Ángel dejó una habitación intacta, una familia rota y preguntas urgentes

Policiales11/04/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

La muerte del nene en Comodoro dejó una casa detenida, una familia partida y una cadena de decisiones hoy cuestionada con dureza por su entorno.

Ángel
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La habitación de Ángel sigue igual que antes, con los juguetes en el piso, los dibujos del jardín sobre el escritorio y un retrato familiar pegado en la pared. Ese cuarto, que en la casa de Luis López y Lorena Andrade quedó congelado, convive ahora con otra postal igual de pesada: la marcha con velas y globos blancos que llegó hasta las fiscalías de Comodoro Rivadavia para reclamar justicia. Entre esa intimidad arrasada y la protesta en la calle, el caso empezó a concentrar una pregunta que ya no se limita a la tragedia final, sino también al camino previo que llevó hasta ahí.

En ese recorrido, la familia que crió al nene ubica un punto central en el vínculo cotidiano que sostenían con él. Lorena cuenta que “él me decía mamá y era cariñoso. Muy mamero”, y ese lazo no aparece solo en su relato: un informe del equipo interdisciplinario sugirió que “el niño continúe al cuidado y como figura referente principal a cargo de Lorena Andrade” y agregó que “se observa durante la entrevista que el niño mantiene un vínculo de apego con ella”. Esa combinación entre vida diaria y evaluación profesional es una de las razones por las que hoy la pareja no discute solamente una decisión judicial, sino también el criterio con el que se la sostuvo.


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Luis y Lorena ubican el quiebre a mitad del año pasado, cuando reapareció la madre biológica y comenzó el proceso de revinculación. Al principio, según cuentan, aceptaron ese acercamiento y buscaron acompañarlo sin romper el contacto, pero la intervención posterior de la asesora y de la psicóloga cambió por completo el escenario. Lorena apunta contra ese tramo del expediente con frases duras: “Una vez sola la vi a Verónica Roldán. Luego, siempre a la psicóloga Jenifer Leiva. Era siempre peleas, soberbia”, y más adelante resume cómo se sintió en ese proceso: “Para ellas yo no era nada, solo la pareja de él”.

La disputa creció después de un episodio doméstico que terminó con policías en la casa y con una denuncia de Andrade contra López por violencia y abuso de alcohol. Ella misma explicó que aquella discusión no derivó, según su versión, en un pedido de restricción, pero sostiene que ese hecho quedó luego tomado como antecedente para modificar el esquema de cuidado. En noviembre, siempre de acuerdo con el relato familiar, les quitaron la tenencia y dictaron una perimetral por tres meses; cuando esa medida venció en febrero, la madre biológica aceptó que el padre viera al nene, aunque solo en su domicilio, una condición que López rechazó por temor a una nueva denuncia y que Lorena resumió en una frase seca: “Nunca quiso visitas”.


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El último encuentro ocurrió el 9 de marzo, cuando Maicol González, pareja de la madre biológica, llevó al nene hasta la casa. Luis y Lorena aseguran que lo vieron con picaduras y marcas en la cara, y agregan que ese día Ángel tampoco quería que le revisaran el cuerpo, algo que les resultó extraño porque, según describieron, jamás había reaccionado así. Ese recuerdo quedó unido a otro reclamo más amplio del padre, que dice que pidió ayuda antes del desenlace y que no encontró respuesta: “Yo les advertí a todos lo que iba a pasar. A toda la Justicia e incluso a la comisaría. Yo no lo veía bien a mi hijo”.

La mañana del domingo de Pascuas terminó por romper todo. Lorena recibió dos audios urgentes de Mariela Altamirano, la madre biológica, pidiéndole que ubicara a Luis; cuando llegaron al hospital, se encontraron con el padrastro afuera y con una explicación que, desde entonces, quedó en el centro del expediente: “Lo fuimos a despertar para que haga pis y estaba hecho pis. Lo despertamos y no respondía”. Ya dentro del centro de salud, vieron a Ángel inconsciente, conectado a cables y en una situación crítica, y Lorena agregó otro dato que la impactó especialmente: “Ahí la doctora decide subirlo a terapia y Mariela mientras se puso a llamar a su abogado”.


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La secuencia médica, tal como la reconstruyó la familia, quedó marcada por un vaivén entre esperanza y derrumbe. Luis recordó que al día siguiente los médicos les pidieron crema, pañales y champú, y que ese pedido lo empujó a creer que el cuadro podía revertirse: “Yo me ilusioné, no es que me lo dijeron los médicos. Está mejorando porque si nos pidieron eso, va a estar bien”. Pero esa expectativa se quebró antes de las 18, cuando el hospital los convocó para informarles que Ángel tenía muerte encefálica; después llegó el ataque cardiorrespiratorio, y la causa precisa de ese cuadro todavía espera una respuesta de la autopsia.

Otra parte del reclamo apunta a lo que la familia considera inconsistencias y omisiones en la revinculación y en la evaluación del entorno en el que quedó el nene. Lorena cuestiona que el cuidado diario recayera, según su versión, más en Maicol que en la madre biológica, y suma que después se enteraron de denuncias previas en Ushuaia contra ese hombre por parte de exparejas; también objeta el informe social que describió buenas condiciones materiales del nuevo hogar. Sobre ese punto, fue terminante: “Leiva es responsable porque informó algo que era mentira. Nosotros somos humildes pero el nene tenía su habitación, no dormía con nosotros”.

La dimensión pública del caso no nació solo del dolor privado, sino del modo en que ese dolor empezó a encajar con otros relatos de familias que se acercaron a la pareja. Luis y Lorena dicen que recibieron mensajes de personas que cuentan experiencias parecidas con organismos de protección y con intervenciones judiciales que, según entienden, desoyeron advertencias previas. Esa expansión del reclamo explica por qué la muerte de Ángel ya no se mira solo como una tragedia doméstica, sino también como un caso que empuja preguntas sobre controles, evaluaciones y responsabilidades institucionales.

Fuente: Entrevista Diario Clarín

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