
Gabriel Salomón contó cómo la guerra siguió después de volver de Malvinas
Enfoques02/04/2026
REDACCIÓNEl veterano de Trelew reconstruyó su llegada a las islas, el regreso a Madryn y la pelea que todavía sostiene para defender la memoria de Malvinas.

Gabriel Salomón habló desde la chacra del Centro de Excombatientes de Trelew, en medio de una actividad comunitaria, y eligió correr el eje de la fecha hacia un terreno menos ceremonial y más áspero. No se quedó en el recuerdo de una jornada de abril ni en una anécdota cerrada sobre el combate, sino en todo lo que siguió después, en la forma en que la guerra se metió para siempre en la vida de quienes fueron y en la pelea que todavía hoy continúa fuera de las islas. La escena actual, con un predio que los veteranos quieren dejar como espacio abierto para la comunidad, ya dice bastante sobre esa persistencia.
En ese recorrido, Salomón dejó una definición que ordenó toda su mirada sobre Malvinas y sobre sí mismo. “El Gabriel que fue nunca volvió”, dijo, al marcar que la experiencia de la guerra no se limita a una etapa pasada ni admite la idea de retorno completo a la vida anterior. Para él, esa ruptura alcanza a todos los que estuvieron allí, porque quienes sobrevivieron también dejaron algo de sí mismos en el campo de combate, aunque hayan vuelto con vida.


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Su historia arranca en el Regimiento de Infantería 8, al que se incorporó como soldado clase 1963 el 2 de febrero de 1982. Durante los días previos al desembarco, contó, recibieron munición real y una orden de movilización sin destino preciso, en un clima de incertidumbre donde nadie les había dicho todavía que terminarían en las islas. Recién cuando ya estaba abajo del avión, después de haber aterrizado y de mirar a su alrededor, entendió dónde había llegado: “Está en las islas Malvinas, pueden besar su tierra”, recordó que les dijeron.
Ese momento, lejos de traducirse en miedo inmediato o arrepentimiento, quedó asociado a una emoción intensa y a una idea de patria que venía de mucho antes. Salomón contó que de chico soñaba con defender al país y que incluso en 1978 intentó anotarse como voluntario en medio del conflicto con Chile, aunque lo echaron por ser menor. Por eso, al recordar la escena de su llegada, usó una comparación muy gráfica para describir lo que sintió: algo parecido a tocar una utopía con las manos, como si un deseo remoto hubiera tomado cuerpo de golpe sobre ese suelo que hasta entonces solo había imaginado.
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La crudeza apareció enseguida, primero en los detalles materiales y después en la dimensión del riesgo. Salomón contó que hizo toda la guerra con sus propias zapatillas negras porque no había borceguíes de su número, y recordó la noche en que durmieron en un hangar del aeropuerto rodeados de tambores de combustible, con un tiroteo que pudo haber provocado una catástrofe. Más tarde llegó el traslado a Gran Malvina, el pozo de zorro, la jura de lealtad a la bandera en plena zona de combate y los bombardeos que marcaron la vida del regimiento durante semanas.
Pero el centro de su testimonio no quedó puesto solo en el frente militar, sino en la marca posterior. Salomón explicó que la guerra continuó de otro modo una vez terminados los combates y que la experiencia no se puede medir únicamente por el número de caídos, aunque ese dolor sea irreparable. “Todos dimos la vida en Malvinas, real o simbólicamente”, sostuvo al distinguir entre quienes murieron y quienes regresaron sin volver nunca a ser los mismos, una frase que también enlaza con otro aspecto de su relato: los sueños interrumpidos, la vida desviada y las decisiones que ya nunca encontraron el mismo cauce.
En esa posguerra, el regreso a Puerto Madryn ocupa un lugar decisivo. Salomón llegó el 21 de junio de 1982 y recordó el contraste entre lo que les decían arriba del barco, que la sociedad estaba enojada con ellos, y lo que realmente encontró al bajar. Una mujer con el baúl del auto abierto, repartiendo bolsas con tortas fritas, le dejó una imagen que todavía hoy lo conmueve: ese gesto sencillo fue para él la señal concreta de que la guerra había terminado, tanto como el momento en que vio la Torre Omega y entendió que estaba de vuelta en el continente.
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La otra batalla empezó después, cuando los excombatientes intentaron reinsertarse en una sociedad que durante años no supo bien qué hacer con ellos. Salomón recordó la estigmatización, el discurso de la “desmalvinización”, la desconfianza social y la necesidad de organizarse entre veteranos para ayudarse a conseguir trabajo, sostenerse y empezar a construir un espacio propio. De esa experiencia colectiva surgieron muchas de las tareas que todavía hoy empujan, desde charlas en escuelas hasta actividades culturales y espacios de memoria pensados para que la causa no quede encerrada en un aniversario.
Dentro de esa misma lógica también se ubica el programa de radio “Qué hicimos en y por Malvinas”, que comparte con su hija y con un equipo de docentes y comunicadores. Allí, explicó, el objetivo no pasa solo por contar vivencias personales, sino por volver a poner a la guerra dentro de un proceso histórico mucho más largo, que arranca en 1833 y sigue abierto. En ese punto dejó otra definición fuerte: “Nosotros somos un párrafo de esa causa Malvinas. No somos la causa en sí misma”, una forma de rechazar tanto la apropiación personal del tema como las simplificaciones que reducen todo a una sola lectura.
También desde ahí discute con algunas versiones que considera cómodas o falseadas. Dijo que le molesta escuchar que la Argentina “ocupó” las islas, porque para él lo que ocurrió fue una recuperación, y rechazó las lecturas superficiales que descargan toda la explicación en la figura de Galtieri sin mirar el contexto internacional y las decisiones posteriores de la democracia. Su crítica apuntó a una cadena de concesiones políticas y diplomáticas que, según planteó, terminó favoreciendo intereses británicos en el Atlántico Sur mientras la industria pesquera regional sufre parálisis y pérdida de recursos.
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Desde una chacra de Trelew, mientras los veteranos piensan fogones, usos comunitarios y una huella que quede para después, Salomón volvió a dejar en claro que su pelea no se agota en la memoria personal. Lo que busca, dijo, es que el paso de ellos por la tierra deje algo útil para los demás y que las nuevas generaciones mantengan viva la causa con otros lenguajes, otras músicas y otras formas de acercarse. Por eso abren festivales a públicos nuevos, entran a las escuelas y siguen hablando: no para repetir un pasado inmóvil, sino para impedir que Malvinas quede reducida a una fecha o a una versión cómoda de la historia.







La cumbia en la radio como herramienta de cohesión social y cultural en la Patagonia










