
El adolescente de 15 años sigue en un lugar confidencial, contenido por su madre, mientras San Cristóbal intenta volver a clases entre miedo y dolor.

El chico de 15 años que mató de un disparo a Ian Cabrera Núñez, de 13, dentro de la escuela N° 40 “Mariano Moreno” permanece alojado en un sitio reservado que sólo conocen su madre y las autoridades judiciales. Ese resguardo, previsto por su condición de inimputable, convive con una ciudad que todavía no logra acomodarse después del ataque. En ese cuadro apareció una definición que buscó correr la discusión del señalamiento inmediato y poner el foco en el daño extendido: “acá hay dos familias víctimas”.
La frase salió del entorno de la madre del adolescente, una mujer conocida en San Cristóbal por su actividad comercial y por su trabajo como docente de nivel inicial. Su familia administra la forrajería “Gretter”, ubicada en la esquina de Caseros y Alberdi, y también una distribuidora de garrafas frente al local, dos negocios tradicionales de la zona. Esa cercanía con el barrio explica en parte el estupor de vecinos que los tratan desde hace años y que todavía no logran unir esa cotidianeidad con la escena de violencia que dejó una muerte en el patio de la escuela.


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El material conocido sobre la familia del agresor describe una estructura atravesada por desgastes previos y por una madre que cargó durante mucho tiempo con casi toda la organización de la casa. La mujer está separada del padre biológico de sus hijos, tiene otra hija estudiando en Santa Fe capital y, según allegados, desde hace más de un año está en pareja con un policía retirado de San Cristóbal. También arrastra una licencia por carpeta psicológica, al tiempo que, según esas mismas fuentes, quedó como sostén principal del hogar y hoy además actúa como referente afectiva y responsable legal del adolescente en los términos que fija el régimen penal juvenil.
En ese entorno aseguran que la madre hablará “una vez que calme el dolor” y que su angustia no se agota en el destino de su hijo. Un allegado sostuvo que ella “sufre más por la familia del chico que falleció que por el propio hijo de ella”, una frase que deja ver el nivel de devastación emocional que atraviesa también al otro lado de la tragedia. La misma persona insistió con la idea de que “acá hay dos familias víctimas”, no para borrar responsabilidades, sino para describir el modo en que el crimen partió a una comunidad donde casi todos se conocen.
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La imagen que el entorno ofrece sobre G.C. está lejos de la del atacante frío que una ciudad necesita entender rápido para acomodar el espanto. Un hombre cercano a la familia lo definió como “un chico introvertido” y agregó: “Es sano, no habla con nadie. Le gustaba cazar pero no iba seguido. No sé (si iba) con el padre en su momento”. Sobre el vínculo con el padre, la descripción fue todavía más dura, porque lo resumió como “un ausente total”, mientras que sobre la madre dijo: “La madre mantenía a los chicos, manejaba dos negocios. Tuvo que dejar uno porque estaba 13 o 14 horas por día y la terminó afectando. Hacía todo por sus hijos”.
Ese retrato convive con otro dato que vuelve todavía más difícil ordenar lo ocurrido. A fines del año pasado, en el mismo patio donde después se produjo el ataque, el adolescente recibió un diploma por haber sido elegido el mejor compañero de segundo año, ante más de 300 alumnos, docentes y familiares. Una docente recordó que “cuando recibió el diploma estaba contento”, y otra lo describió como “un excelente alumno, bueno, atento con los detalles”, una valoración que hoy queda chocando de frente con la secuencia que desató pocos meses después.
El lunes pasado, a las 7 de la mañana y antes del izamiento de la bandera, ese alumno llevó una escopeta 12/70 a la escuela, mató a Ian e hirió a otros ocho estudiantes. La dimensión del daño pudo ser todavía peor y quedó frenada por la intervención del portero Fabio Barreto, que corrió a reducirlo en plena escena. El propio Barreto relató: “No lo pensé, al momento de actuar, actué y reduje al chico”, y luego reconstruyó el instante decisivo: “La primera imagen que tengo fue la de él con la escopeta apuntando a los chicos. Cuando miro, Ian estaba ya en el piso. Cuando veo que volvió a tirar lo encaré y se asustó cuando me vio que iba corriendo. Ahí veo que me apuntó y gatilló, pero el disparo no salió”.
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La causa empieza ahora a moverse en dos planos paralelos: el judicial, que intenta reconstruir lo ocurrido, y el comunitario, que todavía sigue atrapado en el miedo. Este viernes se realizará en los tribunales de San Cristóbal la audiencia de atribución del hecho, después de la cual los fiscales del Ministerio Público de la Acusación prometieron brindar detalles de la investigación. En paralelo, la Policía Federal Argentina llevó adelante allanamientos en la casa y en el negocio de la familia del adolescente, mientras el abogado Néstor Oroño admitió que sobre el manejo de la escopeta “Lo desconocemos. Eso, la verdad, no lo sabemos nosotros”.
Pero el expediente no alcanza por sí solo para bajar la temperatura de una ciudad que quedó sensible a cualquier señal. Este miércoles volvió a instalarse el pánico después de la circulación de un mensaje de WhatsApp que hablaba de un supuesto “nuevo tiroteo” y de un “Plan B” para matar “en grupos”, una versión que corrió entre alumnos y padres de escuelas primarias y secundarias. La reacción fue inmediata: en uno de los establecimientos más importantes, una madre retiró a sus hijos con una frase que condensó el clima del día, “Me los llevo a casa, es mucho más seguro”, y entre las 14 y las 16 unos 40 chicos dejaron las aulas, más del 13,5% de la matrícula.
Fuente: Diario Clarín














