
En el podcast Duelos, el dibujante repasó la muerte de su padre, su madre y su hermano, y explicó cómo el arte lo ayudó a sostener la ausencia.

Tres pérdidas en pocos años empujaron a Tute a poner el duelo en el centro de su obra y de su vida cotidiana. En el tercer episodio del podcast Duelos de LA NACION, el dibujante y humorista gráfico dejó una definición que ordena todo lo que vino después: no habló de una superación limpia ni de un cierre definitivo, sino de una convivencia trabajosa con la marca que deja la ausencia. Desde ahí, la conversación dejó de girar solo alrededor de la muerte y pasó a enfocarse en cómo se sigue cuando la herida no desaparece.
La primera pérdida que le abrió ese camino fue la de su padre, Caloi, una figura central no solo en su historia familiar sino también en su formación artística. A partir de esa muerte, Tute empezó a usar la escritura y el dibujo como una manera de elaborar lo que le pasaba, un movimiento que después se profundizó cuando el dolor volvió a golpear en el núcleo más íntimo de su familia. Su relato, por eso, no quedó planteado como una confesión aislada, sino como la reconstrucción de un proceso largo en el que el trabajo creativo fue tomando un lugar cada vez más decisivo.


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En esa línea apareció una de las frases más claras del episodio. “Lo primero que te puedo decir que descubrí es lo que duele un duelo. Lo dolorosos que son los duelos, lo prolongados que pueden ser. Y también que hay una elaboración de los duelos”, sostuvo. La idea central no pasa por negar la persistencia del dolor, sino por aceptar que ese dolor cambia de forma y obliga a una reorganización interior que no ocurre de una vez ni de manera prolija.
Tute empujó todavía más esa definición cuando explicó que el duelo no funciona como una cicatriz cerrada ni como una etapa que se deja atrás. “Los duelos sí se elaboran y uno aprende a convivir con la herida que dejan, porque lo que no sucede es que se cicatrice completamente y desaparezca”, dijo al describir una experiencia en la que el vacío sigue estando, aunque ya no del mismo modo. En su caso, esa tarea de elaboración aparece sostenida sobre dos pilares concretos: el análisis psicoanalítico y la expresión gráfica como forma de sublimación.
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El año 2019 quedó señalado en la entrevista como un punto de máxima violencia emocional. En un lapso breve, Tute perdió a su madre y a su hermano Tomás, una acumulación de golpes que volvió todavía más áspera su percepción sobre la fragilidad humana. Ese tramo no aparece contado como una suma de datos biográficos, sino como el momento en que la noción abstracta de la finitud se volvió una experiencia física, concreta y repentina.
La muerte de su hermano fue, dentro de ese cuadro, el episodio que describió con mayor dramatismo. Tomás murió de manera súbita mientras hacía música, y Tute recordó ese instante con una frase que condensa el impacto de lo inesperado: “Fue un rayo, uno no se imagina nunca la muerte de un hermano. Me tocó ir a verlo, fui el primero en enterarme, así que también me tocó dar la noticia a todos”. Lo que aparece ahí no es solo la irrupción del dolor, sino también el peso brutal de haber quedado en el lugar de quien recibe primero la noticia y debe después repartirla.
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Lejos de dejar esas imágenes quietas, Tute explicó que parte de su obra más reciente intenta hacer algo con ese material doloroso. El texto base menciona su incursión en la dramaturgia con Ensayo para mi muerte, una pieza que se inscribe en la misma búsqueda que antes habían tomado el dibujo y la escritura: transformar la experiencia desgarradora en una forma narrativa con la que se pueda dialogar. En esa operación, el arte deja de ser mero desahogo y pasa a funcionar como una herramienta para ordenar lo insoportable sin quitarle espesor.
También hay en su mirada una idea menos sombría, aunque no por eso más liviana. Tute plantea que con el tiempo la evocación de quienes murieron puede desprenderse un poco del golpe inicial y habilitar incluso una sonrisa, no porque el dolor se borre, sino porque la memoria cambia de textura. Ese movimiento no elimina el duelo, pero sí le quita parte de su rigidez y permite que la presencia de los muertos se vuelva menos aplastante dentro de la vida diaria.
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Esa tensión entre el peso y la compañía quedó resumida en otra de sus frases más potentes: “Los muertos pueden ser livianos o pueden ser pesados. Se van con uno”. Allí aparece una idea que atraviesa toda la conversación: la ausencia no se supera como quien deja algo atrás, sino que se transporta, se acomoda y a veces se resignifica. El trabajo que Tute describe no consiste en cerrar del todo esas pérdidas, sino en encontrar una forma menos destructiva de llevarlas encima y seguir creando con ellas adentro.
Fuente: LA NACION.

















