
Desde Barcelona, el presidente de Brasil cargó contra el Consejo de Seguridad y reclamó una reforma que quite a cinco potencias el control de la paz.

Cinco países conservan la llave del veto en el organismo que debería custodiar la paz mundial. Desde Barcelona, Luiz Inácio Lula da Silva eligió romper ese equilibrio diplomático con una definición filosa y nada ceremonial: “señores de la guerra”. El presidente de Brasil puso ahí el corazón de su mensaje y trasladó la discusión desde la retórica internacional hacia una pregunta mucho más áspera: quién decide sobre los conflictos, quién bloquea las salidas y quién termina pagando el costo de ese sistema.
El planteo no quedó reducido a una frase de impacto. Lula sostuvo que la estructura actual del Consejo de Seguridad de la ONU responde a una lógica nacida al final de la Segunda Guerra Mundial y que ya no expresa el mapa político ni los intereses del siglo XXI. Desde esa mirada, el problema no pasa sólo por la composición del organismo, sino por su incapacidad para ofrecer respuestas eficaces ante crisis internacionales que hoy se multiplican.


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Sobre esa base, el mandatario brasileño endureció todavía más el tono y pidió que las potencias abandonen conductas de “emperadores”. La crítica apuntó a las intervenciones militares en países más pobres y a una contradicción que Brasil viene marcando desde hace años: los Estados que deberían garantizar la seguridad global aparecen, al mismo tiempo, como actores centrales en la producción y exportación de armamento. Esa combinación le dio a su discurso una carga política más amplia que la de una simple objeción técnica al funcionamiento de la ONU.
Lula también reclamó una reforma de fondo para que los países en desarrollo tengan voz y voto reales en las decisiones que impactan sobre sus regiones. Ahí desplazó el eje desde las grandes potencias hacia las naciones que quedan afuera de la mesa donde se define el uso de la fuerza, el sentido de las sanciones y la validez política de cada intervención. No habló de un simple retoque institucional, sino de una redistribución del poder dentro del sistema multilateral.
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El discurso brasileño mezcló además guerra, economía y desigualdad en una misma línea argumental. Para Lula, los conflictos armados no se agotan en el plano militar, porque golpean de lleno sobre el precio de los alimentos, la energía y la estabilidad de las economías emergentes, mientras la carga más pesada vuelve a recaer sobre las poblaciones vulnerables. En esa secuencia ubicó también el hambre y el cambio climático como problemas que pierden prioridad cada vez que la geopolítica queda dominada por la lógica bélica.
La escena elegida para lanzar ese mensaje tampoco fue secundaria. Lula habló este sábado 18 de abril en la 4ª Reunión de Alto Nivel del Foro Democracia Siempre, realizada en Barcelona, donde volvió a defender el multilateralismo y una ampliación de la representatividad dentro de Naciones Unidas. Desde la propia comunicación oficial brasileña, el tono del mensaje quedó condensado en otra idea de fondo: la ONU no puede seguir mirando en silencio el crecimiento de los conflictos.
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En ese tramo apareció uno de los cuestionamientos más duros al mecanismo de veto. Lula sostuvo que el Consejo de Seguridad ni siquiera logra reunirse con la presencia de sus miembros titulares de manera acorde a la gravedad del momento y que cualquier intento de resolución puede quedar anulado por la facultad de bloqueo de uno solo de esos países. La crítica, entonces, no fue únicamente moral ni discursiva: apuntó al corazón del dispositivo que permite paralizar decisiones mientras las guerras siguen abiertas.
El presidente brasileño empujó incluso una discusión más incómoda para la arquitectura actual del sistema internacional. Al reclamar cambios, vinculó la falta de representación africana y latinoamericana con un orden global que todavía conserva el reparto de poder de otra época, y dejó planteado que la democracia internacional no puede quedar congelada en el reparto de posguerra. Ahí Brasil buscó correrse del lugar de comentarista de las crisis para ubicarse como actor que disputa las reglas con las que esas crisis se administran.
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La intervención de Lula dejó así algo más que una crítica de ocasión contra el Consejo de Seguridad. Puso sobre la mesa una impugnación directa al derecho de veto, al reparto desigual de poder y a la pasividad de las instituciones multilaterales frente a un mundo con más conflictos y menos consensos. La dificultad es evidente: cualquier reforma profunda deberá atravesar, justamente, a los mismos cinco países a los que Brasil acusa de haberse convertido en custodios de una paz que no consiguen garantizar.
Fuente: NA, Servicios e Informaciones de Brasil, El País, Reuters, Poder360.

















