordido por un zorrillo cerca del cerebro, al que asistió con la sensación de estar frente a una situación límite. “Solo Dios y Louis Pasteur pueden salvarlo. Yo no puedo hacer más”, pensó entonces, aunque al día siguiente el paciente ya había mejorado y el episodio terminó convertido en otra de esas escenas que reforzaron su convicción de seguir.

Con el tiempo, Paredes dejó de ser solo una enfermera de terreno para transformarse en una referencia dentro de la apertura de rutas sanitarias en Chihuahua. A fines de los años 90 pasó a presentar a otros equipos de salud en comunidades que ya la conocían, y luego continuó su tarea en vigilancia epidemiológica desde la capital estatal. Sin embargo, ni siquiera después de décadas de trabajo dejó de observar un problema que volvió a encenderse con fuerza durante la pandemia: el recelo hacia las vacunas y la difusión de información falsa entre padres jóvenes.


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Ese retroceso le dio a su historia un cierre con una advertencia actual. Paredes dijo que muchos adultos ahora llevan “su verdad” en un celular, repiten datos sin fundamento científico y vuelven a dudar de herramientas que ya demostraron su eficacia, incluso frente a nuevos brotes de sarampión en Chihuahua y otros estados mexicanos. Ya en proceso de jubilación, mira hacia atrás con el desgaste lógico de una vida exigente, pero también con una certeza que resume el sentido de todo su recorrido: “Lo más bonito fue ver que se salvaron muchas vidas”

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