Puerto Madryn, fue el primer refugio que los combatientes encontraron al volver de Malvinas

Enfoques03/04/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

El veterano unió el recibimiento que encontró al bajar del Canberra con la tarea que hoy sostiene en escuelas, museos y un libro pensado para las nuevas generaciones.

Gustavo Tellini en LU17
Gustavo Tellini en LU17

Puerto Madryn reapareció en el relato de Gustavo Tellini como mucho más que un punto del mapa o una escala del regreso. En la entrevista concedida a #LA17 en “El Quinto Poder”, el veterano volvió sobre ese momento en que los soldados bajaron del Canberra sin saber bien qué les esperaba y se encontraron con una ciudad que los recibió con afecto. En su reconstrucción, ese gesto no quedó como una imagen congelada del pasado, sino como el primer sostén emocional después de la guerra y como una escena que todavía ordena buena parte de su memoria.

Tellini remarcó que la relación entre Malvinas y Puerto Madryn tiene un espesor singular porque fue esta ciudad la que quedó unida a uno de los instantes más delicados de la posguerra. “Malvinas acá en Puerto Madryn tiene una connotación increíble, ya que fue la ciudad que recibió a los veteranos de guerra cuando llegamos en el Canberra”, señaló. Y enseguida le puso dimensión humana a ese momento al recordar que la ciudad, con apenas unos 8.000 habitantes en aquel tiempo, “nos dio su afecto” en un contexto donde los soldados no tenían ninguna certeza sobre cómo iban a ser recibidos al volver al continente.


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Esa incertidumbre fue uno de los puntos más fuertes de su testimonio, porque explicó que durante la navegación lo que predominaba era el desconcierto. “No sabíamos qué reacción iba a tener” la gente, resumió, después de contar que incluso les había llegado la versión de que Galtieri no quería que los veteranos pisaran suelo argentino. En ese clima, el arribo a Madryn se convirtió en un quiebre afectivo inesperado: “Lo que el gesto que tuvo la gente de Madryn es algo, como te dije, queda grabado a fuego”, afirmó, y agregó que esas escenas “no las podés omitir dentro de un relato” porque fueron “el primer cobijo que se tuvo”.

El veterano reconstruyó además el contraste entre la devastación con la que venían y la reacción que encontraron en la costa chubutense. Habló de “una tropa desmoralizada, una tropa hambreada”, que arrastraba miedo, cansancio y una carga anímica muy pesada después del conflicto. Por eso tomó tanta fuerza la imagen de la ciudadanía rompiendo las vallas para acercarse: “la ciudadanía salió y había valla y la tiraron a la mierda, perdón el término”, dijo Tellini, en una frase que, más allá de la crudeza, condensó el valor emocional de aquel recibimiento.

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Gustavo Tellini en LU17 

Aunque él no fue de los soldados que terminaron alojados por vecinos en sus casas, porque apenas bajó lo subieron a un camión y siguió rumbo a Trelew, también dejó en claro que esa diferencia logística no alteró el sentido profundo de lo vivido. Recordó que la distribución de los excombatientes dependía del sector del barco desde el que descendían, pero que el impacto de la bienvenida fue común. Esa parte del relato volvió a mostrar por qué Madryn conserva un lugar tan potente dentro de la memoria de muchos veteranos: no sólo por haber sido el puerto de llegada, sino por haber ofrecido una reacción que ellos no esperaban.


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La entrevista avanzó luego hacia el recorrido personal que llevó a Tellini a la guerra y ahí apareció otro registro, menos vinculado al símbolo y más a la ruptura biográfica. Contó que ya estaba trabajando cuando recibió, el 9 de abril de 1982, una carta de citación que lo obligó a presentarse de nuevo, después de haber cumplido el servicio militar tras pedir prórroga para terminar la secundaria. “Ni soñabas con que se venía la guerra”, le plantearon en la charla, y él respondió en la misma dirección al explicar que recién el 14 de abril, cuando subieron a micros y camiones, supieron que el regimiento iba a Malvinas.

Ya en las islas, el relato se volvió más áspero y concreto. Tellini explicó que había hecho tareas administrativas en el regimiento, pero que terminó dentro de una sección de mortero pesado del Regimiento 7, manipulando elementos que hasta entonces prácticamente desconocía. Recordó la llegada con aguacenieve, la noche al intemperie y una primera impresión muy directa: “La primera sensación fue la miércoles, dónde estoy”, con “ropa que no era la adecuada” y con todo lo que ya se sabe del frío, el hambre y la precariedad. Más adelante describió el trabajo de esa sección como una tarea hecha con limitaciones evidentes: “Hicimos lo que pudimos con lo que teníamos”, resumió al referirse a las dificultades para operar los morteros sobre un terreno que se hundía.


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Uno de los pasajes más intensos de la entrevista llegó cuando habló del final de la guerra. Allí no se detuvo tanto en el dato militar de la rendición como en la imagen simbólica que todavía lo golpea. “A mí lo que me impactó fue ver arriar la bandera argentina y que izen la británica. Eso me partió”, dijo, y enseguida vinculó esa escena con el costo humano del conflicto. Mencionó que su regimiento fue el que tuvo la mayor cantidad de bajas en toda la guerra, con 36 caídos, la mayoría en Monte Longdon, y puso en palabras una herida que todavía sigue abierta: “Tanto sacrificio” frente a una guerra que dejó secuelas, muertos y preguntas que no cierran del todo.

El foco de la charla no quedó limitado a la guerra y al desembarco, porque Tellini también se metió en la posguerra y en el abandono que sintieron muchos veteranos después de volver al continente. En ese punto ligó el afecto popular con la desatención estatal y dejó una reflexión muy dura. “El estado envía, después se desentiende”, dijo, antes de remarcar que buena parte de los logros posteriores, como leyes o pensiones, no salieron de una iniciativa espontánea de los gobiernos sino de la pelea sostenida por los propios centros de veteranos. Esa mirada la reforzó con una experiencia vivida en 1993, cuando viajó junto a cinco compañeros a Inglaterra y advirtió que, a once años del conflicto, ni siquiera tenían posibilidad de volver a visitar a sus muertos en las islas.

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Gustavo Tellini en LU17 

Esa parte del relato se enlazó con otro tema sensible: la posibilidad de regresar a Malvinas. Tellini admitió que le surgen ganas de volver, pero puso un límite que para él no es negociable. “Yo en mi país el pasaporte no lo presento”, afirmó, marcando una postura que, según dijo, también comparten otros excombatientes. No lo planteó como una condena a quienes sí eligen viajar, pero sí como una frontera íntima ligada al juramento a la bandera y al costo personal y colectivo de aquella guerra.


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La conversación tomó otro tono cuando se metió en el presente y en el trabajo silencioso que muchos veteranos vienen haciendo en las escuelas. Tellini habló de ese vínculo con los chicos como una de las experiencias más valiosas de estos años. Recordó que al principio eran vistos como “los loquito de la guerra”, en un contexto donde ni ellos mismos tenían herramientas pedagógicas formales para contar lo vivido, pero sostuvo que la experiencia fue transformándose con el tiempo. Lo que hoy percibe en cada charla no es admiración, según aclaró, sino algo que para él vale incluso más: “Yo siento respeto. Yo siento respeto”.

En esa misma línea presentó el proyecto que ahora lo tiene trabajando en un libro, “El legado infinito”, una iniciativa que busca que Malvinas no quede atrapada en la fecha ni en la memoria de quienes la vivieron en primera persona. “Malvinas ocurrió en 1982, es contemporánea, pero tiene que seguir trascendiendo porque las generaciones que vengan no van a conocer y nosotros tenemos que trabajar”, explicó. A partir de ahí enlazó ese objetivo con una observación muy precisa sobre Puerto Madryn: “Hoy acá el nene de jardín sabe lo que es Malvinas”, dijo, convencido de que en esta ciudad la causa forma parte del ADN colectivo de una manera que no se repite igual en todos lados.


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El libro, además, no aparece como un proyecto individual en sentido estricto. Tellini contó que lo acompañan una profesora de educación inicial, un profesor de informática local, colaboradores que aportaron fotos y hasta un chico de 11 años que le regaló una pintura. “Ese gesto hoy es la tapa del libro”, dijo, al narrar cómo una muestra de afecto infantil terminó convertida en la imagen principal de la obra. Y esa misma dimensión comunitaria volvió a aparecer cuando relató que otra reproducción de esa imagen quedó enmarcada para integrar el museo de González Chávez, en la provincia de Buenos Aires, después de una experiencia de charlas que ayudó a que esa comunidad embanderara su 2 de abril.

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Gustavo Tellini en LU17

También hubo espacio para hablar del museo de Malvinas en Puerto Madryn, un punto que Tellini valoró especialmente. Dijo que para él era “la frutilla del postre” porque la ciudad “tiene todo”, pero que el museo era “el elemento que faltaba para que cualquier persona que transite la ciudad pueda conocer parte de la historia de Malvinas”. Esa definición no quedó desligada del acompañamiento institucional local, al que reconoció como importante, aunque siempre desde una advertencia de fondo: los mandatos políticos pasan, pero los veteranos siguen cargando su condición desde 1982 hasta el final de sus vidas.


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Tellini dejó una idea que atravesó toda la entrevista y que funcionó como hilo conductor entre el recibimiento de Madryn, la guerra, la posguerra, las escuelas, el libro y los museos. “Ese es el legado”, repitió, al explicar que la tarea de los veteranos no consiste sólo en recordar lo que les pasó, sino en dejar argumentos, testimonios y materiales para quienes vienen detrás. En ese mismo tono agradeció a los periodistas por el espacio y les dijo que ellos también forman parte de esa transmisión: “ustedes también, como periodistas, forman parte del legado, porque si no ustedes no trascenderían ciertas cosas”. Así, la visita a #LA17 terminó siendo mucho más que una entrevista conmemorativa: fue una nueva forma de afirmar que, para Gustavo Tellini, la memoria de Malvinas sigue viva cuando encuentra una comunidad dispuesta a escucharla, sostenerla y pasarla a otros. 

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