
Cuatro noches en la nieve: el vuelo que cayó en la meseta y sobrevivió
Mi Archivo12/04/2026
Sergio BustosEn julio de 1946, un trimotor Junkers descendió de emergencia en plena Patagonia. Los pasajeros quedaron aislados a 1.500 metros de altura.

El 7 de julio de 1946 parecía un día más en el pequeño aeródromo de El Calafate. El mal tiempo no sorprendía en invierno y los vuelos hacia el norte formaban parte de la rutina patagónica. Nadie imaginaba que ese viaje terminaría convertido en una prueba de resistencia en medio de la meseta nevada.
El avión era el trimotor Junkers “Ibaté”, una aeronave que, según recordaría luego Edelmiro A. Correa Falcón en la Revista Geográfica Americana de octubre de 1947, inspiraba absoluta confianza. La empresa acumulaba años de operaciones sin accidentes de importancia en los cielos del sur, y esa seguridad disipaba cualquier inquietud pese al mal estado del tiempo.


El plan era volar por la precordillera hasta Comodoro Rivadavia y, al día siguiente, continuar rumbo a Buenos Aires. La primera etapa debía ser Cañadón León, pero las condiciones meteorológicas forzaron un cambio de itinerario y el avión terminó aterrizando en Río Gallegos en las últimas horas de la tarde. Allí pasaron la noche, a la espera de una mejora.
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Con las primeras luces del día siguiente retomaron el vuelo. El frío persistía y el hielo comenzaba a acumularse sobre la aeronave. En Cañadón León se realizó una escala breve para retirar el hielo mientras los pasajeros tomaban una colación ligera. Luego despegaron hacia Lago Buenos Aires, con visibilidad escasa y cielo cerrado.
La situación se volvió crítica cuando sobrevolaban la meseta del Lago Buenos Aires, a apenas diez minutos de completar la segunda etapa. Correa Falcón relató que se percibió “algo anormal en la marcha de los motores”. El sonido irregular se transformó en alarma segundos después.
El impacto fue seco y brutal. “Instantes después nos alarmó un rudo golpe del avión al tocar tierra, donde perdió su tren de aterrizaje”, escribió el autor. La máquina volvió a sacudirse violentamente hasta quedar inmóvil sobre la meseta, a 1.500 metros de altura, en una superficie cubierta de nieve.
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El descenso forzoso dejó al avión varado en un paisaje inhóspito. Sin tren de aterrizaje y con temperaturas invernales extremas, los pasajeros comprendieron que la aventura recién comenzaba. Aislados, en plena Patagonia, debían organizarse para resistir hasta que llegara ayuda.
Durante cuatro días y cuatro noches, la espera se convirtió en una prueba física y anímica. La nieve, el frío y la incertidumbre marcaron cada jornada. Sin comunicaciones inmediatas ni referencias cercanas, el grupo dependió de la organización interna y de la esperanza de que el itinerario previsto activara la búsqueda.
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La crónica publicada un año después no buscó épica sino memoria. Aquella experiencia dejó testimonio de una época en la que volar sobre la Patagonia implicaba convivir con la imprevisibilidad del clima y la inmensidad del territorio. El Junkers quedó detenido en la meseta, pero la historia siguió viajando, convertida en relato de supervivencia en uno de los escenarios más duros del país.








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