La Armada perdió su pieza clave y ahora busca una salida urgente para volver al mar

Actualidad05/04/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

Sin submarinos operativos desde la tragedia del ARA San Juan, la fuerza arrastra una brecha crítica de defensa y analiza opciones rápidas mientras posterga una reconstrucción de fondo.

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La discusión sobre la capacidad defensiva de la Armada Argentina volvió a quedar expuesta en un punto especialmente sensible: la ausencia de submarinos operativos. No se trata de una carencia más dentro del sistema militar, sino de la pérdida de una de las plataformas centrales para vigilar, disuadir y patrullar un espacio marítimo de enorme extensión. Desde la desaparición del ARA San Juan, esa brecha no fue cerrada y la fuerza sigue sin recuperar una herramienta que considera estratégica.

El problema no se agota en esa única ausencia. De acuerdo con el panorama descripto, la Armada también arrastra dificultades de operatividad más amplias, con apenas unas 18 unidades en condiciones de navegar sobre un total de 42 buques. Aunque hubo incorporación de patrulleros oceánicos, la estructura principal de la flota sigue necesitando actualización y mantenimiento en una escala muy superior a la actual.

Ese deterioro se vuelve todavía más visible cuando se lo cruza con el presupuesto disponible. Cerca del 90% de los recursos se destina a salarios y pensiones, lo que deja muy poco margen para combustible, reparación y sostenimiento material. En ese contexto, la falta de medios no aparece como una falla puntual, sino como el resultado de un esquema que hace tiempo no consigue sostener capacidades básicas.


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La crisis también alcanza a la aviación naval, otra de las áreas que debía complementar la presencia marítima de la fuerza. Los Super Étendard adquiridos en 2019 todavía no lograron entrar en operaciones y esa demora mantiene abierta la incertidumbre sobre la recuperación de una capacidad que también es considerada estratégica. A la vez, se reporta un éxodo de personal vinculado a los bajos salarios, lo que agrava la dificultad para recomponer el sistema.

El vacío más delicado sigue estando bajo el agua. El ARA San Juan, de la clase TR-1700, era una pieza central para la vigilancia y la disuasión en el Atlántico Sur, una zona de más de 1,2 millones de kilómetros cuadrados bajo jurisdicción nacional. Hoy, el ARA Salta, un submarino de la clase Type 209 construido en los años setenta, solo puede cumplir tareas de entrenamiento y ya no está en condiciones de asumir misiones de patrullaje prolongado ni operaciones de combate.

Esa situación deja a la Argentina en una posición de debilidad frente a amenazas que no son teóricas. La pesca ilegalaparece como uno de los riesgos más concretos, con pérdidas millonarias año tras año, en una región donde además crece la sensibilidad geopolítica. La ausencia de submarinos limita la capacidad de observación, presencia y disuasión en un escenario que exige exactamente lo contrario.

Frente a ese vacío, en los últimos días empezó a ganar peso una alternativa de corto plazo: la posibilidad de incorporar submarinos italianos. Según lo que se analiza, Italia ofreció unidades de la clase Sauro e incluso modelos más modernos como los U212, que no serían nuevos, pero sí podrían sumarse en plazos más breves que los de un programa de construcción desde cero. Para una fuerza urgida por recuperar presencia operativa, esa vía aparece como una salida pragmática.


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La ventaja principal de esa opción está en el tiempo y en el costo. Comprar unidades usadas permitiría cubrir parte de la brecha sin esperar los largos ciclos de diseño y fabricación que implican los submarinos nuevos, además de exigir una inversión menor en un contexto de fuertes restricciones presupuestarias. Pero la propuesta también abre dudas importantes: la dependencia de repuestos y soporte técnico de Italia, y la posibilidad de que la vida útil de esos medios obligue a volver a buscar soluciones en pocos años.

Por eso, dentro de la propia fuerza conviven dos necesidades que no se excluyen, pero sí tensan cualquier decisión. Por un lado, aparece la urgencia de recuperar una capacidad mínima con medios disponibles en el corto plazo. Por otro, persiste la idea de desarrollar una estrategia de largo alcance que incluya construcción nacional, transferencia tecnológica y asociaciones con países como Francia o Alemania para volver a tener una base submarina propia y sostenible.

La discusión de fondo ya no pasa solo por qué submarino comprar, sino por cómo reconstruir una herramienta que el país perdió y todavía no reemplazó. La Armada enfrenta una carencia que afecta su rol en el mar, su capacidad de defensa y su proyección en el Atlántico Sur. Entre la solución de emergencia y el proyecto industrial de largo plazo, el desafío es el mismo: salir de una indefensión relativa que lleva demasiado tiempo abierta.

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