
Un ADN cerró 51 años de duda al confirmar a Bundy por el crimen de Laura Aime
Policiales03/04/2026
REDACCIÓNLa confesión de 1989 no alcanzó para archivar el caso. Utah esperó pruebas físicas durante décadas y recién ahora pudo cerrar el expediente.

La historia no se cerró cuando Ted Bundy habló antes de su ejecución, sino cuando la ciencia logró hacer lo que la confesión no había podido. Laura Ann Aime tenía 17 años cuando desapareció en la noche de Halloween de 1974, y durante más de medio siglo su expediente quedó abierto por una razón concreta: las autoridades de Utah no aceptaron dar por resuelto un crimen sin prueba física definitiva. Ese límite acaba de caer con una nueva tecnología de ADN que permitió unir, de manera concluyente, el cuerpo de la adolescente con el asesino que ya había admitido el hecho en palabras.
El dato que cambió todo llegó desde la Oficina del Sheriff del condado de Utah, que informó que las nuevas pericias “confirmaron de manera irrefutable que las muestras de ADN recuperadas del cuerpo de Laura verificaban la presencia de ADN perteneciente a Bundy”. No se trató de una sospecha reforzada ni de una vieja hipótesis con más respaldo, sino del elemento que faltaba para clausurar formalmente una causa que llevaba 51 años sin resolución judicial plena. La diferencia entre un caso sospechado y un caso cerrado estuvo, esta vez, en una huella biológica capaz de sostener lo que durante décadas solo había sido una certeza incompleta.


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Laura había desaparecido después de salir de una fiesta en la noche del 31 de octubre de 1974. Un mes más tarde, excursionistas encontraron su cuerpo en el cañón American Fork, y desde entonces el crimen quedó pegado al nombre de Bundy, aunque sin la evidencia necesaria para cerrar el círculo. Esa combinación de fuerte sospecha, confesión tardía y falta de prueba concluyente convirtió el expediente en uno de esos casos que parecen resueltos para la memoria pública, pero siguen abiertos para la Justicia.
Ahí está, justamente, el rasgo más singular de esta historia. Bundy confesó el asesinato de Laura antes de ser ejecutado en Florida en 1989, pero no quiso dar detalles ni explicar su intervención en la muerte de la joven. Frente a ese vacío, el sheriff sostuvo que el departamento decidió “mantener el caso abierto hasta que los investigadores pudieran demostrar (que él era el asesino) sin sombra de duda”, una definición que muestra hasta qué punto la palabra del propio homicida no alcanzaba, por sí sola, para archivar el expediente.
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La resolución actual también reordena cómo se lee el vínculo de Bundy con Utah en aquellos años. El asesino serial vivía en Salt Lake City cuando Laura fue asesinada y cursaba estudios de Derecho en la Universidad de Utah, en pleno tramo de una seguidilla criminal que entre 1974 y 1978 lo dejó ligado a al menos 30 asesinatos de mujeres. Su nombre ya figuraba entre los grandes depredadores seriales de Estados Unidos, pero el crimen de Laura seguía ocupando un lugar intermedio entre la admisión verbal y la ausencia de prueba material.
El cierre del caso no solo alcanza a la identidad del asesino, sino también al modo en que trabajó la investigación durante décadas. Las autoridades atribuyeron el avance a una nueva etapa forense, apoyada en herramientas que no existían cuando el expediente se abrió y que permitieron revisar evidencia antigua con otra capacidad técnica. El caso de Laura, en ese sentido, expone una escena conocida en muchas causas históricas: la verdad sospechada puede tardar años en convertirse en verdad demostrable.
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En la conferencia en la que se anunció la resolución, el alguacil Mike Smith dijo: “Este caso queda ahora oficialmente cerrado”. Esa frase parece administrativa, pero carga un peso mucho más profundo cuando se la lee en contexto. No cierra solo una investigación policial; cierra una espera de medio siglo para una familia y clausura una grieta entre lo que Bundy había admitido y lo que el sistema todavía no podía probar con rigor suficiente.
El propio sheriff fue todavía más lejos al plantear qué hubiera pasado si Bundy siguiera vivo. Según consignó el material base, afirmó que los fiscales habrían pedido la pena de muerte contra él, una frase que funciona menos como hipótesis procesal que como señal del nivel de certeza al que llegó ahora la causa. Después de décadas de expediente abierto, Utah dejó claro que no considera este cierre una formalidad tardía, sino una confirmación plena de responsabilidad.
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En el texto oficial, Laura aparece recordada como una joven de “espíritu libre y extrovertido”, apasionada por la equitación, la caza, la vida al aire libre y el cuidado de sus hermanos. Esa imagen desplaza por un momento la lógica del asesino célebre y devuelve al centro a la víctima, que durante años quedó atrapada en una lista de crímenes atribuidos a uno de los homicidas más conocidos de Estados Unidos. El ADN resolvió la autoría, pero también permitió que la historia dejara de girar únicamente alrededor del monstruo y volviera a nombrar con precisión a la chica que faltaba.
La novedad no modifica el horror de lo ocurrido en 1974, pero sí cambia el estatuto de una herida que había quedado suspendida entre la sospecha y la imposibilidad de probar. Durante 51 años, la causa sobrevivió abierta porque la Justicia de Utah se negó a conformarse con una confesión incompleta de Bundy. Hoy ese expediente se cierra con una prueba que no existía entonces, y deja una enseñanza incómoda pero contundente: a veces la verdad tarda décadas en llegar, pero cuando aparece con sustento físico ya no deja lugar para ninguna duda.
Fuente: LA NACION, Oficina del Sheriff del Condado de Utah
















