Flavio Bolsonaro ya acorrala a Lula y expone la pérdida de impulso del Planalto

Actualidad05/04/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

Una encuesta nacional lo ubicó arriba en un balotaje y el oficialismo brasileño respondió con reproches internos, alivios de bolsillo y giro de campaña.

Flavio Bolsonaro y Lula da Silva. Imagen creada con IA generativa por #LA17
Flavio Bolsonaro y Lula da Silva. Imagen creada con IA generativa por #LA17

A seis meses de las elecciones presidenciales de Brasil, el Palacio del Planalto dejó de discutir sólo cómo ordenar su campaña y empezó a lidiar con una señal que golpeó de lleno en el corazón del oficialismo. El sondeo nacional de Paraná Pesquisas, realizado entre el 25 y el 28 de marzo sobre 2080 electores, mostró a Flavio Bolsonaro con 45,2% frente a 44,1% de Lula en un escenario de segunda vuelta. Con el primer turno fijado para el 4 de octubre, el dato cayó en Brasilia como algo más que una oscilación de encuestas.

La incomodidad se filtró rápido hacia la mesa política del gobierno. Según la reconstrucción publicada por LA NACION, una reunión ministerial que debía funcionar como despedida para quienes dejaban el gabinete para competir en octubre terminó convertida en una sesión de reproches cruzados. Ese clima coincidió con una reconfiguración más amplia del equipo de Lula, que en los últimos días confirmó a Geraldo Alckmin como compañero de fórmula y ejecutó más de una docena de cambios por la obligación legal de desincompatibilizar a funcionarios que serán candidatos.


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La discusión interna no quedó limitada al malhumor por una encuesta puntual. El analista Creomar de Souza, citado por LA NACION, describió el momento como una “tormenta perfecta” y sostuvo que el gobierno dejó de actuar con iniciativa para pasar a una lógica puramente reactiva. Esa lectura coincide con la caracterización más amplia que trazó Reuters sobre la campaña: un Lula obligado a enfrentar una economía más fría, un escándalo bancario que volvió a agitar Brasilia y una oposición que encontró en Flavio Bolsonaro un nombre capaz de capitalizar ese desgaste.

Uno de los pases de factura más visibles apuntó a la comunicación. El jefe de la Casa Civil, Rui Costa, le reprochó al ministro de Comunicación, Sidônio Palmeira, que la sociedad no registra los logros de la gestión y lanzó una frase que sintetizó la desesperación del oficialismo: “Mi duda, Sidônio, es si el pueblo sabe de eso”. Pero la crítica que aparece detrás de esa escena es todavía más dura, porque no se limita al modo de contar, sino a la falta de hechos nuevos que valga la pena mostrar.


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En esa línea, el politólogo Leandro Consentino, del Insper, planteó en el artículo que “Falta el contenido de lo que se quiere comunicar, poco ayuda una buena estrategia de marketing cuando no hay marcas importantes firmadas en el gobierno”. La observación pega sobre una debilidad más estructural: Lula llegó a sus 80 años, busca otro mandato con un capital simbólico enorme, pero ya no parece alcanzar con su capacidad histórica de comunicación para ordenar el humor social. Reuters, de hecho, remarcó que el Presidente quedó emparejado con Flavio Bolsonaro justo cuando la economía perdió dinamismo y el gobierno volvió a sentirse rodeado.

Ante ese cuadro, el Planalto empezó a correr hacia el terreno más sensible para el electorado: el bolsillo. La Casa Rosada brasileña volvió a poner el foco en el endeudamiento familiar, un problema que el Banco Central de Brasil también viene marcando como crítico: en su informe de marzo señaló que el compromiso de ingresos de las familias con pagos de crédito alcanzó un nivel récord en el cuarto trimestre. Sobre esa base, el gobierno busca relanzar políticas de alivio y renegociación de pasivos para frenar el deterioro político antes de que la campaña entre en su tramo más duro.


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El intento de mostrar alguna respuesta concreta también pasa por medidas ya tomadas. Desde el 1 de enero de 2026 rige en Brasil la exención del Impuesto a la Renta para quienes ganan hasta 5000 reales mensuales, una bandera que Lula pretende exhibir como alivio directo a sectores medios y bajos. El problema para el oficialismo es que esa mejora convive con otra percepción, igualmente extendida: la de un gobierno que llega tarde, administra urgencias y no consigue recuperar del todo la iniciativa política.

La otra respuesta de campaña apunta a un territorio que tradicionalmente explotó mejor la derecha: la seguridad. Lula pasó a defender con más vehemencia la PEC de la Seguridad Pública y endureció el tono sobre el crimen organizado. El giro quedó condensado en otra frase que recogieron medios oficiales brasileños: “Nós estamos em uma guerra contra o crime organizado”, dijo el Presidente al reclamar una estructura federal más robusta y la posibilidad de montar un ministerio específico si el Congreso aprueba la reforma.


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Pero ni el paquete económico ni el viraje discursivo sobre seguridad alcanzan todavía para despejar el problema de fondo. La misma encuesta de Paraná mostró que 53,3% de los consultados cree que Lula no merece ser reelegido, contra 43,7% que opina lo contrario, un dato que agrava el ruido interno porque sugiere un desgaste más profundo que el de una mala semana. Si el gobierno no sale rápido de la lógica reactiva que hoy domina al Planalto, la campaña de octubre puede dejar de ser una disputa abierta para convertirse en un plebiscito áspero sobre si el ciclo de Lula todavía tiene fuerza para seguir en pie.

Fuente: LA NACION.

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