
Una textil que vistió a marcas masivas cayó en concurso y expuso el golpe sobre la industria
Actualidad13/04/2026
REDACCIÓNFantome Group, fabricante de indumentaria para firmas reconocidas, buscó reestructurar su deuda después de perder clientes clave, achicarse fuerte y quedar bajo presión por importaciones y caída del consumo.

Una empresa textil de Villa Devoto que llegó a producir para marcas de fuerte presencia en el mercado argentino quedó atrapada en una crisis que ya no pudo sostener con ajustes parciales ni intentos de reconversión. Fantome Group, que supo trabajar para etiquetas como Reebok, Kappa, Kevingston, Cheeky, Billabong, Mimo y Kosiuko, entró en concurso preventivo con el objetivo de reordenar su deuda y sostener la actividad. El caso dejó expuesto algo más amplio que la situación de una sola firma: la profundidad del deterioro que atraviesa el sector textil.
La compañía inició ese camino judicial después de un proceso de pérdida sostenida de volumen, clientes y espalda financiera. Según la documentación citada en la cobertura original, pidió la apertura del concurso en febrero de 2026 y logró que el proceso se habilitara a comienzos de marzo. Para entonces, la situación de caja ya estaba muy comprometida y los registros oficiales del Banco Central mostraban 33 cheques rechazados por un total de $44.978.000, todos sin fondos.


El deterioro no se produjo de un día para otro. Fantome fue creada en 2017 y desde 2018 operó con una planta en la Ciudad de Buenos Aires, con un esquema que iba desde el diseño hasta la distribución final de prendas. En sus mejores años llegó a tener 120 empleados, una escala que le permitió sostener producción para marcas de peso y construir un flujo relativamente estable de trabajo. Esa estructura, sin embargo, empezó a resquebrajarse cuando algunos de sus principales clientes cambiaron la fabricación local por la importación directa.
El quiebre más fuerte, según la propia empresa, ocurrió en 2020, cuando Kevingston, su cliente más importante, dejó de producir con la firma y pasó a traer mercadería desde el exterior. En la presentación judicial, la textil sostuvo que esa salida implicó un “quiebre estructural”, porque ese vínculo representaba casi la totalidad de su flujo de trabajo. Después de ese movimiento, otras marcas replicaron la misma lógica y el volumen de producción nacional siguió cayendo.
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La empresa logró estirar su actividad entre 2022 y 2025 gracias a su relación con Distrinando S.A., licenciataria local de Kappa y Reebok, a partir de la provisión de indumentaria deportiva y equipamiento para clubes. Pero esa red de contención también se rompió cuando el contrato se canceló en 2025, dejándola sin una fuente relevante de ingresos. A partir de ahí, el desequilibrio interno se agravó y la búsqueda de una salida financiera se volvió inevitable.
En su presentación ante la Justicia, Fantome Group describió el escenario con una fórmula muy dura: habló de una “competencia diabólica” dentro de la industria textil argentina, empujada por la apertura comercial y por la imposibilidad de igualar precios de productos importados. También denunció la existencia de “muchos actores que comercializan por debajo de sus costos con el solo objeto de mantenerse en el mercado”, en un contexto donde la demanda interna, único destino de su producción, se venía achicando de manera persistente.
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La compañía no atribuyó su caída únicamente a la competencia externa. En el expediente también mencionó la suba sostenida de costos de insumos, energía y salarios, la presión tributaria y la ausencia de políticas para frenar prácticas de dumping. Sobre la asfixia financiera, dejó una definición muy clara: “Una empresa pequeña no soporta ese incremento de tasas ni la exigencia de cancelar líneas de crédito en esas condiciones”. Ese cuadro se agravó todavía más cuando, el 14 de julio del año pasado, la Justicia trabó dos embargos por más de $130 millones sobre cuentas bancarias de la empresa, montos que no pudo cubrir.
Frente a ese derrumbe, la firma intentó reacomodarse con una estrategia de supervivencia. Lanzó una marca propia, abrió un local minorista en Belgrano y puso en marcha una unidad de bordado y estampado que hoy aparece como su principal fuente de ingresos restante. Esos movimientos permitieron sostener algo de actividad, pero no alcanzaron para compensar la caída del negocio mayorista ni para evitar un ajuste muy fuerte en el empleo. De los 120 trabajadoresque supo tener, hoy quedan apenas 20 empleados activos, según la documentación judicial.
El caso de Fantome se volvió además una postal de un problema mayor dentro de la indumentaria argentina. Un relevamiento de la Cámara Industrial Argentina de la Indumentaria (CIAI) citado en la nota indicó que ocho de cada diez empresas del sector identifican hoy a la falta de demanda como su principal dificultad, un diagnóstico que se repite por tercer año consecutivo. En paralelo, las ventas del rubro cayeron 8,4% interanual en el primer bimestre, con retrocesos en 12 de los últimos 13 relevamientos, mientras el 63% de las firmas reportó bajas en su facturación.
Ese cuadro explica por qué el concurso de una empresa puntual puede leerse también como una señal de alarma sectorial. Con menos consumo, stock acumulado y problemas para sostener la operatoria, la presión financiera dejó de ser una excepción para transformarse en una condición extendida. En esa escena, la caída de Fantome Group no aparece solo como el tropiezo de una pyme que perdió clientes, sino como la expresión más visible de una industria que discute cómo seguir produciendo en un mercado cada vez más chico y más expuesto a la competencia importada.














