Se fue de su pueblo para cortar el acoso que nadie frenó en la escuela

Actualidad06/04/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

Micaela Jara tiene 19 años, dejó Ceres después de años de hostigamiento y hoy intenta reconstruir su vida lejos del lugar donde, según contó, no encontró resguardo.

Micaela Jara Foto Clarín
Micaela Jara Foto Clarín

La salida no apareció como una decisión más dentro de una rutina juvenil, sino como una forma de cortar con una etapa que se había vuelto insoportable. Micaela Jara, una joven de 19 años de Ceres, Santa Fe, contó que dejó su pueblo a fines de 2025 después de atravesar cuatro años de acoso escolar por parte de dos compañeros, una situación que derivó en un intento de suicidio del que sobrevivió gracias a la intervención de su hermano. La historia tomó estado público ahora, cuando ella decidió hablar por primera vez sobre lo que vivió y sobre el peso que tuvo ese hostigamiento en su vida cotidiana.

El dato más fuerte de ese recorrido no está solo en el episodio límite, sino en todo lo que ocurrió antes y no logró frenarlo. Según su testimonio, el bullying comenzó en 2021, cuando tenía 14 años, y se intensificó después de la pandemia, con agresiones verbales sostenidas que fueron afectando su autoestima. La joven relató que hizo denuncias dentro de la escuela, en su casa y también ante la Policía, pero aun así la situación continuó.


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En ese punto aparece una de las marcas más pesadas de su relato: la sensación de haber pedido ayuda sin encontrar una respuesta que modificara el problema de fondo. Micaela sostuvo que primero habló con docentes y más tarde con su familia, hasta llegar a instancias formales, y que incluso se realizaron “mesas de convivencia” que no alcanzaron para detener el acoso. “Aunque realizaron mesas de convivencia, mi acoso no cesó”, resumió al recordar una etapa que, según su reconstrucción, se prolongó durante años sin una solución efectiva.

La escena que hoy ordena su presente no está en la escuela, sino lejos de allí. “Me tuve que ir del pueblo para encontrar paz y tranquilidad”, dijo al explicar por qué decidió alejarse de Ceres, una definición que transforma la historia en algo más que una experiencia individual y deja expuesto un costo concreto: cuando el hostigamiento no encuentra freno, la salida termina siendo el desarraigo de la víctima. Ese movimiento, además, no aparece en su testimonio como una elección deseada, sino como la única forma de recuperar algo de calma.


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El intento de suicidio ocurrió el 7 de julio de 2025, después de un día en familia durante el aniversario de la ciudad. En la reconstrucción publicada, Micaela recordó que esa noche sintió que no podía más y su hermano Joel Jara, de 27 años, la encontró en estado crítico, la asistió con maniobras de reanimación y la trasladó al hospital de Ceres, donde se activó un Código Rojo. Su madre, Belkis Moyano, contó además que la joven pasó cinco días en coma antes de comenzar una recuperación que los médicos no daban por segura.

Ese tramo, sin embargo, no ocupa en su testimonio el lugar de un cierre sino el de un punto de inflexión desde el cual empezó otra pelea. Micaela dijo que se encuentra “en un proceso de recuperación”, que recibe tratamiento psicológico, toma medicación antidepresiva y realiza actividad física por indicación médica para tratar un neumotórax. Al mismo tiempo, empezó a reconstruir un horizonte propio vinculado con la danza, una disciplina en la que se formó desde chica y a la que ahora volvió como proyecto de futuro.

En esa reconstrucción personal, la formación artística aparece como algo más que una rutina de estudio. La joven contó que ingresó al profesorado de danzas después de competir con más de 400 candidatos, una referencia que no solo describe un paso académico sino también una señal de recomposición después del quiebre. “Estoy en el profesorado, recuperando las ganas de imaginar un futuro”, afirmó al hablar de un presente que todavía carga secuelas, pero que ya no está narrado únicamente desde el daño.


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La decisión de contar lo vivido tampoco surgió de manera aislada. Según el texto publicado, Micaela eligió hablar después del asesinato de Ian Cabrera, de 13 años, en la Escuela Mariano Moreno de San Cristóbal, un caso que la empujó a revisar su propia historia y a poner en palabras lo que había callado durante mucho tiempo. Aun así, aclaró que prefirió no seguir en detalle ese expediente y concentrarse en explicar lo que le ocurrió a ella y lo que no funcionó cuando pidió ayuda.

El relato deja así dos planos superpuestos: el de una recuperación todavía abierta y el de una falla previa que no logró evitar el derrumbe. No se trata solo de una joven que sobrevivió a una situación extrema, sino también de una estudiante que denunció, esperó respuestas y terminó fuera de su lugar de origen para encontrar algo de alivio. En esa combinación entre daño persistente, respuesta insuficiente y exilio personal está la parte más dura de una historia que recién ahora empieza a hacerse pública.

Antes de cerrar su testimonio, Micaela dejó un mensaje dirigido a quienes atraviesan situaciones similares. “Hablen fuerte y hagan ruido”, pidió, no como consigna abstracta sino como una frase nacida de una experiencia concreta, donde el silencio y la demora en frenar el hostigamiento pesaron demasiado. Su presente hoy está marcado por la recuperación, pero también por una certeza incómoda: hubo un largo tramo anterior en el que el daño avanzó más rápido que la protección que necesitaba.

Fuente: Clarín

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