
¿Por qué cada vez más gente dejan de ir al cine? Los hábitos que arruinan la experiencia
Actualidad18/04/2026
REDACCIÓNLa crisis de público ya no se explica sólo por el precio o el streaming. Dentro de las salas también crecen hábitos que cortan, distraen y degradan la experiencia.

La película arranca, la sala por fin se oscurece y, cuando el espectador empieza a entregarse a la pantalla, aparece el primer corte: alguien entra tarde, prende el celular para encontrar la butaca y rompe el clima en segundos. Esa escena, cada vez más frecuente, resume un problema más grande que el de una simple mala educación aislada. Ir al cine dejó de ser para mucha gente una experiencia protegida y empezó a parecerse demasiado a cualquier consumo disperso de imágenes.
El malestar no quedó reducido al comentario de los espectadores. En la última CinemaCon, el CEO de Sony, Tom Rothman, reclamó entradas más accesibles, menos publicidad y prefunciones mucho más cortas, con la idea de defender la salud de una exhibición que sigue por debajo de los niveles prepandemia. El foro donde lo planteó no fue menor: Cinema United se presenta como la principal organización global de exhibidores y define a CinemaCon como la reunión más importante de dueños de salas del mundo.


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El primer desgaste aparece incluso antes de que empiece la película. Rothman habló de “media hora de atracciones desperdiciadas” para describir los bloques eternos de anuncios y tráilers que empujan al público a entrar a último momento. Ese hábito altera por completo el rito de la sala, porque ya no ordena una llegada puntual y silenciosa, sino un goteo de espectadores rezagados que se acomodan cuando la proyección ya empezó.
Ahí entra en escena el segundo problema, probablemente el más invasivo de todos: el celular. Su luz rompe la oscuridad, distrae a quienes están cerca y desplaza el centro visual de la pantalla al asiento vecino, justo en el lugar donde el cine necesita concentración continua. La advertencia previa de apagarlo perdió eficacia hace tiempo y el teléfono ya funciona como el gran intruso estable de la experiencia cinematográfica contemporánea.
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El tercer factor es la locuacidad creciente dentro de la sala. Hablar en voz alta, comentar escenas, anticipar lo que viene o reaccionar como si se estuviera en el living de la casa ya no es una excepción pintoresca, sino una conducta repetida que corroe el pacto básico del cine compartido. Cuando las voces que dominan el ambiente son las de otros espectadores y no las de la película, la función se degrada aunque la obra en pantalla siga intacta.
El cuarto motivo está en los ruidos y aromas que acompañan el consumo dentro de la sala. El pochoclo, los envoltorios, los vasos y las bebidas forman parte histórica del negocio del cine, pero su exceso también altera el clima de atención y vuelve más difícil la inmersión, sobre todo en películas de tono adulto, intimista o dramático. El problema no es la existencia del snack, sino el punto en el que el sonido y la incomodidad de comer terminan compitiendo con la narración.
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La fuente suma además un cambio cultural menos visible, pero igual de profundo: el retroceso de las copias subtituladas frente al avance del doblaje. En buena parte de los complejos, sobre todo en la periferia de las grandes ciudades, la oferta en idioma original se redujo de manera sostenida y eso modifica la relación del público con la pantalla. Cuando la voz ya llega traducida y simplificada, una parte de los espectadores siente menos obligación de seguir cada gesto, cada frase y cada matiz, y la atención se dispersa con mayor facilidad.
Ese deterioro del adentro de la sala coincide con un problema más amplio de asistencia. En la Argentina, Página/12 reportó en febrero que la concurrencia a los cines había caído 23%, mientras la discusión global de los exhibidores vuelve sobre los precios, las promociones y la pérdida de hábito. La crisis, entonces, no nace de una sola causa: mezcla economía, streaming, cartelera y una experiencia presencial que para muchos ya dejó de justificar el esfuerzo de salir de casa.
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La pregunta de fondo ya no es si el cine seguirá existiendo, sino qué clase de experiencia ofrecerán las salas para defender su diferencia frente al living, la notebook o el teléfono. Si las entradas siguen caras, la prefunción se estira y adentro nadie protege el clima mínimo de escucha y oscuridad, el problema no será sólo de programación ni de marketing. El éxodo de público más fiel puede terminar explicándose, también, por una certeza bastante simple: ver cine en el cine dejó de sentirse como un privilegio.
Fuente: LA NACION, Ámbito, Página | 12.
















